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El ataque a Libia revela la división en el Golfo frente al islam político

Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí expresan su malestar ante la pasividad de EE UU

Un hombre contempla el humo que sale del aeropuerto de Trípoli durante los combates en agosto.
Un hombre contempla el humo que sale del aeropuerto de Trípoli durante los combates en agosto. AFP

Emiratos Árabes Unidos (EAU) sigue manteniendo silencio sobre los bombardeos a rebeldes islamistas en Libia que la semana pasada le atribuyeron altos funcionarios estadounidenses. Sin embargo, la ausencia de desmentido oficial sólo añade credibilidad a la filtración. El inusitado ataque pone de relieve la división que ha suscitado el avance islamista en Oriente Próximo entre las petromonarquías de la península Arábiga. Para Emiratos, al igual que para Arabia Saudí, se trata de una amenaza existencial y esa operación reflejaría tanto hasta dónde está dispuesto a llegar, como su malestar con la pasividad de Estados Unidos.

“Los ataques de EAU en Libia se producen en el contexto más amplio de una contrarrevolución en la zona, donde golpes [de Estado], elecciones trucadas y de forma creciente acciones violentas se están utilizando para limitar la influencia del islam político, sea en Egipto, en Gaza o ahora en Libia”, explica en un email Christopher Davidson, experto en las monarquías árabes del golfo Pérsico de la Universidad de Durham.

Desde que estalló la primavera árabe en 2011, la popularidad de los partidos islamistas ha alarmado a los reinos y emiratos vecinos. Aunque las monarquías se han mostrado más estables, o más hábiles para contener el potencial descontento, las familias gobernantes no esconden su preocupación por la amenaza que representa esa alternativa política. Aun así, tal como apunta el investigador de la Universidad de Cambridge Toby Matthiesen, la acción emiratí “no tiene precedentes”.

Cuando los pasados 17 y 23 de agosto, varios aviones bombardearon posiciones de las milicias islamistas que intentan hacerse con el control de Trípoli, la capital libia, sus rivales se atribuyeron los ataques. Sin embargo, observadores militares apuntaron enseguida que esas fuerzas no tenían capacidad para operar de noche y a larga distancia. Los islamistas, por su parte, acusaron a Egipto y Emiratos sin aportar pruebas.

Dos días después, The New York Times reveló que habían sido aparatos emiratíes operando a partir de bases egipcias. El Gobierno de El Cairo ha desmentido que sus aviones hubieran entrado en Libia, pero ha evitado aludir a la posible ayuda prestada a la operación. EAU ni confirma ni desmiente. Los medios locales ni siquiera han informado del asunto, aunque algunos han editorializado desde entonces sobre la amenaza que representa el caos libio y la necesidad de que los países árabes se unan para hacer frente al extremismo.

“Quieren combatir el islam político a través de una acción regional. Hasta el momento habían utilizado intermediarios, pero ahora parecen dispuestos a pasar a la acción militar directa. Es preocupante porque nunca antes se habían involucrado en una operación bélica de ese tipo, lo que aumenta el potencial de una escalada”, apunta Matthiesen durante una conversación telefónica.

Aunque en 2011 Emiratos y su vecino Qatar colaboraron con la OTAN en el establecimiento de una zona de exclusión aérea en Libia, aquella intervención estuvo respaldada por el Consejo de Seguridad de la ONU. Desde entonces, ambas monarquías han respaldado a facciones políticas rivales en ese país (los nacionalistas liderados por Mahmud Jibril y los islamistas de Ali Salabi, respectivamente) y en el más amplio contexto árabe. Mientras Doha ha apostado por el islamismo moderado de los Hermanos Musulmanes, Abu Dhabi, como Riad, ve en el proyecto político de éstos una amenaza tan grave o mayor que la de los extremistas violentos del Estado Islámico.

Esa diferencia ya ha producido una importante fisura en el Consejo de Cooperación del Golfo, el foro en el que las seis monarquías de la península Arábiga intentan coordinar sus políticas. Algunos observadores temen que el atrevido paso de EAU anime una reacción similar por parte de Qatar (aliada en esas lides con Turquía, aunque no sea un país árabe) y desencadenar una nueva guerra por intermediación. EE UU, que ha negado haber dado el visto bueno al ataque, ya ha advertido de ese riesgo. En la zona se ve su postura con escepticismo, ya que se le responsabiliza de la inestabilidad regional por no haber intervenido decisivamente en defensa del statu quo.

“El mensaje que ha enviado [el caso de] Siria es que la comunidad internacional, Estados Unidos y los países europeos no ayudaron a los moderados y dejaron que creciera el extremismo, el yihadismo y el Estado Islámico. Así que la comunidad internacional no es fiable; no podemos confiar en que EE UU actúe cuando sea necesario, lo que deja a las potencias regionales la necesidad de hacerse cargo”, señala el politólogo emiratí Abdulkhaleq Abdulla.

Este analista, que subraya que no está claro “si EAU ha estado o no involucrado” en el bombardeo, defiende no obstante que “si lo ha hecho, debe de haber tenido razones de peso”. Entre ellas destaca que “Libia va camino de convertirse en otra Siria, un potencial nido de terroristas, lo que añade un nuevo elemento de inestabilidad a la región”. Pero sobre todo, apunta como línea roja a la estabilidad de Egipto. “Es de la mayor importancia para todos los países árabes, y muy en especial para EAU y Arabia Saudí, que no quieren verlo al lado de un Estado fallido en manos de los yihadistas”, concluye.