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Brasil se mira en el triste espejo del Congreso

La sesión que votó la destitución de Rousseff, llena de diputados investigados, ofreció una discutible imagen

Hubo gritos, faltas de respeto, gestos teatrales, dedicatorias a Dios y saludos a las familias

El diputado Paulinho da Força, del partido Solidariedade, vota a favor del 'impeachment' de la presidenta Rousseff.
El diputado Paulinho da Força, del partido Solidariedade, vota a favor del 'impeachment' de la presidenta Rousseff. Agência Brasil

Brasil se miró al espejo en la histórica sesión parlamentaria del inicio de la destitución de Dilma Rousseff, y el reflejo no les gustó a muchos. Tras dos maratonianas sesiones el viernes y el sábado, de más de 43 horas (las más largas nunca celebradas), el domingo llegó la hora de votar. Los diputados contaban con solo diez segundos para explicar su voto, pero la mayoría empleó ese tiempo, muchos entre gritos y gestos teatrales propios de una mascarada, en saludar a su familia, agradecer a Dios o insultar a la presidenta objeto del debate diciendo simplemente: “Tchau querida”, una frase sacada de un pichazo telefónico entre Rousseff y el expresidente Lula da Silva.

El Congreso no es el lugar más edificante de Brasil. Sin ir más lejos, Eduardo Cunha, el presidente de la Cámara de Diputados, impulsor y controlador de todo este proceso de impeachment contra Rousseff, detenta, según la fiscalía, cuentas millonarias en Suiza alimentadas por sobornos provenientes de Petrobras.

Algunos de los diputados se lo recordaron personalmente el domingo en su minidiscurso, al llamarlo gánster mirándolo a la cara mientras votaban no al impeachment. Buena parte de los parlamentarios, en esas incendiarias proclamas retransmitidas en directo por la televisión y con una audiencia de más de diez millones de personas, aseguraron que votaban que sí o que no —entre otras alusiones absurdas o surrealistas— “por mi tía, que me cuidó de pequeño”, por algún otro familiar o con proclamas contra la corrupción. Lo que nadie dijo es que el 60% de ellos tiene alguna causa pendiente con la justicia.

Entre los diputados se cuentan personajes como el exmilitar Jair Bolsonaro, un polémico diputado de extrema derecha que el domingo no tuvo reparos en dedicarle su voto (a favor del impeachment) a un torturador de la dictadura brasileña (1964-1985). “Por la familia, por la inocencia de los niños en las escuelas, contra el comunismo, por la libertad. Por la memoria del coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, el pavor de Dilma Rousseff”, que de joven fue torturada por los militares.

Hubo más dedicatorias surrealistas, especialmente de quienes defendían la destitución: “Por mi esposa Paula”, “por mi hija que va a nacer y mi sobrina Helena”, “por mi familia y mi Estado”, “por Dios”, “por los evangélicos”, “por la defensa del petróleo”, “por los agricultores”, “por el café” e incluso “por los vendedores de seguros de Brasil”. La tensión llegó a límites insospechados: el diputado Jean Wyllys, del izquierdista Partido Socialismo y Libertad (PSOL), le escupió a Jair Bolsonaro. Wyllis alegó que el ultraconservador lo había insultado y zarandeado.

Cabildeo en los pasillos

Y es que, al fin y al cabo, la función de los debates del viernes y del sábado, y las votaciones del domingo, no servían para convencer a nadie: las negociaciones se hacían en los pasillos, hasta el último minuto, especialmente por parte del Gobierno, que mantenía una tenue esperanza de conseguir paralizar el proceso. Los diputados, conscientes de que la televisión transmitía las sesiones, repitieron machaconamente los mismos argumentos: la oposición, que Rousseff debe caer por el bien del país; los fieles al Gobierno, que este proceso es un golpe de Estado. Cuando no hablaban ante el micrófono, agitaban banderas, alzaban carteles a favor y en contra de la presidenta, hablaban en corrillos y, a veces, se peleaban.

Los brasileños han expresado su indignación o, por lo menos, su sorpresa, en las redes sociales. Muchos comentarios dicen avergonzarse del nivel de unos diputados que son poco conocidos, que pertenecen a formaciones muy minoritarias (como el Partido de la Mujer Brasileña, que nació con 20 diputados -solo dos mujeres- y al que solo le queda un representante)  o que directamente no asisten a las sesiones del Parlamento. Wladimir Costa, que el sábado disparó una bomba de confetis tras gritar que los casos de corrupción que acosan al Partido de los Trabajadores le están disparando “un tiro al corazón del pueblo brasileño”, fue el diputado que menos fue a la Cámara en 2015. De 125 sesiones, se perdió 105.

Incluso si uno odia a Dilma, no entiendo cómo se puede estar orgulloso de lo que pasó ayer en el Congreso. Lo peor de Brasil, a la vista

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