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COLUMNA

El Partido Republicano

La política local del 'Grand Old Party' tiene al Senado, a la Presidencia de EE UU y al país entero de rehén

David Brat.
David Brat. AFP

Cada cuatro veranos, es común el ejercicio de analizar el último escenario de la Convención Republicana. Mientras los globos suben y el papel picado baja, la fórmula presidencial ocupa el centro del escenario. Lentamente van ingresando sus familias y, de a poco, los rodean por orden de parentesco. Los hombres son todos blancos, y muchos con cabelleras aún más blancas. Las mujeres, inevitablemente rubias, madres, esposas e hijas, también han sido parte de la convención. Muy pocas para hablar de su carrera profesional o sus propias ideas políticas, pero sí para resaltar su rol en el hogar, el indeclinable apoyo a sus maridos y su abnegada dedicación a los niños.

Es una tarjeta postal, pero retro, como esas que se venden en los mercados de pulgas. Es el cuadro de un país que ya no existe, tan diferente del que se ve en la calle, en el metro o en la televisión. Es el escenario de un país de los años cincuenta. Familias de hombres blancos y mujeres rubias que viven con un solo ingreso—hoy, privilegios de una minoría—y niños que crecen con la madre horneando galletas mientras el padre está en el trabajo—normas sociales arcaicas.

Se trata de una importante disonancia cognitiva entre un partido político y su sociedad, tan amplia que ese escenario es diferente hasta de sus héroes más admirados, todos racial, social y culturalmente diversos. Eso incluye a los atletas que ganan medallas olímpicas hasta los soldados que ganan condecoraciones por luchar en guerras remotas, por supuesto sin olvidar los iconos de la música pop que ganan Grammys.

"En Estados Unidos, la xenofobia se origina en incentivos institucionales perversos que estructuran la competencia electoral"

Y, sin embargo, esta semana el Partido Republicano ha ratificado enérgicamente esa disonancia con su decisión de apartarse todavía más de ese nuevo país, transformándola en una brecha estructural del sistema de representación. Ese es el significado de la derrota en las primarias del líder de la bancada Republicana en la Cámara de Representantes, Eric Cantor, en manos de un ignoto profesor de economía y miembro del Partido del Té. El blanco del ataque de David Brat, el contendiente, fue la adhesión de Cantor a la reforma migratoria, que incluía la legalización de los indocumentados. En un clásico del discurso populista conservador, Brat tuvo éxito alarmando a los votantes con el argumento que esa legalización depreciaría el salario de los trabajadores (omitiendo que más se deprecia por la indocumentación que promueve la sub-compensación en general, pero ese es otro tema).

Si el hecho tiene enorme importancia porque el derrotado es el segundo en la jerarquía de la Cámara, lo tiene aún más como mensaje para muchos otros congresistas de distritos similares: postergar, evitar o rechazar de plano la reforma migratoria. Haciendo la aritmética, y considerando que se trata de un sistema de reelección cada dos años, ello significa que no estarán los votos para aprobar reforma migratoria alguna, y eso por bastante tiempo.

En general la xenofobia es consecuencia de la ideología, por supuesto reforzada en la incertidumbre de las crisis económicas. Tal sería el caso del racismo explícito de los Le Pen y el Frente Nacional francés, por ejemplo. Sin embargo, no es así en Estados Unidos, donde la xenofobia se origina más bien en incentivos institucionales perversos que estructuran la competencia electoral. Concretamente, la variable independiente son los mapas de los distritos electorales, sometidos a constantes manipulaciones por medio de dibujos artificiales que, desafiando el sentido común de la geografía, perpetúan la hegemonía territorial de un partido o del otro.

Una práctica conocida como gerrymandering, la redefinición de los distritos electorales permite procesar información censal, de consumo, educativa, racial y cultural, y simular escenarios electorales, literalmente, cuadra por cuadra. Esto propicia la configuración de distritos homogéneos, pero sobre la base de una plataforma electoral también homogénea, lo cual atenta contra el pluralismo. Con menos competencia electoral y menos pluralismo social y racial, los congresistas tienen menos incentivos para negociar diferencias y forjar compromisos —o sea, menos necesidad de hacer democracia—y más alicientes en basar su tarea legislativa en la ideología— es decir, de hacerlo de manera intransigente y facciosa.

Curiosamente, la lógica electoral del partido es diferente a nivel del Senado, donde se agregan todos los votos del estado, propiciando agendas más pragmáticas. En el ámbito local, sin embargo, se van consolidando enclaves, verdaderos guetos raciales y sociales que sobrerrepresentan a ciertos grupos y subrepresentan a otros. Es allí, en el origen, donde está bloqueada la reforma migratoria y probablemente allí se quede por el futuro predecible.

Tip O’Neill, legendario líder demócrata en la Cámara de Representantes, había dicho que “todo tipo de política es local”. Nunca antes esa noción tuvo tanta relevancia, hasta el punto de que la política local del Partido Republicano tiene al Senado, la Presidencia y al país entero de rehén. Aquel partido antiesclavista de Lincoln, el de Reagan, quien urgió a Gorbachov a derribar un muro, ha construido ahora el propio, un muro racial. Abroquelado detrás de él, cual búnker, desconoce a la sociedad que supuestamente representa. No le queda más que reproducir una tarjeta postal nostálgica, inexistente.

Héctor Schamis es profesor en Georgetown University. Twitter: @hectorschamis