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Gustavo Madero retoma el liderazgo de la derecha mexicana

El dirigente vuelve con el partido debilitado y una oposición interna liderada por la esposa del expresidente Calderón

Gustavo Madero, en diciembre de 2013.
Gustavo Madero, en diciembre de 2013.

Gustavo Madero ha retomado la presidencia del Partido Acción Nacional (PAN). Su regreso coincide con un momento crítico para la fuerza hegemónica de la derecha mexicana. Durante los casi cuatro meses en que dejó el cargo, el escenario en el que este político con fama de moderado jugaba sus fichas ha cambiado radicalmente. No sólo se han reabierto las heridas internas, sino que la formación ha perdido peso en un país que atraviesa una profunda crisis de confianza.

A finales de septiembre, para sorpresa general, Madero abandonó el puesto que había ganado en unas competidas primarias en mayo y dejó el cetro al secretario general, Ricardo Anaya, uno de sus más fieles seguidores. El objetivo de Madero con su salida era soslayar una incompatibilidad inherente al cargo de presidente del partido y colocarse en los primeros lugares de la lista de candidatos a diputado federal por el cupo proporcional, una vía que prácticamente asegura la elección. Logrado su objetivo la semana pasada, el político ha vuelto a reclamar su trono. Y sin perder tiempo, en una demostración de su enorme control del partido, lo ha obtenido.

Pero este viaje de ida y vuelta ha tenido costes. En estos cuatro meses México ha sufrido una catarsis. El escándalo de Tlatlaya destapó el asesinato de 15 civiles a sangre fría por los militares. La tragedia de Igualadesató la mayor ola de protesta social desde Tlatelolco en 1968. Y la abrupta caída del precio del petróleo ha puesto en jaque a la economía. El país que en septiembre aún miraba con optimismo el futuro y debatía con ahínco sobre el diseño del futuro aeropuerto del Distrito Federal, se ha sumido en una ola de profundo escepticismo.

Frente a estas embestidas, el PAN, el partido que en 2000 logró apartar del poder al PRI tras 71 años de gobierno ininterrumpido, no ha sabido capitalizar el descontento. Sin iniciativa, desactivado su líder por la búsqueda de un puesto en la lista, se ha mostrado débil en su respuesta a los retos, dejando que el PRI, pese al deterioro de la figura presidencial, siga liderando las encuestas.

En este tiempo, además, ha tomado cuerpo una nueva revuelta interna, liderada por Margarita Zavala, de 47 años, la esposa del expresidente Felipe Calderón (2006-2012). A su alrededor se han agrupado los restos de las fuerzas calderonistas que en mayo perdieron las primarias frente a Madero. Este contingente, que abomina de los pactos que permitieron al presidente Enrique Peña Nieto sacar adelante su programa reformista, la apoya ciegamente en su gran desafío: la batalla por la presidencia del partido. Un pulso que se reabre después de las elecciones intermedias de junio (Congreso, nueve gobernaturas, 17 parlamentos estatales y 1.015 ayuntamientos).

El órdago de Zavala, aunque ella ha asegurado que no entrará en liza hasta después de la contienda electoral, amenaza con restar fuerza a un partido que la requiere como nunca. Desde la victoria de Vicente Fox en 2000, con un 42,5% de los votos, la formación ha rodado cuesta abajo hasta quedar como tercera fuerza (25%) en las pasadas presidenciales.

Madero, de 58 años, puso como objetivo de su partido mejorar sus resultados en las elecciones intermedias. Lograrlo, le abriría las puertas a revalidar su puesto este año y, posiblemente, le diera alas para concurrir como candidato presidencial en 2018. Pero si el PAN cae en los comicios de junio, quien se verá beneficiada es su rival Margarita Zavala. Un fracaso daría cuerpo a sus aspiraciones a la dirección del PAN y, en último término, a la carrera presidencial. La batalla está servida.