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La ira del Bin Laden birmano

Un monje budista es la figura más visible de un creciente enfrentamiento entre esa comunidad y los musulmanes que amenaza la estabilidad del sudeste asiático

El monje Ashin Wirathu, cuyos comentarios contra los musulmanes han sido muy polémicos, durante una conferencia sobre violencia interreligiosa, en junio Ampliar foto
El monje Ashin Wirathu, cuyos comentarios contra los musulmanes han sido muy polémicos, durante una conferencia sobre violencia interreligiosa, en junio AFP

“Nos violan en cada ciudad, nos atacan en grupo, nos acosan... En cada pueblo hay una mayoría de musulmanes grosera y salvaje”. Así se expresa el monje budista Ashin Wirathu desde su monasterio en la ciudad de Mandalay, al norte de Myanmar, la antigua Birmania, en una entrevista concedida al diario británico The Guardian. Ataviado con una túnica color azafrán, Wirathu no duda en asegurar que el 4% de musulmanes hostiga al 90% de la población birmana. Y con toda la candidez que se le presume, Wirathu tampoco vacila al autoproclamarse el Bin Laden birmano.

“En cada sermón mencionamos historias de chicas que acosan a sus padres después de casarse con musulmanes”, prosigue el monje, líder del grupo budista 969, que debe su nombre a tres principios fundamentales del budismo. Wirathu fue liberado en 2012 tras nueve años en prisión por incitar al odio religioso. Pese a su propaganda islamófoba la violencia azuzada por la mayoría budista ha dejado en los últimos meses centenares de musulmanes muertos y decenas de miles de desplazados.

ENFRENTAMIENTOS ENTRE BUDISTAS Y MUSULMANES ampliar foto
ENFRENTAMIENTOS ENTRE BUDISTAS Y MUSULMANES

La tradicional imagen del budismo como religión pacifista que induce a sus fieles a la meditación y a evitar la violencia choca frontalmente con religiosos nacionalistas como Wirathu, dispuestos a recurrir a las armas “para proteger el pueblo, la cultura y la seguridad nacional” de un Myanmar exclusivamente budista. Sin embargo, el enfrentamiento entre ambas comunidades no se circunscribe a un país. Es un fenómeno que se está expandiendo por todo el sudeste asiático. India, Bangladesh, Sri Lanka, Tailandia e Indonesia han visto como en los últimos meses el odio interreligioso traspasaba también sus fronteras.

La última iniciativa del 969 birmano es una ley que limita los matrimonios interreligiosos. Los extremistas proponen que las mujeres budistas tengan que pedir permiso a funcionarios locales para casarse con un hombre de otra fe. Además, los futuros maridos deberían convertirse al budismo. Bajo el poder de la dictadura militar que gobernó el país entre 1962 y 2012, la rivalidad entre budistas y militares impedía que propuestas de este tipo prosperaran.

La tradicional imagen del budismo como religión pacifista que induce a sus fieles a la meditación y a evitar la violencia choca frontalmente con religiosos nacionalistas como Wirathu, dispuestos a recurrir a las armas

Ha sido paradójicamente la llegada de la democracia la que ha permitido que la discriminación entre en el debate político. Los pequeños partidos temen que la Liga Nacional por la Democracia —la formación de la Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, liberada en 2010 tras casi dos décadas de arresto domiciliario— los haga desaparecer del mapa político en las próximas elecciones. Y por este mero cálculo electoral, se suman a la causa islamófoba de los monjes.

El talibán birmano Wirathu explota los prejuicios hacia el Islam y asegura que los budistas deben defenderse para evitar que los musulmanes tomen el control del país. Desde la época colonial británica en la que los indios musulmanes llegaron a lo que hoy es Myanmar, los budistas asocian el Islam con el control extranjero de las finanzas y el comercio. Este mantra es tan popular que ni siquiera la Nobel Suu Kyi hace una defensa de los musulmanes.

La triste condición de parias de los rohingyas se presenta como el único elemento que frene la escalada islamista en la región

Pero no solo en la antigua Birmania se liga religión con identidad étnica. En Sri Lanka la organización budista radical Bodu Baka Sena (Fuerza Budista) que integra a los cingaleses, la mayoría étnica del país, predica la intolerancia contra la minoría musulmana, un 10% de los 22 millones de habitantes de la isla.

En enero un grupo de monjes irrumpió en una facultad de Derecho. Gritaron, cantaron, golpearon a algunos estudiantes y se enfrentaron con la policía. Todo para denunciar que las notas de los últimos exámenes habían sido manipuladas a favor de los musulmanes. Pocas semanas después, otro grupúsculo atacó un matadero de la capital, Colombo, para protestar porque se estaban sacrificando vacas, un animal protegido por el budismo. Aunque las autoridades desmintieron ambas acusaciones, los monjes difundieron rumores que culpaban a los musulmanes.

El experto Syed Mohamed Ad'ha, de la escuela de estudios internacionales Rajaratan de Singapur, explica que estos enfrentamientos no son nuevos en la región. “Más allá del estereotipo que dice que todas las religiones promueven docilidad sociopolítica a través de una doctrina de paz, las grandes religiones en el sudeste asiático a menudo provocan movimientos civiles a favor o en contra del Estado. El Islam en Malasia e Indonesia; el Budismo en Myanmar, Laos, Camboya y Tailandia; así como el Catolicismo en Filipinas han demostrado su potencial para movilizar a las poblaciones”, señala.

En el propio Myanmar los monjes budistas encabezaron en 2007 la revolución azafrán, contra los desmanes de la dictadura. Esta oposición no ha impedido, sin embargo, que los budistas birmanos segreguen a los rohingyas, los musulmanes de origen bangladeshí que viven en Myanmar. El pasado marzo, 12.000 fueron expulsados de sus casas.

En este contexto la previsible respuesta musulmana no ha tardado en llegar. Este año, indios islámicos han marchado en Bombay en solidaridad con los rohingyas. Y en Indonesia, el país musulmán más poblado, se han extendido las colectas para recaudar fondos. Aunque no todas las reacciones a las agresiones de los budistas han sido pacíficas.

Se cree que grupos musulmanes están detrás de las bombas que el 7 de julio explotaron en uno de los templos más reverenciados por los budistas, el de Bodh Gaya, en el estado de Bihar, al norte de la India. Y a principios de mayo, dos musulmanes fueron acusados de planear un ataque a la embajada de Myanmar en Jakarta, la capital de Indonesia, donde operan varios grupos terroristas islámicos, como Jemaah Islamiyah. Se ha señalado al clérigo extremista Abu Bakar Basyir, que en abril llamó a la yihad contra los budistas de Myanmar, como ideólogo del atentado.

La triste condición de parias de los rohingyas se presenta como el único elemento que frene la escalada islamista en la región. Los yihadistas, adoctrinados en el mundo árabe, no los consideran musulmanes de pura cepa y creen que practican una rama del Islam contaminada. Mientras, la contención de la violencia en el lado budista vendría dada porque los monjes de Tailandia, el otro gran país azafrán, siguieran manteniendo una actitud de respeto hacia los musulmanes dentro de sus fronteras. La principal amenaza para esta convivencia es una insurgencia en el sur musulmán del país, que se ha cobrado 5.000 vidas desde 2004, y ha hecho que el Ejército Tailandés se aproxime más a los budistas.

Esta inusual alianza, cada vez más fuerte, hace que los militares utilicen los templos sagrados de los budistas como bases propias. Además, se sospecha que monjes tailandeses combaten en el ejército contra los musulmanes. Las primeras negociaciones de paz entre el Gobierno y los grupos islámicos de la insurgencia comenzaron a principios de año. La esperanza es que el conflicto tailandés permanezca bajo control y sirva como ejemplo de que un enfrentamiento abierto entre ambas confesiones en la región no es todavía inevitable.