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Bangui esconde los machetes

El miedo gobierna la capital centroafricana, trinchera de grupos cristianos y musulmanes

Tropas extranjeras tratan de devolver la seguridad a la ciudad

Milicianos cristianos antibalaka posan en Bangui, capital centroafricana, en febrero.
Milicianos cristianos antibalaka posan en Bangui, capital centroafricana, en febrero. AFP

Ni un alma en el cruce de acceso al barrio PK5. Al fondo, al final de una de las calles, camina algún vecino de este punto kilométrico de Bangui, capital de República Centroafricana. En la esquina siguen en pie los puestos del mercado vacíos. Ni rastro de vida. Tras 10 meses de guerra entre grupos armados, entre milicianos musulmanes y cristianos, la tregua, frágil, había animado a los tenderos a reabrir, a las gentes del PK5 a patear de nuevo la tierra. La vida salía a la calle. Una granada lanzada en un distrito cercano por un miliciano musulmán el pasado 7 de octubre reavivó el conflicto. Murieron cuatro personas y regresó el pavor. En 12 días, la violencia causó más de una docena de víctimas mortales sólo en Bangui, entre ellos, dos cascos azules. 7.160 personas huyeron de sus hogares. Bangui, admiten militares europeos, volvió a ser “una ciudad sin ley”.

España, operaciones especiales y atestados

O. G., Bangui

Pregunta un alto mando militar francés en los pasillos de la UCATEX, antigua fábrica textil, sede hoy de la misión europea EUFOR (734 militares): “¿Le tratan bien los españoles?”. No para. Presume que la respuesta no será mala. “Es que son buenos”, prosigue desde lejos. Dentro y fuera del cuartel general del contingente europeo, en Bangui, capital de República Centroafricana, los 94 españoles desplegados cuentan con la vitola de formar parte de cuerpos de operaciones especiales del Ejército y la Guardia Civil.

El instituto armado aporta 25 agentes, la mayoría formados en la lucha contra el terrorismo en el norte de España. Entre sus labores está la patrulla de las calles de Bangui, también junto a policías centroafricanos.

La fuerza europea, junto a la francesa (Sangari) y la internacional de la MINUSCA, bajo el sello de la ONU, han logrado contener por el momento la violencia en Bangui. Otra cosa es fuera de la capital. Hacia el oeste, Sangari y MINUSCA, poco populares entre los centroafricanos, tratan de asegurar la frontera camerunesa. El este del país es tierra de nadie.

En Bangui, los europeos, con el coronel español Juan José Martín al frente del Estado Mayor, patean las calles de los conflictivos tercer y quinto distritos. Reconocen en el mando español que se ha mejorado, pero que queda una asignatura pendiente: dar la vuelta a la tensión del tercer distrito. “Se logrará”, dice Martín.

La violencia les mantiene en alerta. Muy cerca de UCATEX, en un cruce polvoriento del sur de Bangui, un convoy español acudió el pasado 16 de octubre ante el despliegue de soldados franceses frente a un grupo de antibalakas (grupo armado cristiano). Los milicianos atacaron y las esquirlas de una granada de mano hirieron a un capitán español en un brazo y la espalda. Las heridas fueron leves y el militar pudo viajar en un vuelo comercial a España para su recuperación.

Porque el miedo en el país (4,6 millones de habitantes), tras más de 5.100 fallecidos desde diciembre, según un recuento detallado de la agencia de noticias Associated Press, sigue a flor de piel. El que lanzó la granada pertenecía a Seleka (Alianza, en sango), grupo formado por musulmanes centroafricanos y mercenarios de Chad y Sudán del Sur, que en Bangui anda parapetado en el cuarto distrito, rodeado por milicianos cristianos conocidos como antibalaka (antimachete). El asaltante acabó linchado y asesinado.

Fuerzas especiales españolas del contingente europeo EUFOR penetran en el barrio PK5 hasta tierra de nadie, un pedazo del tercer distrito, otrora trinchera entre Seleka y antibalaka. Un grupo de niños, muchos huérfanos de la guerra, juegan y bromean con los militares. “Mira ese”, dice uno de los soldados, apuntando a un chiquillo menudo, con una camiseta hasta las rodillas. “Perdió al padre y a la madre y todavía sonríe”. Eran cristianos. Los huesos esparcidos por el camino son hoy de animales. Anteayer, dicen los militares, los restos eran humanos. A unos 100 metros del puesto avanzado de EUFOR se esconde el canal entre la maleza, y del otro lado, la comunidad musulmana.

El 15% de los centroafricanos profesa el islam, frente al 85%, el cristianismo. En la raíz del conflicto está la discriminación que los musulmanes sienten en las esferas de poder. La lucha incluso por partir el país con una nueva frontera, también por asegurar el control de las minas de oro y diamantes, ayuda a explicar la ofensiva de los Seleka sobre Bangui en marzo de 2013. Su líder, Michel Djotodia, tomó la presidencia y los que le auparon dieron rienda suelta a saqueos, violaciones y asesinatos. Los antibalaka contraatacaron en diciembre. Djotodia abandonó un mes después, presionado por la comunidad internacional y sobre todo por París, antigua metrópoli de la colonia. La tortilla dio entonces la vuelta y fueron las milicias cristianas las que se emplearon a fondo contra la población musulmana. Era su venganza.

“Imagínese que tiene a dos chicos armados”, plantea a un militar italiano Merle, un veinteañero que vive junto al canal. “Uno de ellos es cristiano y el otro musulmán, ¿a quién desarmará?”. La película de Merle es de buenos y malos. Sin mirar a los ojos salvo cuando ríe, con un auricular colgando del oído izquierdo, escucha cómo el soldado explica que desarmaría a ambos. “Pero a ese lado”, exclama señalando hacia la otra orilla del canal, “hay muchos jóvenes musulmanes locos y tienen que desarmarlos”.

¿Quiénes son esos locos de Merle? Ibrahim Bohari, musulmán de pelo largo y trenzado, da alguna pista desde una terraza de los humildes estudios de Radio Ndeke Luka, en el sur de la capital. Fue futbolista en Bélgica y ahora coordina la organización Los Hermanos Centroafricanos. Vive en el problemático tercer distrito. “Hay muchos jóvenes que no tienen empleo y son manipulables”, señala. “Toman drogas [su preferida es el tramadol, un excitante] y son utilizados por los grupos políticos”. En otra mesa, con gorra y barba cerrada, se sienta Kengbanda Cyrille, técnico de electrodomésticos y comandante antibalaka en el quinto distrito. “Entiendo a los Seleka”, señala con sorna, “son patriotas radicales”. Pero también hay extremistas entre los suyos, ¿no? “Sí, y si hay que desarmarles a la fuerza, lo haremos”.

Hay impresiones que no fallan: ciudadanos cristianos y musulmanes son rehenes de grupos armados. Estos, agazapados ahora, se sirven de jóvenes sin perspectivas, sin futuro, marionetas fáciles de manipular.

El despliegue de soldados europeos y cascos azules ha obligado a las milicias, armadas hasta los dientes tras atracar los arsenales de la capital -el mercado negro permite no obstante comprar una granada por un euro o un Kaláshnikov por unos 90-, a esconder los fusiles y machetes. Las atrocidades, sin embargo, han calado hondo. La onda expansiva de la granada del 7 de octubre llevó a miles de centroafricanos del tercer y quinto distritos a refugiarse en el campamento de M’Poko, junto al aeropuerto, hogar hoy de unos 21.000 desplazados (unas 900.000 personas han abandonado sus casas desde el pasado diciembre). Abraham -sus amigos, dice él, le llaman Lincoln-, de 27 años y estudiante de Derecho, es uno de esos huidos que hoy habitan M’Poko. “Nunca pensé que fuera a vivir aquí”, confiesa mientras recorre el pasillo que divide en dos el campo, “vivir así y con los niños, nunca lo pensé”. Una fuerte tormenta golpea de improviso los plásticos y metales que techan las tiendas de los campos.

El miedo gobierna la débil tregua firmada en Brazzaville. Al sureste del aeropuerto, a unos 20 minutos, corre el río Ubangui, que da nombre a la ciudad. Media docena de trabajadores enredan en las obras del embarcadero, proyecto apoyado por la UE y que pretende normalizar el comercio fluvial. “Antes éramos unos 30”, dice Siril, joven capataz de la obra. Pero los antibalaka llegaron hace unos días y muchos huyeron en tropel a Congo, al otro lado de la orilla. Otra vez el terror. “Pronto volverán a trabajar”, aventura. ¿Tiene miedo? “No, ahora se está bien”. Pero los antibalaka no están lejos. Siril y su compañero Cristian apuntan al otro lado de las montañas. Ese es su escondite.

Algunos de esos milicianos ya no tienen donde resguardarse. Sanze Isevin es antibalaka. Tiene 25 años y está encarcelado. Descalzo, sin camiseta, se sujeta a los barrotes de una prisión destartalada, no lejos del río. “Me detuvieron los Sangari [tropas francesas]”,explica Isevin, “cerca de Camerún”. ¿Qué hacía? “Defender a mi familia contra los Seleka”. Ahora, como otros reos, solo quiere salir de prisión. Dejarlo todo para encontrar un trabajo.