Columna
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Por quién gruñe Brasil

Ante la ruina de su imagen en el espejo, el país parece preferir máscaras autoritarias a enfrentar la brutalidad de su desnudez

¿Qué es Brasil, ahora que no puede contar ni con los clichés? Como una persona, que en el territorio de turbulencias que es una vida va construyendo sentidos e ilusiones sobre sí misma, un país también se sostiene a partir de imaginarios sobre una identidad nacional. Por aquí creímos durante generaciones que éramos el país del fútbol y de la samba, y que los brasileños eran un pueblo cordial. Los clichés, así como los imaginarios, no son verdades, sino construcciones. Se imponen como resultado de conflictos, hegemonías y supresiones. Y parece que estos, que durante tanto tiempo alimentaron esa idea de los brasileños sobre sí mismos y sobre Brasil, la han deshilachado. Brasil hoy es una criatura que no se reconoce en el espejo de su imagen simbólica.

Esta puede ser una de las explicaciones posibles para entender el deshilachado de las relaciones, la expresión sin pudor de tantos odios y, en particular, el atajo favorito tanto de los débiles como de los oportunistas: el autoritarismo. Vaciado de ilusiones y de formas, aquel que necesita construir un rostro tiene miedo. En vez de disputar democráticamente, lo que da trabajo e implica pérdidas, prefiere el camino perezoso de sumarse. Y se suma a aquel que grita, escupe y vocifera, confundiendo oportunismo con fuerza, grito con verdad.

El presidente de la Cámara de los Diputados de Brasil, Eduardo Cunha (PMDB), relacionado en la  Operación Lava Jato por recibir 5 millones de dólares en sobornos, vocifera: “Voy a volar el gobierno”. Tanto él como el presentador de programa de televisión que vocifera que hay que meter a los “menores” en la cárcel, cuando no ponerlos frente al pelotón de fusilamiento, así como el pastor que vocifera que la homosexualidad es una enfermedad, son partes del mismo fenómeno. Muchos gritos, pero ninguno de ellos retumba sino como flatulencia.

En un momento de despedazamiento de la imagen, ¿qué venden los falsos líderes, aquellos que, sin autoridad, solo pueden contar con el autoritarismo? Como los vendedores ambulantes que aparecen con paraguas en cuanto cae la primera gota de lluvia, ofrecen, a gritos, máscaras ordinarias para encubrir el rostro perturbador. Máscaras que no sirven a un proyecto colectivo, sino al proyecto personal, de poder y de enriquecimiento, de cada uno de los vendidos. Para quien tiene miedo, sin embargo, cualquier máscara es mejor que una cara desnuda. Y hoy, en Brasil, somos todos reyes bastante desnudos, dispuestos a linchar al primero que nos dé la noticia.

Los linchamientos de los cuerpos en las calles y el striptease de las almas en Internet han deshilachado las últimas ilusiones sobre el brasileño cordial

Aún tardaremos en saber cuánto nos ha costado la pérdida tanto de los clichés como de los imaginarios, pero no la lamento. Si los clichés nos sostuvieron, también nos maldijeron con sus simplificaciones o incluso falsificaciones. La idea del brasileño como un pueblo cordial nunca resistió a la realidad histórica de una nación fundada en la eliminación del otro, los indígenas y después los negros, una lógica que persiste hasta hoy. Me refiero no al "hombre cordial" en la definición dada por el historiador Sérgio Buarque de Holanda (1902-1982) en sus Raízes do Brasil, sino en el significado que ha adquirido en el sentido común, el del pueblo afectuoso, informal y hospitalario que les encantaba a los visitantes extranjeros que aquí llegaban. El Brasil que, ante la desigualdad brutal, presuntamente respondía con una alegría irreductible, aunque bastase fijarse en la letra de las sambas para darse cuenta de que la nuestra era una alegría triste. O una tristeza que se reía de sí misma.

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El fútbol sigue hablando de nosotros en lo más profundo, basta con escuchar la amplitud del silencio de los balones de los alemanes en nuestra red en el 7 a 1 de la Copa de las Copas, así como el discurso sin lastre, a no ser en la corrupción, de los dirigentes de la CBF (Confederación Brasileña de Fútbol). Pero si ya no somos el país del fútbol, ¿de qué fútbol somos el país?

Tampoco lamento el hecho de que “mulata” finalmente empiece a reconocerse como un término racista y ya no como un “producto de exportación”. Y lamento menos aún que la presunta existencia de una “democracia racial” en Brasil solo la defienda aún gente sin ningún sentido común. Los linchamientos de los cuerpos en las calles del país y el striptease de las almas en las redes sociales han deshilachado la última ilusión de la imagen que importábamos a nuestro espejo. Cuando todo lo demás faltaba, aún quedaban los clichés para pegarse a nuestro rostro. Se acabó. Con tanta silicona en los pechos, ya no somos ni el país del culo.

La invención de enemigos para que la población los culpe se ha convertido en un negocio lucrativo en un país con la autoimagen fracturada

Cuando los clichés, después de tanto girar en falso, se vuelven obsoletos, todavía se puede contar con el consumo de todas las demás mercancías. Pero cuando el despedazamiento de los imaginarios se suma al despedazamiento de las condiciones materiales de la vida, el discurso autoritario y sumarse a él se convierte en un atajo atractivo. Muchos apuestan por eso en este momento de incertidumbre de Brasil.

Eso es también lo que explica tanto un Eduardo Cunha en la Cámara como pastores evangélicos que predican el odio a millones de fieles y presentadores de televisión que incitan a la violencia mientras fingen denunciarla. Estos personajes paradigmáticos del Brasil actual forman las tres caras de una misma mediocridad ruidosa y peligrosa, que se expresa por medio de bravatas ante las cámaras. En una crisis que es también de identidad, forjan realidades que puedan servir a su proyecto de poder y de enriquecimiento para abastecer a la manada. Esta, a su vez, prefiere cualquier falsificación al vacío.

Para estos personajes tan en evidencia, cuanto más miedo, mejor. Inventar enemigos para que la población los culpe ha demostrado ser un gran negocio en este momento del país. Si las personas se sienten acorraladas por una violencia de causas complejas, ¿por qué no darles culpables fáciles de odiar, como los “menores” violentos, los negros y pobres de siempre, y así, abrir espacio para la construcción de cárceles o unidades de internación? Aunque se ha comprobado que los “emprendimientos” no representan una reducción de la criminalidad, sin duda generan mucho dinero para aquellos que los construirán y también para aquellos que harán que el engranaje se mueva hacia ningún lugar. A continuación, el paso siguiente puede ser aumentar la presión sobre el debate de la privatización del sistema penitenciario, que para ser rentable necesita que aumente el número ya espeluznante de presos.

La ilusión más seductora del gobierno de Lula era la de crear un Brasil igualitario sin tocar los privilegios de los más ricos

Si hay tantos que se sienten humillados y disminuidos por una vida de ganado, ¿por qué no convencerlos de que son mejores que el resto por lo menos en algún aspecto? ¿Qué tal decirles que son superiores porque tienen la familia “correcta”, aquella “formada por un hombre y por una mujer”? ¿Y entonces darles a estos fieles seguidores al menos un motivo para pagar el diezmo con alegría, distraídos por un instante de la degradación de su cotidiano? Fabricar “ciudadanos del bien" en una tabla de discriminaciones y prejuicios ha demostrado ser una fórmula de éxito en el mercado de la fe.

La invención de enemigos es lucrativa y mantiene todo como está, porque, para los profetas del odio, Brasil está óptimo y da dinero como nunca. ¿Qué empleo tendrían esos presentadores, si no tuviesen más cuerpos muertos que ofrecer en el altar de la televisión? ¿O qué lucro tendría cierto tipo de "religioso" que ha creado su propio mandamiento: "Odie al prójimo para enriquecer al pastor"? ¿Qué voto tendría un diputado de la estirpe de Eduardo Cunha si los votantes exigiesen un proyecto de hecho, para el país y no para sus pares? Para estos, que fomentan el odio y comercializan el miedo, Brasil nunca ha estado tan bien. Y es necesario que continúe exactamente así.

Si el gobierno de Lula, en la historia reciente del país, se fundó en un pacto de conciliaciones, para entenderlo es necesario también decodificarlo como un conciliador de imaginarios. Lula, el líder carismático, fue muy eficaz al ser al mismo tiempo lo nuevo, "el obrero que llegó al poder" en un país históricamente gobernado por las élites, y lo viejo, el gobernante “que cuida al pueblo como un padre”. La centralización en la imagen del líder vacía de fuerza y de significados lo colectivo. Del mismo modo, la relación entre padres e hijos elevada a la política retrasa la formación del ciudadano autónomo, que supervisa al gobierno y le concede al gobernante, mediante el voto, un poder temporal.

El Brasil del futuro no llegará al presente sin hacer su arreglo con el pasado

Pero la idea más seductora del gobierno de Lula, especialmente durante su segundo mandato, fue la posibilidad de incluir en el mundo del consumo a millones de brasileños y reducir la miseria de otros millones sin tocar el privilegio de los más ricos. Este era un encantamiento poderoso, que funcionó mientras Brasil creció, pero que, fuese cual fuese el desempeño de la economía, solo podría funcionar durante un tiempo limitado en un país con ajustes históricos por hacer y una desigualdad abismal. Mientras el encanto no se rompió, muchos creyeron que el eterno país del futuro por fin había llegado al futuro. Brasil, que valora tanto la mirada extranjera (la del extranjero de los países ricos, que quede claro), se leyó como una buena noticia en el extranjero. La Copa del Mundo aquí se soñó como la apoteosis-síntesis de ese Brasil: por fin, el encuentro entre la identidad y el destino.

No lo fue. Y no lo fue mucho antes del 7 a 1. Esa frágil construcción simbólica, que jugó un papel mucho más importante de lo que puede parecer en la autoimagen de Brasil y en las relaciones cotidianas de la población en la historia reciente, mostró varias señales de que se rompía aquí y allá y de que había escapes por muchas partes. Su ruina quedó explícita en las manifestaciones de junio de 2013, protestas identificadas con la rebelión y con la izquierda, a pesar de la multiplicidad contradictoria de las banderas. Quien piensa que 2013 fue tan solo un pequeño ataque de hipo no ha entendido el impacto profundo en el país. A partir de entonces todos los imaginarios sobre Brasil perdieron la validez. Así como los clichés. Y la imagen en el espejo se reveló demasiado desnuda. Y bastante cruda.

El Brasil del futuro no llegará al presente sin hacer su arreglo con el pasado. Entre tantas realidades simultáneas, este es el país que lincha a personas; que maltrata a inmigrantes africanos, haitianos y bolivianos; que asesina a parte de la juventud negra sin que a la mayoría le importe; que masacra a pueblos indígenas para liberar sus tierras y prefiere mantenerlos como imágenes en un libro de historia a convivir con ellos; en el que las personas les gruñen unas a otras en las calles, en los mostradores de las panaderías, en las oficinas públicas; en el que los discursos de odio se imponen en las redes sociales sobre todos los demás; en el que proclamar la ignorancia es motivo de orgullo en Internet; en el que la ausencia de “catástrofes naturales”, siempre vista como una especie de “bendición divina” para un pueblo elegido, ya ha dejado de ser un hecho hace mucho tiempo; en el que los paisajes “paradisíacos” descienden al infierno de la contaminación ambiental y la Amazonia, “pulmón del mundo”, se va convirtiendo en soja, ganado y favela, cuando no en hidroeléctricas como Belo Monte, Jirau y Santo Antônio.

Este es también el país en el que aquellos que vociferan contra la corrupción de los escalones más altos cometen cotidianamente sus pequeños actos de corrupción siempre que tienen la oportunidad. La idea de que el Congreso democráticamente elegido, formado por un número considerable de oportunistas y corruptos, no corresponde al conjunto de la población brasileña es tal vez la mayor de todas las ilusiones. Es duro admitirlo, pero Eduardo Cunha es nuestro.

En este Brasil, la presidenta Dilma Rousseff (PT), acorralada por las amenazas de proceso de destitución, incluso cuando (todavía) no hay elementos para ello, es un personaje trágico. Vendida por Lula y por los especialistas en marketing en la primera elección, la de 2010, como “madre de los pobres”, nunca ha sido capaz de vestir con desenvoltura ese traje populista, hasta por sinceridad. Cuando intenta invocar simbologías en sus discursos, se convierte en un hazmerreír. El lema de su segundo mandato —“Brasil, Patria Educadora”— no encuentra ningún respaldo en la realidad y se convierte más en una denuncia del colapso de la educación pública que en el movimiento para recuperarla. Parece que los especialistas en marketing tampoco entienden el Brasil de este momento y siguen creyendo que basta con crear imágenes para que estas se conviertan en imaginario. El propio Lula parece haber perdido su famosa intuición sobre Brasil y los brasileños. En sus manifestaciones, Lula suena a perdido, un intérprete confuso de un Brasil que ya no existe.

Ahora que ya no contamos con los viejos clichés e imaginarios, la crudeza de nuestra imagen en el espejo nos asusta. Ante ella y una presidenta con la autoridad corroída, crece la seducción de los autoritarismos. Nada más fácil que culpar al otro cuando no nos gusta lo que vemos en nosotros. En vez de enfrentar el propio rostro, se cubre la imagen perturbadora con objetivos a destruir. Aquellos que encuentran en esta adhesión a los discursos autoritarios una posibilidad de ascensión se olvidan de la lección más básica, la de que no hay control cuando se apuesta por lo peor. Solo hay una oportunidad si enfrentamos los conflictos y las contradicciones con la cara que tenemos. Es con esos Brasiles que necesitamos vérnoslas. Es esa la imagen múltiple que tenemos enfrentar en el espejo si queremos construir otra, menos brutal.

Lo que el gobierno Lula pospuso, al escoger la conciliación en vez de la ruptura con los sectores conservadores, está sobre la mesa. Hay varias fuerzas moviéndose para encontrar un nuevo acomodo, que evite el enfrentamiento de las contradicciones y de las desigualdades. Es por las banderas del reacomodo que las calles fueron ocupadas en 2015 por lo que algunos han llamado “nueva derecha”. Esta, aunque se sume a la novedad de la organización por las redes sociales y aparentemente se sitúe fuera de los esquemas tradicionales de la política y de los partidos, tal vez sea menos “nueva” de lo que pueda parecer en las cuestiones de fondo.

La próxima manifestación, prevista para el 16 de agosto, la están siguiendo con atención los políticos y los partidos tradicionales, que conspiran por el proceso de destitución de la presidente electa. Los manifestantes de 2015 gritan contra la corrupción, pero basta con escucharlos atentamente para comprender que gritan para dejar todo como está. Y, si es posible, volver incluso atrás, ya que una parte significativa parece haberse sentido perjudicada por políticas tales como la de las cuotas raciales y otros tímidos avances en la dirección de la reparación y la equidad. La reducción de la edad de responsabilidad penal, así como otros proyectos conservadores en curso, son también ejemplos de una respuesta autoritaria —e inocua— al deshilachado creciente de las relaciones sociales y a la violencia.

Hoy está produciéndose mucho ruido, como el propio discurso de Eduardo Cunha en la red nacional de televisión de Brasil (17/7), para desviar el foco del gran nudo a desatar: no habrá justicia social e igualdad en Brasil sin tocar los privilegios. Un montón de gente buena aún continúa creyendo en el cuento de hadas de que es posible alcanzar la paz sin perder nada. No es así. Quien quiera de hecho reducir la violencia y la corrupción que atraviesa a Brasil y a los brasileños tendrá que pensar en cuánto está dispuesto a perder para estar con el otro. Es este el signo de interrogación en el espejo. Es por eso que el sonido amenazante de los dientes afilándose crece. Y crece también donde menos se espera.

Eliane Brum es escritora, reportera y documentalista. Autora de los libros de no ficción Coluna Prestes - o Avesso da Lenda, A Vida Que Ninguém Vê, O Olho da Rua, A Menina Quebrada, Meus Desacontecimentos y de la novela Uma Duas.

Sitio web: desacontecimentos.com

Email: elianebrum.coluna@gmail.com

Twitter: @brumelianebrum

Traducción: Óscar Curros

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