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El Parlamento de Italia aprueba la reforma constitucional de Renzi

El primer ministro ha ligado su futuro político a esta reforma, que limita los poderes del Senado

Se abre la vía para la celebración de un referéndum, crucial para que la modificación entre en vigor

El primer ministro italiano, Matteo Renzi, este martes en Irán.
El primer ministro italiano, Matteo Renzi, este martes en Irán. REUTERS

Matteo Renzi se ha vuelto a salir con la suya. La Cámara de Diputados ha dado el visto bueno definitivo —con 361 votos a favor, siete en contra y toda la oposición fuera del aula en señal de protesta— a la reforma constitucional que rebaja el Senado a una Cámara de representación regional, casi decorativa, y confiere a los diputados la exclusividad de la labor legislativa. Se termina así con el llamado “bicameralismo perfecto”, un sistema tan garantista que convertía en ingobernable un país tan difícil de gobernar que ha tenido 63 gobiernos en sus 70 años de historia republicana. Tras la aprobación, que tendrá que ser sometida a referéndum al no haber obtenido el sí de los dos tercios de la Cámara, el primer ministro italiano se mostró exultante: “Ahora Italia es el país más estable de Europa”.

Después de la reforma laboral y del cambio del sistema electoral, la reforma constitucional es el tercer gran reto que se había marcado Renzi al llegar al poder en febrero de 2014 y, sin lugar a dudas, el que tendrá mayores consecuencias, por cuanto el próximo primer ministro que salga de las urnas podrá gobernar con una mayoría holgada —la nueva ley electoral confiere un premio al ganador— y, sobre todo, sin el poder de veto que hasta ahora podía ejercer el Senado.

Tanta es la importancia de la reforma que se acaba de aprobar que el joven líder del Partido Democrático había asegurado que, si no conseguía sacarla adelante, se retiraría de la política. Para alegría de sus seguidores y desesperación de sus críticos —muchos de ellos en el ala más izquierdista de su propio partido—, la aprobación no solo supone otra victoria política del exalcalde de Florencia, sino el salvoconducto para ser cabeza de lista en 2018 y, si vence como parece muy probable, cinco años de gobierno sin nadie que le haga sombra. No hay que olvidar que, hoy por hoy, el centroderecha italiano está hecho unos zorros —con Silvio Berlusconi ya amortizado y sin alternativa— y el Movimiento 5 Estrellas (M5S) de Beppe Grillo acaba de recibir un mazazo con el fallecimiento, acaecido la madrugada del martes, de su fundador y estratega, el empresario milanés Gianroberto Casaleggio.

La reforma constitucional ya recibió el visto bueno del Senado el 14 de octubre de 2015. Entonces como ahora en la Cámara de Diputados, los parlamentarios del M5S, de Forza Italia y de la Liga Norte optaron por salir del aula en señal de protesta. Aun así, la reforma de Renzi obtuvo 179 votos a favor y 16 en contra. El Senado decretaba su propio suicidio político y el fin de un sistema elaborada bajo la sombra de la Segunda Guerra Mundial y que, para evitar nuevas dictaduras como las de Benito Mussolini, concedía a las dos Cámaras del Parlamento los mismos poderes. En las últimas décadas, sin embargo, esa paridad terminó convirtiéndose en un lastre e incluso en un obstáculo insalvable para los sucesivos gobiernos.

Una vez sometida la ley a referéndum, casi con toda seguridad a finales de año, Renzi se encontrará con las manos libres para ir a las elecciones. No hay que olvidar que el último primer ministro elegido directamente por los italianos fue Silvio Berlusconi. Ninguno de los que le sucedieron hasta ahora –ni Mario Monti, ni Enrico Letta, ni tampoco Matteo Renzi—fueron cabeza de cartel. A Mario Monti lo colocó el presidente Giorgio Napolitano para intentar remediar el mal gobierno de Berlusconi. Letta fue la solución ante el boicot de la oposición al candidato del PD, Pier Luigi Bersani. Y Renzi se las bastó solo para arrebatarle el poder a su compañero Letta. Las próximas elecciones le darán al joven primer ministro la posibilidad de borrar en las urnas el pecado original de su poco ortodoxa manera de hacerse con el Gobierno de Italia.

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