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El este de Ucrania, a punto de entrar en la nómina de conflictos congelados

La región amenaza con sumarse a los territorios problemáticos legados por la URSS

Un rebelde ucranio, ayer en Donetsk ante una bandera del Batallón Ortodoxo Ruso
Un rebelde ucranio, ayer en Donetsk ante una bandera del Batallón Ortodoxo Ruso AP

En el este de Ucrania, en las zonas bajo control de los insurgentes prorusos, están apareciendo “rasgos de conflictos congelados”, según el embajador de la UE en Rusia, Vygaudas Usackas. En efecto, las autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk (RPL y RPD) presentan semejanzas —pero también diferencias sustanciales— con los territorios problemáticos legados por la URSS en 1991: Osetia del Sur, Abjazia, el Alto Karabaj y el Transdniéster, unas realidades que hasta hoy no han encontrado un encaje armónico en el mapa postsoviético reconocido por la ONU.

Dejando aparte Crimea, por sus peculiaridades, y el Alto Karabaj, por su carácter de contencioso entre Armenia y Azerbaiyán, el denominador común de Abjazia, Osetia del Sur y el Transdniéster es el haber sobrevivido 23 años gracias al apoyo económico y militar de Moscú. En los tres casos, Rusia ha sido parte y árbitro a la vez, en proporciones que variaron según la época. En 1996, el presidente Boris Yeltsin y la CEI (comunidad de Estados postsoviéticos) declararon un bloqueo económico a Abjazia para forzarla a un acuerdo con Georgia. En mayo de 2008, Vladímir Putin levantó por su cuenta aquel bloqueo, que se había relajado ya tras su llegada al poder en 2000. Bajo la presidencia de Putin, Moscú repartió generosamente pasaportes rusos a los habitantes de Abjazia, Osetia del Sur y el Transdniéster y creó así una base legal para una eventual intervención.

Miedo a la anexión rusa de Abjazia

Consecuencia de las aprensiones geopolíticas de Moscú tras la anexión de Crimea parece ser el nuevo tratado bilateral que el Kremlin quiere firmar con Abjazia para sustituir al tratado ruso-abjazo suscrito en 2008 cuando Moscú reconoció unilateralmente como Estado aquel territorio con 220 kilómetros de costa del mar Negro.

El borrador ruso del tratado contempla la creación de un espacio de defensa común, la integración de Fuerzas Armadas, la coordinación de la política exterior y el desmantelamiento de la frontera ruso-abjaza (ruso-georgiana para la ONU) por el río Psou. Una parte de la élite política de Abjazia considera que el nuevo documento que Rusia quiere cerrar antes de fin de año es una “anexión de hecho”. Para presentarlo, Rusia esperó a que Raul Jadzhimba, un veterano del KGB de la URSS, fuera elegido presidente de Abjazia en agosto. En opinión de los partidarios del anterior líder de Abjazia, el Kremlin instigó las protestas que culminaron en mayo con el cese anticipado del presidente, Aleksandr Ankvab, que se habría opuesto al tratado.

Las políticas exteriores de Rusia y Abjazia son armónicas excepto en relación con Turquía, país que ha activado sus contactos con Sujum al margen de Tbilisi. Turquía es importante para Abjazia por ser uno de los países de residencia de la comunidad de varios millones de descendientes de autóctonos del Cáucaso (entre ellos abjazos) obligados a abandonar esas regiones conquistadas por el Imperio ruso en el XIX. La independencia unilateral de Abjazia tal vez sea un mal menor para Georgia, porque si Rusia se anexiona de hecho aquel territorio paradisíaco, se disolverían las esperanzas de que los pueblos del Cáucaso pudieran acomodarse en algún momento en una confederación.

Rusia ha mantenido contingentes de pacificadores en los tres territorios, en el marco de fórmulas de mediación internacionales con participación de la OSCE y la ONU. Las misiones pacificadoras rusas en Abjazia y Osetia del Sur se metamorfosearon en bases militares tras la guerra ruso-georgiana de agosto de 2008, cuando Moscú reconoció la independencia de aquellos territorios.

En el Donbás (las provincias de Donetsk y Lugansk, donde ayer murieron seis soldados ucranios), Kiev rechazó la presencia de pacificadores internacionales, precisamente por temor a “congelar” el conflicto. Pero los acuerdos de Minsk para regular el conflicto entre Kiev y los separatistas implican una congelación del problema mientras las partes enfrentadas no se pongan de acuerdo.

Osetia del Sur, Abjazia, y el Transdniéster se opusieron a la desintegración de la Unión Soviética, enfrentándose así a las tendencias centrífugas de las repúblicas soviéticas de las que dependían. Luego, al derrumbarse la URSS, los prosoviéticos se convirtieron ellos mismos en independentistas. La génesis y fecha del conflicto en el este de Ucrania es diferente. Donbás ha sido parte integral de Ucrania durante 23 años y sus reivindicaciones descentralizadoras o federalistas y por la cooficialidad de lengua rusa solo se convirtieron en una causa bélica tras la huida del presidente Víctor Yanukóvich, un oriundo de Donetsk, y la fulminante anexión rusa de Crimea. Como el Transdniéster o como Osetia del Sur, los independentistas de Ucrania quisieron incorporarse al Estado ruso. No así los abjazos, que siempre valoraron su independencia.

Pese al uso retórico de la expresión “mundo ruso”, Moscú no tiene en Donbás la comunidad de ciudadanos que le serviría para justificar su intervención, aunque esto podría cambiar si los ucranios cobijados ahora en Rusia regresan a sus hogares convertidos en ciudadanos rusos.

El este de Ucrania, a punto de entrar en la nómina de conflictos congelados

Gracias a la frontera con Rusia, la RPD y la RPL tienen una retaguardia segura y reciben ayuda humanitaria y militar. La anexión de Crimea y la guerra híbrida en Donbás influyen de forma desestabilizadora sobre los conflictos congelados. La situación económica en el Transdniéster es catastrófica al desplomarse el comercio con Ucrania, país que, además, bloqueó su frontera para los varones adultos ciudadanos de Rusia. Más de 100.000 residentes en el Transdniéster tienen pasaportes rusos y muchos se ven obligados a emigrar.

En conjunto, la población de Abjazia, Osetia del Sur y el Transdniéster no llega a los 900.000 habitantes, mientras la de Donbás superaba los 6,5 millones antes del conflicto y —pese al éxodo y el control limitado del territorio por los separatistas— los afectados por un nuevo conflicto congelado son millones y no por centenares de miles. Tanto el Transdniéster como Donetsk reciben el gas ruso gratis con una diferencia. El Transdniéster se aprovecha de su posición geográfica y lo hace a costa de los suministros a Moldavia, mientras Donetsk lo hace a costa de Ucrania, porque el nudo principal de distribución del gas ruso en la zona está bajo el control de Kiev. Los separatistas de la RPD y la RPL no tienen recursos para pensiones y sueldos. Anualmente Moscú da a Abjazia 350 millones de dólares (280 millones de euros) de balde y en total gasta 20.000 millones de dólares (16.000 de euros) en apoyar a los “amigos”, según Vladímir Rizhkov, ex vicejefe de la Duma Estatal de Rusia. Reconstruir Donetsk y Lugansk costará entre 8.000 millones y 10.000 millones de dólares y Crimea saldrá por 4.000 a 6000, decía el político. Rusia debe decidir si paga esas facturas, pese a la crisis económica y las sanciones.