Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
TRIBUNA

El detritus de la política esperpéntica

Los políticos latinoamericanos se han valido de lo esperpéntico para los fines del poder

Vivimos tiempos esperpénticos. Ramón María del Valle Inclán, padre del esperpento como género teatral, no habría tenido dificultad para reconocer los signos de lo grotescamente deforme que dominan la escena pública contemporánea. Habría visto complacido que los “espejos cóncavos” de los medios digitales y de la cultura del espectáculo reflejan lo absurdo y chocante, como lo ha hecho recientemente el artista Bansky con su anti-parque temático Dismaland, definitivamente esperpéntico. La instalación de Bansky corresponde con la definición que diera Valle Inclán por boca de su personaje Don Latino en Luces de Bohemia: “Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento”.

Pero no es solamente en el terreno de la creación artística que lo esperpéntico se manifiesta. La política, en sus expresiones más legítimas e ilegítimas, se vale de lo grotesco, particularmente de lo realísticamente esperpéntico, para desde los afectos (o las emociones, si se prefiere) moldear actitudes, opiniones y comportamientos. Lo hacen con magistral crueldad y cuidado estético los terroristas del Estado Islámico (ISIS) en su escalada de “transparencia deformante” de decapitaciones de rehenes, quema de prisioneros y destrucción del patrimonio cultural. También se valen a su manera de lo grotesco los militantes ambientalistas cuando denuncian con imágenes crudamente realistas los destrozos causados por la explotación minera, petrolera y la actividad industrial.

Hugo Chávez ha sido el mejor ejemplo del uso sistemático de la estética de lo grotesco para desmontar la “historia oficial”

Los políticos latinoamericanos también se han valido de lo transparentemente esperpéntico para los fines del poder. Hugo Chávez ha sido probablemente el mejor ejemplo del uso sistemático de la estética de lo grotesco para desmontar lo que él consideraba la “historia oficial” y, literalmente, profanar los valores sobre lo que se fundó la República de Venezuela. El acto más notable de performance esperpéntico fue la apertura del sarcófago que contiene los restos del Libertador Simón Bolívar, acto que se transmitió por televisión en cadena nacional el 15 de julio de 2010. En esto Chávez fue más alumno de Juan Domingo Perón que de Fidel Castro, quien se valió del cadáver de Evita, como bien lo relatara en su novela Santa Evita Tomás Eloy Martínez, para construir un imaginario mágico-populista.

No siempre los imitadores resultan exitosos. Chávez, por sus características personales y apoyado en un inmenso ingreso petrolero, llevó su política de lo grotesco a niveles “superiores”. En las imágenes que proyectaba y en su discurso, las instituciones republicanas pasaron a ser “plasta”, las referentes históricos fueron transformados en héroes degradados (Bolívar convertido en esqueleto inerme), e incluso los símbolos religiosos fueron manoseados. Como lo dijera el psicólogo social venezolano Ricardo Sucre, en el período chavista se han promovido “valores subterráneos”, que ahora desbocados se expresan en la terrible realidad de la violencia criminal y la corrupción generalizadas. Sin embargo, Nicolás Maduro no logra el mismo impacto. A veces quiere hacerse el “esperpéntico” para escandalizar y llamar la atención. Su falta de carisma y el déficit de dólares petroleros le matan las gracias. En sus apariciones televisivas Maduro luce como una imitación de tercera categoría de su mentor Chávez.

De todos modos, la política esperpéntica deja huella. Más allá del efectismo de la teatralidad de ciertas manifestaciones, lo grotesco va haciendo mella en la psiquis de la gente. En el caso de la Venezuela bajo el chavismo la sistemática profanación de la república ha terminado por configurar un panorama en el que el caos asoma su hocico rabioso. Superar el populismo demagógico, promover un consenso entre los venezolanos, y sentar las bases para la recuperación de la democracia demandarán un nuevo discurso y un nuevo imaginario alejados de las aberraciones de la política esperpéntica.

Isaac Nahón Serfaty es profesor en la Universidad de Ottawa, Canadá.