Aprender a pescar refugiados y cadáveres

Los pescadores del puerto tunecino de Katef han rescatado decenas de migrantes durante los últimos meses

Mientras la Unión Europea construye vallas cada vez más altas a su alrededor y firma con sus vecinos acuerdos de repatriación de dudosa legalidad, los pescadores del puerto tunecino de Katef, limítrofe con Libia, no dudan en rescatar a los náufragos que hallan en alta mar. Y eso a pesar de que, a menudo, les obliga a retornar a la costa, perdiendo un día de trabajo y unos ingresos de entre 700 y 1.000 euros por barco. “Cuando encontramos náufragos, no pensamos en el dinero. Es una cuestión de humanidad”, asegura Salah Yahya, presidente de la cofradía de pescadores de Katef, integrada por unos 200 miembros. Desde el 2011, los humildes marineros del sur de Túnez se han acostumbrado a compartir las aguas con todo tipo de precarias embarcaciones salidas de las playas libias rumbo a Eldorado europeo.

Cuatro pescadores recosen las redes antes de salir en alta mar en una de las barcas típicas de Katef, de tamaño medio.
Cuatro pescadores recosen las redes antes de salir en alta mar en una de las barcas típicas de Katef, de tamaño medio.Ricard González
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“En verano, solemos encontrar de media una embarcación cada 15 días. A veces, solo hallamos cadáveres flotando”, cuenta Anuar Regab, un pescador de 31 años, mientras recose sus redes con otros tres compañeros. El sol empezó su descenso hacia el horizonte, y pronto tocará volver a adentrarse en el mar en busca de atunes y sardinas. “En la última barca con la que nos cruzamos, había 56 personas. Pero al hospital, solo llegaron vivos 17”, comenta apesadumbrado el presidente de los pescadores locales. Aunque ya se ha acostumbrado a tratar con la muerte, a este veterano marinero se le hace un nudo en la garganta al recordar una imagen grabada en su memoria: la de una familia siria encontrada flotando, con sus miembros encadenados de los brazos. Todos muertos.

Cada año parece ser más trágico que el anterior en el desordenado éxodo de inmigrantes y refugiados que presencia el Mediterráneo. Según la última estimación del Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR), un total de 3.034 personas han fallecido en 2016 mientras trataban de llegar a las costas europeas, frente a 1.917 del mismo periodo del año anterior. Tan solo una semana del mes de mayo se calcula que fallecieron 880 personas en diversos naufragios cerca de la costa libia. Una vez sellada la ruta oriental del Egeo, se teme que se intensifique el tránsito en la vía central, que enlaza Italia con Libia. La isla italiana de Lampedusa se halla a más de 250 kilómetros de Katef.

El presidente de la asociación de pescadores, Salah Yahia, sentado en el espigón, al lado de una tabla de madera, resto de un lancha naufragada.
El presidente de la asociación de pescadores, Salah Yahia, sentado en el espigón, al lado de una tabla de madera, resto de un lancha naufragada.R.G

Este pequeño puerto tunecino se ha convertido en un auténtico cementerio de barcas. Junto a las oficinas de la cofradía, se ha formado una montaña con decenas de lanchas de plástico deshinchadas. En la bahía artificial que forma el espigón, reposan dos naves medio hundidas de mayores dimensiones. “Aquellas, tienen 14 metros de eslora. Si llevaran 100 personas ya sería muy peligroso. Pues las encontramos con más de 350 harragas!”, comenta Yahia, utilizando el vocablo local para referirse a los migrantes. Los harragas son literalmente “los que queman”, tanto pasaportes como fronteras.

Todos los pescadores de Katef, así como los de la ciudad libia de Zuara y sus guardacostas, han recibido formación de la ONG Médicos Sin Fronteras (MSF), que posee una oficina y una clínica en la cercana localidad de Zarzis. “Les hemos impartido dos cursos, uno de rescate y otro de manejo de cadáveres. Cada uno, de un día de duración”, explica Mohamed Elshabik, director de la organización humanitaria en Túnez. Además de enseñarles cuáles son los protocolos para contactar por radio las autoridades costeras, técnicas de primeros auxilios y cómo rescatar de forma segura a los pasajeros de un barco que está hundiéndose, les han proporcionado material médico, chalecos salvavidas y “rados”, unos flotadores rectangulares a los que pueden agarrarse varias personas sumergidas en el agua.

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Melanie Guiot, coordinadora de los cursos de formación a los pescadores de Katef impartidos por MSF.
Melanie Guiot, coordinadora de los cursos de formación a los pescadores de Katef impartidos por MSF.R.G

“Llevamos siempre agua y azúcar para dársela a los náufragos. En los cursillos aprendimos que si llevan días vagando en el mar, sin haber ingerido nada, puede ser peligroso darles comida”, explica Yahia, un hombre bajito y enjuto, de tez dorada. Si son capaces de ponerse en contacto a través de sus radios con los guardacostas, su tarea a menudo se limita a calmar a los migrantes, ya sea en árabe a los sirios, o en francés a los migrantes venidos del África subsahariana, a la espera de la llegada de las autoridades.

“En los cursos también aprenden a cómo desinfectar el material que ha estado en contacto con los cadáveres. Los pescadores sienten pánico por el contagio de enfermedades”, explica Melanie Guiot, encargada de coordinar los cursos de MSF. Sin embargo, este no es su único miedo. “A veces, hay tensión. Algunos han intentado abordar el barco. Nunca sabemos si pueden estar armados y querer secuestrarnos”, relata el líder de los pescadores de Katef. En las embarcaciones extraviadas, no se suele hallar ningún miembro de las mafias que trafican con personas. Habitualmente, uno de los migrantes, que ha recibido previamente algún cursillo básico de navegación, asume la labor de capitán.

A sus 42 años, Yahia es el último de una larga saga de pescadores y padre de cuatro hijos. Se muestra resignado sobre el futuro de sus vástagos: “Me gustaría que fueran a la escuela y que estudiaran … pero lo normal es que acaben siendo marineros”. Una labor que no resulta nimia en una era de egoísmo, guerras y naufragios en el Mediterráneo.

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