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La Francia tripartita

Sin minimizar la victoria del FN, la principal lección de estas elecciones es la división del electorado entre izquierda, derecha y extrema derecha

La líder del Frente Nacional, Marine Le Pen. Ampliar foto
La líder del Frente Nacional, Marine Le Pen. AFP

Las elecciones europeas han favorecido al Frente Nacional. El partido de la familia Le Pen ha conseguido el apoyo de un francés de cada cuatro. A juzgar por el eco mediático y político nacional, se diría que estamos al día siguiente de unas elecciones presidenciales: la prueba es el tono grandilocuente de Marine Le Pen –"dispuesta a asumir sus responsabilidades"- y sobre todo su demanda de disolución de la Asamblea Nacional, a condición sin embargo de que venga acompañada de la introducción de la proporcionalidad. Resulta difícil, por tanto, abstraerse de la máquina de producir emociones. Eso no impide contemplar las elecciones de otro modo.

Lo que se decidía, recordémoslo, era la composición del Parlamento Europeo. Y, en función de esta, el color político y el programa del futuro presidente de la Comisión Europea. La derecha conserva una mayoría relativa y reivindica, por tanto, la presidencia, pero ha perdido 60 escaños. Globalmente, la izquierda ha progresado. Y los partidos eurófobos, euroescépticos y extremistas no han protagonizado el avance esperado: si se coaligaran, lo que es políticamente imposible (por ejemplo, el UKIP se niega a aliarse con el FN, al que juzga antisemita), totalizarían un poco menos de 150 diputados y no estarían en posición de trastocar el funcionamiento del Parlamento ni de destruir las instituciones europeas desde dentro, según la ambición proclamada por algunos.

De hecho, el avance de estos movimientos es sensible, sobre todo, en Francia, pero también en Austria, Dinamarca y Hungría, países en los que la extrema derecha continúa progresando. También es espectacular en Gran Bretaña, con el triunfo del UKIP. El ejemplo austriaco muestra, además, que la crisis no basta como explicación, pues ese país disfruta de pleno empleo. Los puntos comunes hay que buscarlos en el lado más peligroso, el que ve cómo las tentaciones xenófobas, e incluso racistas y antisemitas, se aproximan al gran movimiento anti-élite que recorre el continente. Cuando estas dos corrientes coinciden, entonces, sí, la democracia está en peligro.

Pero relativizar la emoción no impide calibrar el impacto político de las elecciones. La diferencia de culturas es aquí determinante: en Gran Bretaña, la victoria del UKIP no empuja a nadie a reclamar la dimisión de David Cameron, cuyo partido ha quedado tercero, mientras que sus aliados, los liberales -demócratas, están a punto de desaparecer de los radares. Las europeas son unas elecciones-desahogo. En Francia, por el contrario, la legitimidad del presidente y su Gobierno han sido inmediatamente puestas en entredicho. No obstante, en cada uno de los países en los que se ha producido esa ascensión de los extremos, hay que esperar consecuencias sobre las líneas directivas de las políticas europeas. Aunque está claro que la aceptación por parte de David Cameron de un referéndum a favor o en contra de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea ha legitimado la estrategia del UKIP. Del mismo modo, en Francia, la demanda de Nicolas Sarkozy del fin de los acuerdos de Schengen (para reemplazarlos por Schengen 2) supuso un espaldarazo para el tema central del FN: la inmigración. Pero, probablemente, haya que esperar un endurecimiento de las reivindicaciones de los países afectados con respecto a Bruselas, por mucho que sepamos que este juego es totalmente hipócrita, pues Bruselas nunca decide lo que los Gobiernos han decidido.

Hay que recordar que, en Francia, solo cuatro franceses de cada diez han participado en las elecciones. De modo que, cuando se anuncia que el 30 % de los jóvenes ha votado al FN, se trata del 30 % del 40 %. No es lo mismo. Y, entre todos esos votantes, el 40 % ha declarado haberse decidido por motivos nacionales. Lo cual debería enfriar el entusiasmo de quienes reclaman una crisis política inmediata. Si el electorado del FN cierra filas y permanece movilizado comicio tras comicio, el de los partidos proeuropeos esta vez se ha dispersado en una multitud de listas. La abstención y la dispersión deberían ponderar la lectura de estas elecciones. Y más teniendo en cuenta que las elecciones decisivas en Francia, ya sean locales o nacionales, se basan siempre en un sistema mayoritario a dos vueltas, lo que obliga a renuncias o acercamientos entre ambas vueltas, mientras que en estas se votaba a una sola vuelta y en base a un sistema proporcional integral.

Lo cierto es que la misma interpretación de las elecciones produce a su vez una realidad política. Y esta es la que hay que afrontar.

En el plano nacional, se trata de saber si Francia está o no pasando del bipartidismo (alternancia entre la derecha y la izquierda) al tripartidismo. Con una opinión globalmente repartida en tres tercios: izquierda, derecha y extrema derecha. Esta es, por supuesto, la principal enseñanza de estas elecciones. Pues resulta impactante constatar que hacía meses que las encuestas de opinión habían anunciado este resultado, es decir, la victoria del FN. De modo que si unos se han abstenido y otros han votado resueltamente al FN, ha sido con total conocimiento de causa. Con respecto a los retos del país –saneamiento de las cuentas públicas y reforma estructural para recuperar la competitividad-, esto debería conducir a derecha e izquierda a respetarse más. Sin embargo, tanto una como otra pasan la mayor parte del tiempo, cuando están en la oposición, deslegitimando al adversario. Fue el caso frente a Nicolas Sarkozy. Y lo es todavía más frente a François Hollande. Ahora bien, este juego de la deslegitimación permanente conduce indefectiblemente a legitimar al FN.

La comparación con la situación italiana es cruel para el Gobierno. Efectivamente, en Roma existe un efecto Renzi que ha llevado al fracaso relativo del Movimiento 5 Estrellas y a la victoria neta del partido del primer ministro. Mientras que, en Francia, pese a la popularidad del primer ministro, Manuel Valls, ocho semanas no han bastado para crear un movimiento hacia la confianza, por pequeño que este fuera. Tanto es así que, en efecto, la disolución de la Asamblea Nacional podría estar al final del camino. Y no porque François Hollande vaya a decidir obedecer a Marine Le Pen, sino porque un número suficiente de diputados socialistas, que ya se han manifestado contra Manuel Valls, se encuentran más cerca de la extrema izquierda que de su propio Gobierno y reclaman un cambio de política cuando lo único que puede hacer el Ejecutivo es aguantar. El Gobierno está inmerso en una política de reducción del gasto público que, como es sabido, requiere tiempo para producir resultados. Sin embargo, ante la impaciencia de los electores, cierto número de diputados quiere pasar a una fase redistributiva hoy por hoy imposible. Por lo tanto, es posible que se nieguen a votar por los textos propuestos por Manuel Valls, especialmente los encaminados a la reducción del gasto público, lo que obligaría al presidente de la República, carente de una mayoría parlamentaria, a pronunciar la disolución de la Asamblea.

Finalmente, la desaprobación de la oposición es manifiesta. Aunque no hay que olvidar la lección de las municipales (a saber, que la UMP y sus aliados centristas son la única alternativa de gobierno), la UMP se tambalea. Los efectos de las elecciones han hecho mella en la formación. La presidencia de Jean-François Copé está siendo seriamente cuestionada, especialmente por Alain Juppé y François Fillon, que son además dos posibles candidatos de la UMP a las presidenciales, en lugar de Nicolas Sarkozy. Y, en este frente, la batalla no ha hecho más que empezar.

Traducción: José Luis Sánchez-Silva.