La Cosa Nostra pierde terreno

La nueva generación de sicilianos se atreve a cultivar los cientos de fincas decomisadas a la mafia

Francesco Galante, presidente de Placido Rizzoto, en una de las fincas de San Giusseppe confiscadas a la mafia, en noviembre de 2012.
Francesco Galante, presidente de Placido Rizzoto, en una de las fincas de San Giusseppe confiscadas a la mafia, en noviembre de 2012.Patricia Peiró

Giovanni Brusca, El Matacristianos,no recuerda el nombre de todas las personas que ha asesinado. “Muchas más de 100, pero menos de 200”, se jactó desde la cárcel en 2006. De una de ellas no se olvida: del emblemático juez Giovanni Falcone, el azote de los mafiosos. La sangre que el excapo de la Cosa Nostra, la mafia siciliana, ha hecho derramar solo es comparable con la riqueza que acumuló. Gran parte de ella, en terrenos. Las viñas y los naranjos han vuelto a florecer en sus antiguas tierras gracias a personas como Francesco Galante. El palermitano es el presidente de la Asociación Placido Rizzoto, una de las primeras cooperativas de trabajadores que gestionan una hacienda de un boss encarcelado. Sabe el riesgo que corre. Hoy pasea por los campos expropiados de Brusca en San Giuseppe, al noroeste de Sicilia, enfangados por la lluvia. Arranca un racimo de uvas y las prueba.

La finca de San Giuseppe es una de las 556 propiedades confiscadas a la Mafia por el Estado que se han convertido en centros de trabajo o con uso social, según datos oficiales. Italia posee 12.670 bienes decomisados. Queda un largo camino por recorrer, pero algo ha cambiado en los últimos años: la gente empieza a perder el temor a usar estos lugares. En 2001, una treintena de personas se atrevieron a formar parte del primer proyecto para trabajar en un terreno decomisado. Al último, hace unos meses, se presentaron 300 solicitudes.

“La crisis nos hace cínicos y el trabajo es trabajo, pero no tener miedo es de locos”, explica Umberto di Maggio, de Libera, una asociación que gestionaba tierras expropiadas. Su organización impulsó la iniciativa que reunió un millón de firmas para que los inmuebles decomisados volvieran a la sociedad. Esto sucedió el mismo año en que Brusca entraba en prisión. Era 1996. En 2011, las 10 cooperativas de Libera generaron cinco millones de euros.

El camino no es fácil. La intimidación mafiosa no llega a las personas como antes, pero alcanza los campos. Este verano, como muestra de que la organización criminal aún conserva su poder, los mafiosos incendiaron el naranjal de Libera en Catania, en la parte oriental de la isla. En otras ocasiones han inutilizado los tractores echando azúcar en el depósito de combustible. O asolado los cultivos metiendo un rebaño de vacas para que arrasen las lentejas que apenas empiezan a brotar.

El alto cargo de la Agencia Nacional de Bienes Confiscados, Dario Caputo, admite que cada vez hay menos ataques, pero que aún existen porque la cultura del silencio y del miedo sigue. Es imposible, apunta Caputo, movilizar a toda la policía para vigilar día y noche las propiedades. “Cuando la sociedad entienda que el bien es de todos, esto cambiará”, indica en conversación telefónica.

Galante no se fía de la falsa paz que parece reinar ahora: “Cuando la Mafia está tranquila, cuando su violencia es invisible, es que sus negocios van bien, que siguen fuertes”. Los carabinieri luchan hoy contra las infiltraciones de los familiares de los mafiosos en las cooperativas. La fiscalía de Palermo descubrió en octubre que la hija del capo Bontate gestionaba algunas haciendas de su padre a través de una asociación. Caputo asegura que su agencia vigila la cesión de las propiedades con “mucha cautela”, pero con los 30 empleados asignados al ente público para toda Italia se cuelan casos como este. Ese mismo mes, el Estado disolvió el Ayuntamiento de Reggio Calabria. Los mafiosos controlaban los inmuebles incautados a la ’Ndrangheta, la sanguinaria mafia calabresa.

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Sin embargo, una nueva generación de italianos mira a la organización criminal sin agachar la cabeza. A Galante, de 30 años, sus padres trataron de ocultarle de pequeño la existencia de la Cosa Nostra, que acumula más de 5.000 cadáveres a sus espaldas. La sociedad trata ahora de acabar con ese silencio. Galante participa en una visita escolar a un terreno confiscado al boss Bommarito, en Roccamena, al norte de la isla, que hoy cultivan 20 personas. Los niños no se asustan cuando el alcalde, Salvatore Graffato, les cuenta bajo el cálido sol otoñal que la propiedad que pisan fue de un hombre que “asesinó, robó y disolvió en ácido a niños” de su edad. Mientras el alcalde habla, se acercan unas vacas pastando. Son del hijo del mafioso al que perteneció esta finca, que pidió permiso a la cooperativa para alimentarlas en este terreno.

A las puertas del colegio de Roccamena, un hombre de tez morena trastea en el garaje. Innocenzo Micceli fue uno de los primeros trabajadores de las cooperativas, que se formaron hace 11 años. Cuando volvió de Suiza, labrar campos confiscados le pareció una oportunidad. “Después de los robos y las amenazas, me di cuenta de dónde me había metido”. Micceli llegó a plantearse salir de la cooperativa. “Luego pensé que lo que hacía era honesto y no tenía de qué avergonzarme”. Con su cortesía siciliana, propone ir al bar de la localidad. Mientras toma un vermú, habla sobre el terreno decomisado de Roccamena y el mafioso al que pertenecía. Antes, hablar de la Cosa Nostra en público era impensable.

“Los jóvenes no son unos inconscientes, tienen en cuenta los riesgos, pero no solo lo hacen por ellos, sino por todos", explica Ninno Lannazo, exalcalde de Corleone. La casa de Totò Riina, el último gran padrino, encarcelado desde 1993, situada en el centro del famoso municipio siciliano, se ha convertido en un museo de la lucha antimafia. Aún ahora hay ancianos que no se atreven a entrar en el antiguo hogar del capo que instauró el terror en los años ochenta. Riina asesinó a 40 personas y mandó matar a otras 110. Cuando era niño, cuenta el exalcalde, veía a sus vecinos pidiendo la bendición a Riina para casarse. Los nietos de aquellos siervos de la Mafia fabrican hoy vino con las uvas de los terrenos confiscados a este capo. Actualmente es frecuente encontrarse con familiares de Riina en Corleone. Con todos, menos con su hijo Giuseppe, al que Lannazo declaró persona non grata.

En su lucha antimafia, el juez Falcone también decomisó propiedades a la Cosa Nostra. Una de ellas se extiende por Polizzi Generosa, en el centro de Sicilia. Este terreno ha estado cerrado 25 años. Un vecino de esta localidad, Vincenzo Liarda, solicitó en enero pasado a las autoridades que los trabajadores pudieran cultivar estos campos. La Mafia le envió una carta encabezada con una cruz: “Nos habéis quitado la tierra y nosotros os quitaremos la vida. Esta historia perderá interés y vosotros moriréis, pedazos de mierda”. La amenaza no alteró el proceso. En verano, el Estado cedió el terreno a un consorcio que lo gestionará.

El tiempo en el que la vida estaba en juego solo por abrir la boca llega a su fin, pero falta un trecho para disipar la negra sombra mafiosa. Brusca, El Matacristianos, es el primero que no duda en hablar. Poco después de su detención se convirtió en un pentito,un colaborador de la justicia. En 1993 había ordenado el asesinato del hijo de 12 años de otro delator. En el lugar en el que el pequeño fue disuelto en ácido hay un campo gestionado por una cooperativa.

Sobre la firma

Patricia Peiró

Redactora de la sección de Madrid, con el foco en los sucesos y los tribunales. Colabora en La Ventana de la Cadena Ser en una sección sobre crónica negra. Realizó el podcast ‘Igor el ruso: la huida de un asesino’ con Podium Podcast.

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