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La guerra de la fruta prohibida

El embargo ruso a las manzanas polacas provoca una campaña de orgullo nacional

Dos jóvenes promocionan fruta polaca en Varsovia, en agosto.
Dos jóvenes promocionan fruta polaca en Varsovia, en agosto. Reuters

En esta vida a veces tienes suerte y Putin viene a verte. Hace cuatro años Tomek Porowski quería un cambio después de 13 como abogado en una farmacéutica. Habló con Marcin Hermanowicz, cuarta generación de una familia de agricultores de Grójec, la mayor región manzanera de Europa, y decidieron fabricar sidra. Podía parecer una decisión arriesgada, hasta que en 2014 el veto de Rusia a las frutas y verduras europeas dentro del rifirrafe por la crisis de Ucrania convirtió las manzanas en un asunto nacional en Polonia.

Ignacow, la sidra de Porowski, se convirtió entonces en un éxito. “Mucha gente nos escribe para montar un negocio como el nuestro”, explica. La cantidad de productores se ha sextuplicado, le han ofrecido escribir libros, lo invitan a festivales gastronómicos, las embajadas compran sus botellas por cajas…

La semilla de su éxito se plantó en 2011 cuando, tras las restricciones del comunismo, el Gobierno autorizó a los agricultores a destilar 10.000 litros de alcohol. Sin embargo, el éxito de Ignacow fue más que discreto hasta que el verano pasado Rusia cerró su mercado, causándole a Polonia unas pérdidas de 840 millones de euros. El país acababa de convertirse en el primer exportador mundial de manzana, y de repente se encontró sin dueño para las 677.000 toneladas que Moscú le compraba (la mitad de su producción).

Efectos colaterales

La Unión Europea activó ayudas millonarias, pero el drama apuntaba contra el orgullo nacional. Arrancó una campaña en Internet y los medios, con editoriales en los periódicos que pedían a los ciudadanos que comieran más. “Come manzanas contra Putin” se convirtió en un eslogan de éxito. Un año después, las cestas de frutas se encuentran aún por todas partes en Varsovia, y las librerías exhiben libros de recetas con la fruta prohibida al lado de biografías del papa Wojtyla.

La relación de Polonia con la sidra hasta ese momento había sido compleja. “Siempre produjimos buenos vinos de frutas”, cuenta Porowski, “pero durante el comunismo estas bebidas con moras o manzanas se convirtieron en un licor de mala calidad, para alcohólicos”. Hasta que con el embargo ruso el consumo de sidra pasó de los dos millones de litros anuales a los cuatro, propiciando incluso roces entre los ministerios más políticos y el de Sanidad, poco partidario de promocionar cualquier alcohol en un país en el que, según la Organización Mundial de la Salud, un 14% de los hombres bebe demasiado (frente a un 2% en España). Las acciones de las grandes compañías de cerveza que comenzaron a fabricar sidra con las manzanas desairadas por Moscú se dispararon y el futuro se abrió esplendoroso incluso para productores artesanales como Porowski, que destila 40.000 litros de una sidra más seca, de fermentación lenta.

Una misión difícil

Pero la distancia entre las soflamas y la realidad suele ser amplia. Una investigación de Bloomberg entre productores y vendedores concluye que las ventas nacionales no han aumentado mucho. A los polacos, que ya comían 15 kilos de manzanas al año, les tocaría doblar esta cantidad para compensar las pérdidas rusas.

En una frutería de Varsovia, Lidia y Pavel lo confirman. Ellos venden tres tipos de manzana de postre. Mientras los dos se turnan para hablar a través de la ventanilla del comercio, una mujer se lleva una bolsa por tres zlotis (menos de un euro). Su tienda, llena de cajas y desconchones, lleva 30 años abierta, pero están pensando en cerrar. Se levantan a las cinco de la mañana y dicen que apenas les da para mantener a sus hijos, aunque la mayor de los cuatro acabe de emigrar a Alemania a trabajar de maquilladora. El aumento de ventas en reacción al embargo lo notaron al principio, pero ahora sospechan que Rusia vuelve a comprar manzanas a través de Bielorrusia, porque los precios se han recuperado. “Eso de los rusos está muy bien, pero el problema para nosotros son los supermercados”, dice Pavel señalando un centro comercial al otro lado de la calle.

Porowski también es escéptico: “Ahora oficialmente en Polonia todo el mundo quiere demostrar que detesta a Putin, y a nosotros nos vino muy bien, pero tampoco es que se consuma tanta sidra”. Lo que sí ha cambiado para siempre es el estatus del productor de manzanas. “Antes, cultivarlas era casi una vergüenza, cosa de broma. Y de repente se convirtió en una declaración política”.