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COLUMNA

“Cuando Brasil se marchita, se marchita una parte de nosotros”

El dolor de los brasileños consiste en que creen que les están robando algo que les pertenece

Leí con una mezcla de admiración y dolor la afirmación de Fernando Gabeira en su columna de O Globo: “Cuando Brasil se marchita, se marchita una parte de nosotros”. Admiración porque pone de relieve que Brasil constituye una parte de la identidad de cada uno de los brasileños. Dolor porque da a entender que la voluntad de cambio en el país se ve al mismo tiempo amenazada por ese marchitarse de algo. Algo que los brasileños sienten como que les pertenece por derecho y les están robando.

Siempre me ha impresionado el hecho de que, cuando le pregunto a alguien de este país qué se siente, responde sin titubear: “Brasileño”. De ahí que ellos gocen y sufran con esa identidad que les concede la pertenencia al país. ¿Es que no es así en otros pueblos del planeta? No. Esa sensación gozosa de pertenencia y ese dolor que se advierte cuando empieza a deteriorarse el lugar de origen es una de las características que los extranjeros notamos y admiramos de los brasileños.

Soy español, y difícilmente esos sentimientos que Gabeira atribuye a sus compatriotas, que sufren y disfrutan con ser brasileños, existen entre nosotros. Por lo menos con esta intensidad. Es más, tenemos regiones en España donde sus gentes dicen abiertamente que no se sienten españoles.

He recordado más de una vez que una de las características de Brasil es que en él predomina más la línea curva que la recta, la circunferencia que el ángulo. Y no es un misterio que la curva evoca la condición femenina. También el amor de madre se identifica más que el amor de padre con la curva, con la comprensión frente a los traspiés de los hijos. El amor paterno aparece más severo, más anguloso y exigente.

Esa fue la sensación que me transmitieron las palabras de Gabeira, y ese dolor subliminal escondido en sus palabras no puede ignorarse en estos momentos en los que Brasil está atravesando una crisis política y social y se halla en vísperas de decisiones importantes para su futuro, como lo son siempre las elecciones presidenciales. Por esa condición femenina de Brasil, la protesta y la indignación pueden parecer a veces menos violentas, pero podrían ser al mismo tiempo más profundas y dolorosas.

La patria tiene connotaciones maternas, así como la lengua con la que se identifica la gente.

El verbo “marchitarse”, usado para describir lo que se está viviendo, está relacionado con una parte de la idiosincrasia de este país, que se ama como brasileño y no sabría ser otra cosa.

Por eso, si es cierto que cuando Brasil como un todo empieza a hacer aguas, se siente ahogada, también se siente así “una parte de nosotros”, como dice Gabeira.

Es comprensible que esa frustración de ver perderse las esperanzas de una superación (económica, social, ética y hasta política) pueda resultar aquí más profunda y dolorosa que en otras partes.

Es como decir: si llora Brasil, lloran también los brasileños por esa pena de la que cada uno se siente parte. ¿Y cómo harán para no irritarse con esos vendavales de corrupción que azotan al país, a sus instituciones y a sus representantes políticos?

Es un marchitarse que evoca un deterioro materno; es el dolor del hijo que ve apagarse, a través de los ojos cansados de la madre, una parte de su propia esperanza.

Brasil soporta mal la condición de huérfano, como la circunferencia no admite jirones y agujeros negros.

Su vocación está amasada con los ingredientes del encuentro festivo y de la felicidad. Cuando ella se marchita, resulta herida su propia identidad.

Ojalá que una nueva y próxima primavera haga que todo vuelva a florecer. Por ahora, todo aparece más bien sembrado de las hojas secas que se desprenden de la indignación, el miedo y un cierto desaliento general.