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La Cámara exige el fin de la reforma sanitaria para extender el presupuesto

La medida aprobada con los votos de la mayoría republicana sitúa a EE UU al borde del cierre de los servicios públicos y la suspensión de pagos

El líder de la mayoría republicana Eric Cantor abandona la Cámara de Representantes.
El líder de la mayoría republicana Eric Cantor abandona la Cámara de Representantes. AP

Estados Unidos se encuentra de nuevo ante el abismo de la paralización de sus servicios públicos y de la suspensión de pagos debido a la decisión del Partido Republicano de condicionar la extensión de los presupuestos a la eliminación de los fondos para financiar la reforma sanitaria de Barack Obama. La medida, considerada como un chantaje inaceptable por la Casa Blanca y criticada por algunos republicanos moderados, confirma el peso insólito de la extrema derecha en el Congreso norteamericano y deja al país en estado de grave incertidumbre política.

La Cámara de Representantes, controlada por la oposición, aprobó este viernes por 230 votos contra 189 una ley que permitiría que el Gobierno siga disponiendo de dinero para pagar a sus empleados a partir del 1 de octubre –cuando termina el actual plazo presupuestario- únicamente a cambio de que se clausure el sistema sanitario nacido de la reforma. Por esta vía tan extravagante, el Partido Republicano pretende acabar con una reforma que fue aprobada en su día por ambas cámaras del Congreso, firmada por el presidente y ratificada por el Tribunal Supremo.

Desde su nacimiento, esa reforma ha sido la mayor obsesión de la derecha norteamericana. Tanto, que la Cámara de Representantes había votado ya 42 veces por su abolición. Pero nunca hasta ahora se había llegado al extremo de amenazar con la completa paralización del país si el Gobierno, como sin duda hará, decide seguir adelante con la reforma.

La Casa Blanca ha advertido que Obama no está dispuesto a volver a negociar la reforma sanitaria, y que vetará la ley aprobada ayer si ésta llega a su despacho. Probablemente, eso no ocurrirá, puesto que se da por descontado que el Senado, donde el Partido Demócrata es mayoritario, se pronunciará en contra. Pero, en todo caso, eso conducirá a EE UU a un punto muerto en el que, a partir del 1 de octubre, tendrá que cerrar sus oficinas públicas y suspender la actividad habitual de los servicios del Estado. El Gobierno necesita estas extensiones periódicas porque al proyecto de presupuestos que Obama envió hace seis meses ni siquiera se le ha permitido cumplir su tramitación en el Congreso.

Como, además, el Partido Republicano ha advertido que hará exactamente lo mismo para la inminente extensión del techo de deuda, es decir que condicionará también esa autorización a la suspensión de la reforma sanitaria, EE UU se vería obligado también a una suspensión de pagos a mediados del mes próximo.

Esta situación ha sido creada, esencialmente, por la incapacidad del presidente de la Cámara de Representantes y máxima autoridad republicana en el Congreso, John Boehner, de poner disciplina en sus filas. Después de varias semanas de tira y afloja, Boehner ha acabado sucumbiendo a la presión del Tea Party y ha aceptado una votación que siembra la anarquía en el Capitolio. El senador republicano John McCain ha calificado el movimiento de sus compañeros de partido de “irracional”, y otros dirigentes centristas han alertado del peligro que representa que los extremistas tomen el mando de la oposición conservadora. Pero, cuando Boehner anunció este viernes el resultado de la votación en la Cámara, se escucharon vítores con una energía desconocida desde hace tiempo.

Ninguna causa como el rechazo a la reforma sanitaria es capaz de unificar tanto a las huestes del Tea Party, que ahora, cuando se aproximan nuevas elecciones legislativas, cobran renovado vigor e importancia para el Partido Republicano. Al mismo tiempo, el año próximo entran en vigor los apartados de la reforma sanitaria que más beneficiarán a los ciudadanos, los que permitirán el seguro prácticamente universal, por lo que esta es la última oportunidad de derribar esa ley antes de que la opinión pública la respalde plenamente.

Desde el punto de vista político, se trata de una apuesta muy arriesgada, ya que refuerza la imagen radical y aventurera que provocó la derrota de los dos últimos candidatos presidenciales republicanos. Pero, a corto plazo, esta crisis contribuye a debilitar la imagen de Obama y hace aún más complicado la gestión de su segundo mandato.

Obama no tiene salida sencilla en la mano. Negociar bajo las condiciones impuestas por la Cámara de Representantes significaría claudicar casi en el único punto de su agenda política en la que ha sido exitoso y firme. Mantenerse en su posición podría causar un grave daño a la economía de EE UU y del resto del mundo.

Si, unos días después de que la Reserva Federal certificara que la recuperación no es aún suficientemente sólida, el país es sometido al cierre de los servicios públicos y a la suspensión de su deuda, el frenazo al crecimiento, y tal vez la recesión, será inevitable. En unas circunstancias internacionales también deficientes, eso podría acarrear problemas añadidos para la economía mundial.

Cabe la esperanza de que, como ha ocurrido otras veces que EE UU ha estado al borde del precipicio, una negociación de última hora impida el descalabro. Pero la diferencia es que, esta vez, el margen para una negociación se ve mucho más estrecho por mediar un asunto de tanto sensibilidad como la reforma sanitaria.