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En México la independencia se defiende en ‘catañol’

La comunidad catalana en el país azteca se organiza para participar en la consulta del 9-N

Catalanes independentistas en el Nevado de Toluca (México).
Catalanes independentistas en el Nevado de Toluca (México).

Josep Ribera, expresidente del Orfeó Catalá de México, tiene 82 años y lleva 67 cansado de ver los toros desde la barrera. “El 6 de noviembre tomaré un vuelo a España, y regreso más tarde del 9. ¿Le suena la fecha?”, pregunta juguetón, con un marcado acento catalán. Doce horas de vuelo para no perderse lo que su padre, y él mismo —exiliados republicanos— aparcaron en el último puesto de sus ilusiones cuando huyeron de Barcelona. El 9 de noviembre está previsto que se celebre, pese a la sentencia contraria del Tribunal Constitucional, la consulta ciudadana sobre la independencia de Cataluña. Y eso basta para que Josep Ribera decida volver a España.

Cruzar el umbral del Orfeó Català en México, un edificio del siglo XIX que alberga la institución catalana más importante del país, es como retroceder en el tiempo. Ribera, asido a un bastón, se acerca golpeando el suelo con fuerza, como si quisiera clavarlo a cada paso y si en lugar de bastón, agarrara una estaca. Y se sienta frente a un retrato de Francesc Macià (1859-1933), el primer presidente de la Generalitat durante la II República Española.

Entrada principal del Orfeó Català en la Ciudad de México.
Entrada principal del Orfeó Català en la Ciudad de México.

Al subir las escaleras del Orfeó, el independentismo se modera. O, al menos, se despoja de toda nostalgia y se vuelve más pragmático. Ahí se encuentra el Club Catalán de Negocios, una institución creada para impulsar las empresas catalanas y aquellas que tengan afinidades con la región, cuya única vinculación institucional con el Orfeó es la paga del alquiler. Su presidente, Josep Palau, de 50 años, pertenece a otra generación de catalanes que residen en el país azteca. Llegó a México tras la crisis del petróleo de los setenta con su padre, empresario del sector de la automoción, y después de más de 30 años viviendo aquí cuando escucha a un español olvida el acento chilango y acaba la mayoría de las palabras en vocales acentuadas. “Si los catalanes votan y al final se decide que Cataluña sea independiente, pues muy contentos. ¿Que se vuelve un Estado federal? . ¿Y si se queda como está? També.”, resume Palau, entre risas. Y añade a modo de justificación: “Si es que ya nos va bien, al empresario no le importa tanto este asunto. Otra cosa es en lo personal”. El presidente cuenta que hay unas 500 empresas catalanas establecidas en México. La mayoría de los miembros del club son favorables a la independencia, pero según cuenta: “En el club hasta el más independentista habla castellano”.

A unos kilómetros del Orfeó y del Club de Negocios, en un bar con decoración catalana llamado Dinou y situado en la calle Valencia, se reúnen ocho miembros de la filial mexicana de la Asamblea Nacional Catalana (ANC). El grupo se formó tras la masiva manifestación en Barcelona el 11 de septiembre de 2012, la Diada. Desde entonces, se encargan de organizar manifestaciones y eventos para reivindicar la independencia de Cataluña por todo el país, igual que hace la ANC original desde la otra orilla del Atlántico. Y nunca habían tenido tanta actividad como ahora, a cinco días de la consulta.

Si es que ya nos va bien, al empresario no le importa tanto este asunto. Otra cosa es en lo personal

Josep Palau, presidente del Club Catalán de Negocios en México

Mireya Zapata, de 62 años, con doble nacionalidad, acude de las primeras a la reunión, vestida con la camiseta que los organizadores de la Diada repartieron por toda Barcelona para formar la famosa V el pasado 11 de septiembre. Igual que en Cataluña, esta organización civil es la encargada de difundir toda la propaganda sobre la consulta. Pero en México, ofrecen un plus: sofá o cama gratis para todos los que acudan a la capital a votar desde diferentes puntos del país.

En la mesa del bar hay sentados dos miembros de la Asamblea muy singulares. Guillermo Amador, mexicano de 28 años, no tiene familia catalana como la mayoría de los integrantes, aprendió catalán por unos dibujos doblados a ese idioma de Dragon Ball. Estudió Medicina en el Instituto Politécnico Nacional (IPN) de México y, según cuenta, allí se consolidó su “pasión por Cataluña”. “A mi facultad llegaron muchos médicos catalanes exiliados de la Guerra Civil española, siempre se les ha tenido mucho respeto”, explica. De vez en cuando, aprovecha para recolocarse la corbata bordada con los colores de la senyera, rojo y amarillo. Como un inmigrante catalán en su propia tierra, ha sido el promotor del día de Sant Jordi y de concursos de Castellers que se celebran anualmente en su universidad. Junto a él está Lygia Fonseca, de 46 años, también mexicana y cuya vinculación con Cataluña es la de haber vivido unos años allí mientras se buscaba la vida. Los dos son miembros de la ANC y piensan que la lucha por la independencia es una causa universal.

Miembros de la ANC en un acto llamado Mudos y Enjaulados.
Miembros de la ANC en un acto llamado Mudos y Enjaulados. anc

Hay quienes no han podido esperar a la fecha clave para cruzar el océano. La historiadora e investigadora de la Universidad Autónoma de Puebla, Montserrat Galí, decidió tomar un vuelo un mes antes “para vivir en primera fila este momento histórico”. Galí explica por correo electrónico que los catalanes residentes en México se dividen en las generaciones más viejas —en su mayoría exiliados o hijos del exilio— y las generaciones que llegaron en los último 20 y 30 años, en busca de oportunidades y trabajando en grandes compañías. “Estos últimos son en su mayoría independentistas. Han roto los lazos afectivos con España; el Estado español no es más que una instancia administrativa, pero no representa casi nada para ellos”, cuenta Galí, quien participa además en la ANC de México y preside la Asociación de Catalanistas de América Latina (ACAL).

“En México somos bastante surrealistas, pero lo que está haciendo el Gobierno de Rajoy supera los límites del surrealismo”, comenta sarcástico José María Murià, de 72 años, historiador, museógrafo y académico mexicano, hijo también de catalanes exiliados. Murià, que se encuentra estos días en Cataluña en la presentación de un libro suyo, reconoce con la boca pequeña su adhesión al movimiento, pero siente que no hay nadie haciendo más por la independencia que el Gobierno español: “Si son verdaderamente agradecidos, cuando consigan la soberanía, deberían cambiarle el nombre a la Diagonal de Barcelona por Avenida Mariano Rajoy”.

Guillermo Amador, mexicano sin familia catalana, cree que se debe luchar desde México por la independencia

Fuera de las fronteras catalanas y de las fronteras terrestres, en el mundo virtual, se encuentra Sergi Marzabal, catalán de 47 años, lleva dos viviendo en la capital mexicana y trabaja como programador informático. Es el creador y editor de todas las páginas asociadas a Catalans al mon (Catalanes en el mundo) y de una diseñada especialmente para el 9-N: Vullvotar.cat (quiero votar). “Aunque estoy de acuerdo con los métodos empleados por la ANC, considero que lo de repartir panfletos es un poco hippie. Podemos hacer mucho desde la red”, señala Marzabal, que también es socio del Club Catalán de Negocios.

La luz que iluminaba solo un triángulo del salón del Orfeó Catalá ha reducido su perímetro a los pies de Josep Ribera. Y quizá la oscuridad le haya recordado que lleva hablando un largo tiempo sobre el momento catalán. Tras la puerta de cristal de una habitación contigua se observa a tres chicos que están recibiendo clases de catalán. Al verlos, sonríe y da por finalizada la conversación. El actual presidente, Rafael Vidal i Anglès, sentado todo el tiempo frente a él lo observa con el cariño de un hijo. Apenas abrió la boca desde que el bastón de Ribera irrumpió en el salón.

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