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Berlusconi pide la revisión del proceso contra él por el ‘caso Mediaset’

El exprimer ministro italiano dice tener unos documentos que prueban su inocencia en el caso de fraude fiscal por el que fue condenado

Silvio Berlusconi está desesperado. Y no, no se trata de otra más de sus teatrales y siempre oportunas –para sus intereses particulares— puestas en escena. Al otrora líder indiscutible del ahora demediado centroderecha italiano se le acaba el tiempo. Salvo un milagro de última hora –nunca descartable tratándose de quien se trata--, el Senado votará el miércoles su expulsión en aplicación de la ley Severino, que prevé la ilegibilidad o, como en este caso, la pérdida del escaño de quienes hayan sido condenados en firme a más de dos años de prisión. Así que Berlusconi, sobre el que desde principios de agosto pesa una condena definitiva de cuatro años por fraude fiscal en el llamado caso Mediaset, se sacó este lunes de la manga la existencia de nuevas pruebas a su favor para intentar reabrir el proceso y, sobre todo, para aplazar su expulsión del Senado. Tan agobiado está el viejo líder que incluso pidió árnica a los senadores del Partido Democrático (PD) y del Movimiento 5 Estrellas (M5S) de Beppe Grillo: “No toméis una decisión [la de su expulsión] sobre la que en el futuro os tengáis que avergonzar delante de vuestros hijos”. 

Tres han sido los golpes que han llevado a Silvio Berlusconi a esta situación desesperada. El primero se lo asestó el primer ministro Enrico Letta el pasado 2 de octubre, cuando –con la inestimable ayuda de Angelino Alfano, todavía entonces delfín oficial de Berlusconi— desafío a Il Cavaliere en el Parlamento y sobrevivió al órdago envenenado que el viejo tahúr había planteado al Gobierno de coalición. El segundo golpe, el más doloroso, se lo asestó el propio Alfano el pasado día 16, cuando anunció que cinco ministros, 30 senadores y 27 diputados dejaban al viejo líder con su recauchutado Forza Italia y fundaban un nuevo partido de centroderecha. Y el tercer mazazo se produjo apenas el domingo, cuando el presidente de la República, Giorgio Napolitano, harto de que Berlusconi denunciase una y otra vez un “golpe de Estado” en su contra y añadiese que merecía el indulto aun sin necesidad de pedirlo, difundió un comunicado en el que no dejaba lugar a dudas: “No se han producido las condiciones para conceder la gracia al exprimer ministro Silvio Berlusconi”.  

Así pues, el amanecer del lunes sorprendió a Il Cavaliere en vela –asegura que no pega ojo desde hace semanas— y con un panorama muy oscuro. A sus 77 años, después de dos décadas manejando a su antojo la política italiana, se había quedado sin capacidad para amenazar al Gobierno y sin fuerzas para aplazar una vez más su expulsión del Senado. ¿Qué hacer? Un último, agónico, a ratos cómico, truco de magia en riguroso directo. Después de un largo proceso y tres condenas consecutivas –primera y segunda instancia y, finalmente, Tribunal Supremo— por fraude fiscal en el caso Mediaset, Silvio Berlusconi convocaba a los medios de comunicación para anunciar que disponía de nuevas y determinantes pruebas a su favor: “Tengo 12 testimonios, de los que siete son completamente nuevos, que prueban mi inocencia y que permitirán presentar una demanda de revisión al tribunal de apelación de Brescia, lo que está garantizado por al Constitución”. El exjefe del Gobierno italiano se refirió también a 15.000 documentos exculpatorios que han llegado o están por llegar desde Hong Kong, Irlanda y Suiza, pero sobre todo a un testimonio –que leyó textualmente— de un antiguo responsable del grupo Agrama que daría fe –a buenas horas, mangas verdes— de que Berlusconi, en vez de un defraudador al fisco, fue una víctima. La condena considera probado que Mediaset –el grupo audiovisual de Berlusconi—aumentó artificialmente los derechos de emisión de películas estadounidenses en Italia para evadir dinero a Hacienda y desviarlo a cuentas en el extranjero. Según el testimonio que dice tener Berluconi, el productor estadounidense de origen egipcio Frank Agrama, considerado socio del exprimer ministro y condenado a tres años de prisión, habría estado pegándosela a Berlusconi: “La Paramount estaba convencida de que Agrama representaba los intereses de Berlusconi, mientras los directivos de Mediaset creían que Agrama representaba a la Paramount. De esta forma, alterando los contratos, Agrama evadió grandes cantidades de dinero sin que Berlusconi se percatase de ello”. 

Según Berlusconi, la existencia de un nuevo testigo tiene que ser suficiente para que se reabra el proceso y, sobre todo, para que el Senado aplace sine díe la votación prevista para el miércoles. En su carta a los senadores del PD y del Movimiento 5 Estrellas, el político y magnate casi suplica: “Pido que aplacéis el voto sobre mi expulsión. Si no, sería una mancha sobre el expediente del Senado, porque antes debe expresarse la justicia en Italia y el Tribunal europeo de Derechos Humanos. En caso contrario, asumiréis una gran responsabilidad: hacer caer a un líder político que ha sido varias veces primer ministro. Os pido que reflexionéis en lo más íntimo de vuestra conciencia, no tanto por mi persona sino por la democracia. No debéis asumir una responsabilidad que pesará por siempre sobre vuestra conciencia y sobre la que en el futuro os tengáis que avergonzar delante de vuestros hijos, de vuestros electores y de los italianos”. 

La respuesta, tanto del PD como del M5S, no se hizo esperar. Basta ya de golpes de efecto y trucos de magia. El miércoles se vota el final de Berlusconi.

La última cena con el amigo Putin

Los buenos amigos siempre están en los momentos difíciles. Y el destino quiso que los tragos más amargos de la vida política de Silvio Berlusconi coincidieran con la visita oficial a Roma de Vladímir Putin. El presidente de Rusia, que no venía desde hace siete años, llegó a media tarde y lo hizo a lo grande: 11 ministros, cinco aviones y 50 coches blindados para desplazarse por Roma. El primer destino de la comitiva fue el Vaticano, a donde Putin llegó con más de media hora de retraso y se reunió con el papa Francisco por espacio de 35 minutos. El presidente ruso se santiguó delante del Papa y besó el cuadro de la virgen de Vladímir que había traído de regalo. A continuación, partió para otro destino menos piadoso. El palacio Grazioli, la casa romana de su afligido amigo Silvio.

Durante la rueda de prensa en la que anunció las presuntas nuevas pruebas de su improbable inocencia, Berlusconi tuvo que aguantar algunas preguntas que, mentando la soga en casa del ahorcado, quisieron saber si tenía previsto poner pies en polvorosa para huir de la justicia. ¿Es verdad que Putin le ha ofrecido un pasaporte diplomático? Con cara de pocos amigos —el chistoso Berlusconi no está ya para muchas bromas— dijo que no: "No me lo ha ofrecido Rusia ni ningún otro país. Tampoco yo lo he buscado. Soy italiano al 100% y no pretendo escapatorias extranjeras".

Pese a la declaración de principios, hace tiempo que el fantasma de Bettino Craxi sobrevuela la cabeza de Berlusconi. El viejo político tiene miedo de que, una vez desposeído de la inmunidad parlamentaria, la justicia se le eche encima. Además de la condena por fraude fiscal, Berlusconi ha sido condenado en primera instancia en el caso Ruby.

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