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Dos estilos muy distintos de gobernar

La presidenta de Brasil visita a Cristina Fernández en Buenos Aires durante unas jornadas de intercambio empresarial

Dilma Rousseff y Cristina Fernández charlan en Brasilia, en julio de 2011.
Dilma Rousseff y Cristina Fernández charlan en Brasilia, en julio de 2011. EFE

Las presidentas de Brasil y Argentina tienen previsto encontrarse esta semana en Buenos Aires con motivo de la conferencia que celebrará la Unión Industrial Argentina (UIA) el martes y el miércoles. El encuentro ofrece una ocasión idónea para comparar a dos mandatarias que comparten la obsesión por conseguir la “inclusión social” de los más pobres y la aversión hacia las políticas de austeridad que se implantan en el sur de Europa. Pero, al mismo tiempo, poseen un estilo muy distinto de gobernar. Y sobre todo, una forma muy diferente de afrontar la lucha contra la corrupción.

Mientras que Cristina Fernández, de 60 años, apenas desaprovecha una semana para ensalzar los logros del Gobierno de su esposo (2003-2007), Néstor Kirchner, muerto en 2010, Dilma Rousseff, de 65 años, ha conseguido mes a mes, desde enero de 2011, independizarse de la enorme sombra de su padrino político, Lula da Silva. Ahora no solo brilla con luz propia, sino que ha superado al mismísimo Lula en los sondeos que preguntan sobre el candidato ideal para las presidenciales de 2014. Una encuesta publicada el domingo por el Estado de S. Paulo revela que el 26% de los entrevistados la prefiere a ella frente al 19% que opta por su antecesor. Mientras tanto, la popularidad que llevó a Cristina Fernández a ganar las presidenciales de 2011 con 36 puntos de diferencia sobre su inmediato seguidor ha descendido a los niveles más bajos. El revulsivo que vivió el 16 de abril en las encuestas con la nacionalización de YPF ya se ha evaporado. En las últimas tres semanas, Fernández ha sufrido el mayor cacerolazo registrado desde 2003 y la primera huelga general convocada desde entonces.

En cuanto a la corrupción, las diferencias persisten. La lucha de Rouseff contra los negocios turbios en política está siendo excelentemente acogida en las encuestas. El último caso sucedió este fin de semana, cuando la Policía Federal detuvo a seis personas que realizaban informes técnicos a medida para favorecer intereses particulares. Una de las acusadas de corrupción es la jefa de Gabinete de la Presidencia en São Paulo, Rosemary Novoa de Noronha, quien había sido nombrada por Lula. Pero a Rouseff no le tembló el pulso cuando ordenó este fin de semana su destitución. En dos años de Gobierno han dimitido siete ministros asociados con casos de corrupción. Con algunos miembros de su Gabinete, como el exministro de Ciudades, Mario Negromonte, la presidenta se resistió más que con otros y alargó durante meses la presión de los medios y la oposición. Pero al final, Rouseff permitió la dimisión. En Argentina, sin embargo, el vicepresidente del Gobierno, Amado Boudou, procesado por enriquecimiento ilícito y tráfico de influencias, goza de la confianza de Fernández. La presidenta no solo no lo ha destituido, sino que permitió que dimitiera el entonces jefes de los fiscales, Esteban Righi, a quien Boudou acusó, entre otras cuestiones, de pertenecer a un “entramado mafioso dentro de la justicia”. Boudou también consiguió que fueran apartados el juez y el fiscal que investigaban su caso.

Otro de los ejemplos más evidentes sobre las diferencias de estilo se refleja en los medios de comunicación. La oposición denuncia la frecuencia con que Fernández suele emitir mensajes en los que obliga a la sintonización de todas las emisoras de radio y televisión, lo que se conoce en Latinoamérica como “cadena nacional”. En lo que va de año, Fernández suma al menos 15 frente a las siete que contabilizó Rouseff hasta agosto.

El trato que se dispensa desde el Gobierno a los medios más críticos también es muy distinto. Los ataques desde el Gobierno al grupo Clarín son frecuentes desde 2008. Fernández ha prometido que a partir del próximo 7 de diciembre las cosas cambiarán. Esa es la fecha que, según la interpretación que el Gobierno hace de la Ley de Medios, el grupo Clarín tiene de límite para desinvertir en su rama audiovisual. Fernández ha ordenado que si ese día Clarín no ha desinvertido, el Gobierno sacará a concursos algunas de sus licencias televisivas.

Roussef, mientras tanto, aprovechó la celebración en Brasilia el pasado 7 de noviembre de la XV Conferencia Internacional Anticorrupción, a la que asistieron miembros de 160 países, para enarbolar una apasionada defensa de la libertad de prensa. “Incluso cuando puedan existir exageraciones… Y nosotros sabemos que existen en todas las áreas, y existen en esta específica de la información… Es siempre preferible el ruido de la prensa al ruido de tumba de las dictaduras”, señaló.

Todas esas diferencias no impedirán que Rouseff y Fernández continúen alimentando las buenas relaciones que han mantenido hasta ahora.