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REPORTAJE

La nueva Ucrania a la conquista de Crimea

En este reportaje, publicado el 21 de agosto de 2005, la corresponsal de EL PAÍS recorre de norte a sur Crimea, un codiciado territorio en el que aún resuenan ecos de Chéjov, los zares y Stalin

Un soldado ucranio en la base de Belbek, en Sebastopol (Crimea).
Un soldado ucranio en la base de Belbek, en Sebastopol (Crimea). EFE

La península de Crimea, con sus paísajes magníficos, sus huellas de antiguas civilizaciones y sus evocaciones históricas y literarias, fue el rincón más sensual del imperio ruso y soviético. En sus costas, frente a las aguas profundas y limpias del mar Negro, los zares construyeron palacios y los dirigentes comunistas, dachas y residencias para los privilegiados del proletariado nacional y extranjero. Tras la desintegración de la URSS en 1991, Ucrania heredó un patrimonio inmobiliario-cultural de lujo, que utiliza con fines representativos y para el descanso de sus líderes políticos. Los servicios de seguridad del Estado protegen mansiones y villas, pabellones de caza, playas recónditas, parques de exótica flora y bosques vírgenes, que están diseminados por la geografía de la península y administrados desde la presidencia en Kiev. En Crimea hay maravillosos palacios abiertos al público, como la residencia de los zares de Livadiya, el lugar favorito de Nicolás II, donde transcurrió la conferencia de Yalta en febrero de 1945, el de Alupka, residencia del conde Mijaíl Vorontsov, el gobernador general del Cáucaso, o el de Alejandro III en Masandra. Sin embargo, los espacios para privilegiados que administra el servicio de intendencia de Víctor Yúshenko, son otra cosa, porque desaparecieron de los mapas en épocas soviética y, hasta hoy, son innacesibles a los simples turistas.

El equipo de Víctor Yúshenko se plantea ahora qué hacer con la herencia dependiente del Estado y no excluye darle una mayor rentabilidad, pero antes quiere desenmarañar las complejas tramas de privatización ilegal, que han imperado hasta ahora. Tras la Revolución Naranja, los nuevos responsables de Ucrania descubrieron que sus antecesores habían vendido atropelladamente parte del legado histórico de Crimea en vísperas del relevo político en el país. ¿A quién pertenece Crimea? Para saberlo la fiscalía ha iniciado decenas de procesos que impugnan las transferencias inmobiliarias del pasado e involucran a altos funcionarios y empresarios, e incluso al Kremlin.

Mi viaje a Crimea comienza, de hecho, en Kiev. Allí, Ígor Tarasiuk, intendente jefe de la presidencia y hombre de confianza de Yúshenko, da permiso a EL PAÍS para visitar el patrimonio estatal de acceso restringido. Su gente nos acompañará al fotógrafo y a mí a algunos “objetos” (como se llaman todavía las dachas, con terminología de servicios de seguridad) de su competencia. La lista incluye dos residencias de Stalin (el palacio del príncipe Felix Yusúpov y una cabaña), otra de Leonid Brézhnev y la dacha número 11, (la “Zariá” de Forós), donde estaba veraneando el presidente de la URSS, Mijaíl Gorbachov, en agosto de 1991, cuando un grupo de altos funcionarios intentó un golpe de Estado, que precipitó el fin de la Unión Soviética. No incluye, me advierte, la dacha donde veranea el presidente Yúshenko y su familia. Tampoco está en manos de la intendencia presidencial facilitarme el acceso al complejo residencial de Glicina, que ocupó Brézhnev. Ígor Bakái, el antecesor en el cargo de Tarasiuk en época de Leonid Kuchma, la vendió a la administración del presidente Vladímir Putin, utilizando como intermediario al Banco de Comercio Exterior de Rusia, que controla el emplazamiento y tiene allí su propio servicio de seguridad. La fiscalía ucraniana busca a Bakái para interrogarle, pero el funcionario ha huido a Rusia.

“Para nosotros sería muy prestigioso que los presidentes de otros países, como Rusia, Polonia o Kazajstán, veranearan en Crimea y tuvieran residencias ahí”, dice Tarasiuk. “Si Putin hubiera querido comprarse una residencia oficial en Crimea podría haberlo hecho directamente y sin intermediarios”, señala el funcionario, que se ha dirigido a su colega ruso, el jefe de la intendencia del Kremlin para aclarar la situación de Glicina.

Población rusa de Crimea se manifiesta en Yevpatoria.
Población rusa de Crimea se manifiesta en Yevpatoria. REUTERS

En espera de que los servicios de seguridad nos abran las puertas de los territorios cerrados a los simples mortales, el fotógrafo, Ruslán, que es oriundo de región occidental ucraniana de Lvov, y yo, nos instalamos en la costa. Yalta es un lugar infinitamente más seductor que la esteparia y calurosa Sinferópol, la capital de Crimea, y desde allí comenzamos a explorar esta región placentera que me recuerda Mallorca, aunque con unos paisajes mucho más escarpados y antes de que el turismo deformara la isla. A la nostalgia mediterránea contribuyen las adelfas, las sabinas, los perfumes de lavanda y romero y también los detalles de una cotidianeidad que ha sobrevivido al veraneo multitudinario. En el hotel, en el centro de Yalta, sirven comida casera y algún que otro borracho casual despierta a los húespedes por la noche con sus gritos. De madrugada, los pescadores echan el cebo en el paseo marítimo, frente a la estatua de Lenin y el letrero del McDonalds, y el mercado campesino ofrece frutas con el sabor particular de los huertos donde se cultivaron.

Estar en Yalta y no acordarse de Antón Chéjov sería imperdonable. Así que salgo al paseo marítimo a identificar el lugar donde Dmitri Gúrov vio por primera vez a Anna Serguéyevna en “La dama del perrito”. Le pido al fotógrafo que evite, a ser posible, el horrible monumento erigido en honor de la pareja protagonista. Ruslán confiesa no haber leído el relato, pero dispara su cámara frente a las franquicias internacionales de ropa y las filiales de los restaurantes de Kiev especializados en patatas y comida mexicana. El resultado son mujeres y perros. El lugar exacto del encuentro, descrito en 1899, me lo clarifica Ala Golovácheva, subdirectora de la casa museo de Chéjov. Fue en un pabellón de madera que ya no existe. En su lugar, en la playa, hay decorados, escenarios de colores chillones con el trono ruso y el águila bicéfala, donde los turistas pueden retratarse con trajes de época. La idea tiene éxito y es de Ígor, un fotógrafo de Kiev, que ha fundado un negocio familiar de temporada. Él y su mujer diseñan el vestuario y buscan telas, encajes y brocados para confeccionarlo. Si uno no quiere disfrazarse de zar o zarina de Rusia, puede también hacerlo como rockero motorizado.

Chéjov se construyó una villa en las afueras de Yalta en 1899 y allí pasó varias temporadas hasta mayo de 1904, poco antes de su muerte. La villa es un museo conocido y popular. Golováchova nos guía por sus salas entre turistas japoneses, turcos y norteamericanos. La afluencia es grande, pero, nos dice, los 25.000 visitantes anuales de ahora no pueden compararse con los 100.000 que llegaban en época soviética. Entonces, las visitas culturales a este lugar eran parte del itinerario de las delegaciones de turistas organizadas por los sindicatos. Entre retratos, libros y cachivaches, e exhiben el abrigo, las camisas y las corbatas del escritor. También hay cuadros de valor, entre ellos seis paisajes del pintor ruso Levitán. “Auténticos”, asegura nuestra guía. “Por eso tenemos vigilantes, que trabajan pese a que llevan varios meses sin cobrar, debido a nuestras dificultades presupuestarias”, dice señalando a un mozo que no nos quita el ojo de encima.

Un jeque árabe nos obliga a retrasar la visita a la dacha de Gorbachov. El jeque y su séquito exclusivamente masculino llegaron la víspera en una lancha. Su presencia había sido anunciada desde Kiev con pocas horas de anticipación. Era un día de fiesta y los responsables del territorio tuvieron que ir a buscar al personal a sus casas, ir a comprar al mercado y enviar al cocinero por delante a Forós para que fuera preparando la cena. Se trataba de alguien muy importante, tal vez un ministro del interior, un ministro de defensa o ambas cosas a la vez. En todo caso, era un “invitado de Yúshenko” y no un cliente , según nos dirá después por teléfono un portavoz de la intendencia presidencial. Ésta tiene residencias y balnearios que se explotan comercialmente, pero eso no se hace extensivo de momento a las residencias oficiales, recalca el portavoz.

Un soldado ucranio en Yevpatoria (Crimea). ampliar foto
Un soldado ucranio en Yevpatoria (Crimea). REUTERS

El jeque y su séquito se instalaron en los aposentos de Raísa y Mijaíl Gorbachov. Estuvieron en la terraza hasta la madrugada y se acabaron el whisky. El resultado es que tardan en despertarse. Mientras esperamos, visitamos el “pequeño pinar” donde están la “cabaña” de Stalin y la “choza” de Brézhnev. Un soldado de uniforme nos abre la valla. El coche recorre cuatro cuatro kilómetros de carretera entre frondosos árboles antes de llegar a la cima de la colina. Cuenta la leyenda que en un descanso de la conferencia de Yalta, Stalin subió a la montaña y se quedó prendado del paisaje, aunque después nunca llegó a utilizar la “cabaña” que fue construida para él y que sirve hasta ahora para reuniones oficiales. Unas ancianas riegan el césped del jardín. Son supervivientes del “noveno departamento” del KGB que ahora complementan su pensión, cuidando estos recintos, casi siempre solitarios. Valentina, de 74 años, comenzó a trabajar aquí para el “noveno departamento” en 1961.

Su trabajo aquí le significan 400 grivna que se agregan a su pensión de 274 (1 euro equivale a 6 grivnias). “Todo está carisimo. Pago más de 100 grivnas de piso y cuando sales al mercado no te queda nada en el monedero. El tocino está a 20 y el azúcar, a 5. ¿Adónde iremos a parar?”, exclama. En mayo, Yúshenko visitó Crimea y sus palacios, pero celebró los primeros cien días de su presidencia en la “choza” de Breznev. Llegó con su esposa y una comitiva que incluía al secretario del Consejo de Seguridad, petro Poroshenko y el alcalde de Yalta en funciones. Comió especialidades tártaras, ante el horror del jefe del servicio de higiene que no pudo controlar la preparación de los alimentos ni el trasiego de cacerolas. La residencia oficial de Yúshenko, que antes había sido ocupada por Leonid Kuchma, está en Mujalatka, en otro paraje de la costa sur. Antes de que el presidente y su familia tomaran posesión de su residencia de vacaciones, un sacerdote la bendijo y ahuyentó los malos espiritus, a petición de los antiguos oficiales del KGB que la custodian. Luego, Yekaterina, la primera dama distribuyó varios iconos por las habitaciones.

El jeque árabe sigue sin hacerse a la mar. Así que vamos al palacio de Yusúpov, donde Stalin y el ministro de Exteriores Viacheslav Mólotov, se alojaron durante la conferencia de Yalta. Stalin durmió en un sofá de cuero y Mólotov descansó en otro de crines de caballo. Al desintegrarse la URSS, el palacio fue transferido a una sociedad que lo comercializó como hotel para ricos caprichosos y amantes de la historia. Después, Leonid Kuchma lo “recuperó” para el Estado. Ahora, la intendencia presidencial lo está restaurando y quiere abrirlo de nuevo al público como hotel de lujo.

Llegamos a la dacha número 11 cuando el último miembro de la comitiva del jeque, sosteniendo en alto un haz de camisas limpias y planchadas, abandona el edificio en dirección al embarcadero. Nuestro acompañante, Stanislav Spateruk, era un oficial del KGB y trabajaba en esta dacha en 1991. El 19 de agosto estaba allí. ¿Estaba prisionero Gorbachov? “Nadie hubiera podido impedir al presidente de la URSS marcharse, si hubiera querido”, contesta.

Pintada ampliar foto
Pintada "Crimea 2014", en un monumento de la era comunista en Sofía (Bulgaria). AP

Antes de alojarse en Forós, los Gorbachov habían veraneado en el palacio de Masandra. Raísa, sin embargo, no quería vivir entre los fantasmas de Brezhev y convenció a su esposo de que debia construir una residencia nueva. Recorrieron en barco la costa sur de Crimea y recalaron en Forós. Así surgió la dacha número 11. Raisa quiso también que el palacio de Masandra dejara de ser un lugar secreto y abriera sus puertas a los turistas.

Las doncellas cambian las mudas de las camas y sacuden las almohadas en los dormitorios que los árabes acaban de dejar. En parte, son las mismas doncellas, que sirvieron a los Gorbachov. Un agente de seguridad nos custodia desde que penetramos en el territorio de más de 20 hectáreas con 1.350 metros de costa reservada en exclusiva. La dacha se edificó en dos años y se acabó en 1988. Tiene algo más de 2000 metros cuadrados repartidos entre tres pisos y un tejado de cuatro vertientes de color rojo, que cubre un patio central y los aposentos circundantes. Aquí está aún el despacho del presidente con manuales de consulta, algunos libros de arte y otros, de politica y sociología. Hay una sala de gimnasia con una bicleta fija, comedores con cristalería de bohemia, un televisor gigantesco, y hasta un cine al aire libre en el jardín que hoy tiene un aspecto algo descuidado. Si se exceptúan los sillones de mimbre de la terraza, el mobiliario es aparatoso y hasta de mal gusto.

Descendemos a la playa en una escalera mecánica de dos tramos que recuerda las del metro, solo que ésta está cubierta con un material transparente y se desliza, como una oruga de plástico y metal, por un paisaje de sauces, pinos y sabinas. Abajo hay una piscina cubierta de 25 metros, una pista de tenis, una cabaña para descansar y desvestirse, una gruta para refrescarse, una terraza, dos playas, y un embarcadero. El día es radiante, el mar un espejo, cantan los grillos y gimen las gaviotas. Sin embargo, algo en el aire resulta agobiante. Creo estar en las ruinas de una civilización desaparecida, en el búnker de alguna guerra lejana, en un templo de dioses olvidados. Es curioso que ninguno de los dirigentes de Ucrania haya querido vivir en este lugar, que parece haberse congelado en el tiempo. Para devolverle la vida, haría falta abrir sus puertas de par en par.

En 1954, Nikita Jruschov subordinó Crimea a Ucrania. Aquella transferencia administrativa, sin valor político, se convirtió, al desmoronarse la Unión Soviética, en una frontera estatal reconocida internacionalmente. Crimea, hoy poblada por algo más de dos millones de personas, en su mayoría rusoparlantes, sigue siendo en gran medida un “cuerpo extraño” en Ucrania. Este territorio de 26.000 kilómetros cuadrados, que tiene rango de “república autónoma” y una constitución propia que le garantiza los derechos como tal, rechazó con contundencia a Yúshenko en las elecciones del pasado diciembre, en las que más del 81% de los votantes (el 88,83% en la ciudad de Sebastopol) apoyaron al candidato prorruso, Víctor Yanukóvich.

La dacha de Gorbachov

El último miembro de la comitiva del jeque árabe, sosteniendo en alto un haz de camisas limpias y planchadas, abandona la “dacha número 11” en dirección al embarcadero, cuando nosotros llegamos. Nuestro acompañante, Stanislav Spateruk, era un oficial del KGB y trabajaba en esta dacha en 1991. El 19 de agosto estaba allí. ¿Estaba prisionero Gorbachov? “ Hubiera podido marcharse si hubiera querido. ¿Quién se lo hubiera podido impedir?”, nos dice.

Las doncellas cambian las mudas de las camas y sacuden las almohadas en los dormitorios que acaban de dejar los árabes. En parte, son las mismas doncellas, que trabajaron para los Gorbachov. Un agente de seguridad nos custodia desde que penetramos en el territorio de más de 40 hectáreas con 1.350 metros de costa reservada. La dacha en dos años. Tiene algo más de 2000 metros cuadrados y un tejado de cuatro vertientes de color rojo, que cubre un patio central y los aposentos circundantes. Aquí está todavía el despacho de Gorbachov, con algunos manuales de referencia, algunos libros de arte y algunas obras de politica y sociología, la sala de gimnasia, con una bicleta fija, los comedores, con cristalería de bohemia, las salas de estar, con un televisor gigantesco, y hasta un cine al aire libre que hoy tiene un aspecto algo abandonado. Si se exceptuan los sillones de mimbre de la terraa, el mobiliario es aparatoso y hasta de mal gusto.

Descendemos a la playa en una escalera mecanica de dos tramos que recuerda las escaleras del metro, solo que ésta está cubierta con un material transparente que deja entrar la luz, y se desliza, como una oruga de plástico y metal, por un paisaje de sauces, pinos y sabinas. Abajo hay una piscina cubierta de 25 metros, una pista de tenis, una cabaña para descansar y desvestirse, una gruta para refrescarse, una terraza, dos playas, y un embarcadero. El dia es radiante, el mar está limpisimo, cantan los grillos y gimen las gaviotas. Sin embargo, algo en el aire resulta agobiante. Tengo la impresión de estar en las ruinas de una civilización esaparecida, en el bunker de alguna guerra lejana, en un templo de dioses olvidados. Es curioso que ninguno de los dirigentes de Ucrania haya querido vivir en este lugar, que parece haberse congelado en el tiempo. Para devolverles la vida, haría falta abrir sus puertas de par en par.

No queriendo dejar a la deriva una región tan díscola como atractiva, los ideólogos de la Revolución Naranja han emprendido la “conquista de Crimea”. La misión de momento es pacífica y consiste en una asimilación progresiva, a ser posible con guante blanco y sin brusquedades. El relevo de poder en Kiev ha ido acompañado de otro en la península. A Sinferópol desde Kiev llegó un nuevo primer ministro, Anatoli Matviyenko, y con él un equipo de funcionarios fieles a Yúshenko, que prefieren hablar en ucraniano y que están convencidos de cumplir una misión de Estado. Matviyenko llegó a ser el máximo responsable de las juventudes comunistas de Ucrania en 1989, pero hoy en Crimea representa un nuevo país y una nueva ideología. A su antecesor, Serguéi Kunitsin, le obligaron a retirarse. Dicen que le pusieron sobre la mesa el dossier de las ilegalidades cometidas durante su gestión, especulaciones inmobiliarias incluidas.

En Crimea, el nuevo equipo no sólo tiene una tarea de Estado, sino también de partido. En marzo habrá elecciones parlamentarias y las fuerzas que apoyaron a Yúshenko y a Timoshenko en el Maidán (la plaza) de Kiev captan adeptos, todavía como fuerzas minoritarias, pero con nuevo aplomo. En la oficina de Nuestra Ucrania de Yalta se respira el clima de la “revolución naranja” y en ese ambiente, la esposa del alcalde en funciones atiende a los ciudadanos. Los emisarios del poder central buscan apoyos locales. De momento no pueden ser muy exigentes y están dispuestos incluso a dar una oportunidad a funcionarios con antecedentes penales o reputación dudosa.

La fiscalía ha iniciado una inspección de las transferencias ilegales de tierra que proliferaron durante años con la complicidad de los ayuntamientos, las autoridades regionales y estatales. A fines de junio, Matviyenko aseguraba que los poderes públicos habían recuperado 800 hectáreas y confiaban en recuperar otra cantidad semejante. Sin embargo, no todos están dispuestos a esperar al fin de las inspecciones para asegurarse una parcela. A los tártaros de Crimea, la minoría que en 1944 fue acusada de colaborar con los alemanes y deportada a Asia Central, le queda poca paciencia. Descendientes de las tribus de la horda de oro establecidas en la península en el siglo XIII, los tártaros fueron rehabilitados en 1967, pero solo pudieron regresar de forma libre y masiva a la península en época de Gorbachov, a fines de los ochenta. Mientras tanto, sus hogares habían sido ocupados por otros ciudadanos. Hoy, los tártaros forman una comunidad de 240.000 personas, que se han asentado donde han podido y que, en parte, llevan más de una década esperando vivienda.

Hace tres años, los tártaros comenzaron a ocupar terrenos y a confrontar a las autoridades con hechos consumados. Sus razones son comprensibles, porque los ayuntamientos que se negaban a escucharles, especulaban mientras tanto con la tierra. Los expertos inmobiliarios calculan que cien metros cuadrados de terreno en el litoral sur de Crimea pueden costar hoy 10.000 dólares y, con los precios en alza, se difuminan las esperanzas de los tártaros de recuperar las viñas de sus antepasados en la costa sur. Ante el temor de que pronto “no quede ni un centímetro cuadrado” sin repartir, el diputado del Parlamento de Ucrania, Refat Chubárov, pide que se reserve un fondo de 700 hectáreas para los repatriados, en tanto se hace el inventario de la tierra ordenado por Yúshenko.

Manifestantes prorrusos en Yevpatoria. ampliar foto
Manifestantes prorrusos en Yevpatoria. REUTERS

Los tártaros insisten en que su comunidad ha sido uno de los apoyos básicos del presidente en Crimea y formulan reivindicaciones incómodas, tales como la creación de un órgano representativo de carácter étnico. La comunidad tártara dispone de una organización representativa propia, el Mejlis, muy bien organizada en la península, pero no reconocida oficialmente.

Los políticos de Kiev, embarcados en la forja del ciudadano ucraniano, se crispan ante la pretensión de los tártaros de ser reconocidos como el “pueblo autóctono” de Crimea. Pero ellos no son los únicos que invocan el factor étnico. También los cosacos lo hacen. “Somos un pueblo y no una organización”, dice en Sinferópol, el atamán (jefe) cosaco, Vladimir Cherkachin, policía retirado y nacido en la provincia rusa de Cheliábinsk, en los urales. Cosacos y tártaros, herederos de conquistadores y conquistados, andan a la greña, se acusan mutuamente de radicalismo y a veces llegan a las manos. En Bashjisarai, sede del palacio de los janes de Crimea, el conflicto es entre el monasterio ortodoxo de la Santa Asunción, sometido a la juridicción de la iglesia ortodoxa rusa, y los vendedores de baratijas en los accesos del templo.

Cerca del sanatorio “Las Vistas de Ucrania” (antes “Las Vistas de Rusia"), viven un centenar de colonos que han comenzado a sustituir sus casas provisionales de madera por otras más permanentes de piedra. La más sólida es la de Ajtim Dermenzhí, un abuelo que en otoño se fue a Kiev a apoyar a Yúshenko. Dermenzhí tiene un anorak reversible naranja y azul, que le permite, según la ocasión, manifestarse a favor de Yúshenko o de Yanukóvich. Construye cuando sus hijos le dan dinero. Su casa natal, dice, está no lejos de aquí y en ella vive un ruso procedente del Altái. En otro asentamiento, en las cercanías de Gurzuf, hay cinco familias, entre ellas la de Ernest Kurtseitov. Ernest se ha colocado como vigilante en la urbanización que se construye con celeridad entre sus casas y el mar. El complejo pertenece a una sociedad anónima.

Tras las siglas de las sociedades anónimas que edifican, administran y venden inmuebles en Crimea se ocultan oligarcas ucranios y rusos, políticos locales y parientes de éstos. Los nuevos dirigentes están deseosos de atraer inversiones internacionales. Para ello, quieren hacer un catastro que pueda considerarse como tal, un reglamento para las inversiones y un programa especial para la costa. Mientras tanto, lo mejor es esperar, según recomienda Andréi Klimenko, periodista especializado en asuntos inmobiliarios y partidario de que la política europea de Yúshenko se plasme en la economía de la península, es decir, de que Yalta oriente sus atractivos hacia los inversores europeos y occidentales y diluya la presencia rusa. Hoy, la mayoría de los turistas son ucranios y ucranias son las matrículas de los coches de lujo aparcados frente al casino del hotel Oreanda de Yalta.

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"¡Stop Maidán! ¡No a la intervención extranjera en Crimea!" dice este cartel en Armyansk (Crimea). Getty

En la ciudad militar de Sebastopol, los nuevos dirigentes le han echado el ojo al litoral controlado por la Flota Rusa del Mar Negro, que, de acuerdo con un tratado de 1997, permanecerá aquí hasta 2017. Pretenden que sin esperar a esas fechas la flota les deje los embarcaderos y muelles que no utiliza para poderlos dedicar a infraestructura turística. Miles de personas están en cola en Sebastopol para recibir una vivienda, entre ellos 4.500 marineros de la Armada ucrania.

En Sebastopol, la más rusa de las ciudades de Crimea, la nueva administración se ha propuesto impartir todo el ciclo de enseñanza en ucraniano, cosa que, según dice el vicealcalde Dmitri Baziv, no ha sido posible hasta ahora. En Sinferopol, el director del diario “Krímskaya Pravda” y miembro de la comunidad rusa, Mijaíl Bájarev, habla de “ucranización salvaje”, pero los conflictos de lenguas y lealtades entre los dos países eslavos vecinos no tienen por qué convertirse en tragedia. Una compañía de teatro de Kiev, en gira estival, ofrece un repertorio en ucranio en el corazón de Sebastopol. Intrigada, asisto a la representación de “El Soldado Schweik”. La sala está llena en un 90% y el público se ríe de las peripecias del soldado checo en el ejército austrohúngaro. “El humor en ucranio a los rusos nos parece doblemente gracioso”, me dice un espectador. Fuera como fuera, lo cierto es que entendían la representación sin esfuerzo.

La metamorfosis cultural, social y política que experimenta Crimea abre horizontes y también los cierra.

Serguéi y Anatoli, oficiales de tres flotas (la soviética, la rusa y la ucraniana) se han adaptado a los nuevos tiempo. Serguéi cambió sus lealtades en 1994. “La patria está donde está el trabajo y, en época soviética, dificilmente hubiera podido soñar con pasarme un año estudiando en Inglaterra”, explica, refiriéndose a una estancia de formación militar en el Reino Unido. Anatoli regresó a Sebastopol desde Kaliningrado hasta 2002 y está en trámites para obtener la ciudadanía ucrania. “Antes era oficial de la marina rusa y transportaba misiles y en el futuro seré un marino mercante ucraniano y transportaré plátanos por el Caribe”, dice.