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LA TRANSICIÓN EGIPCIA

Los Hermanos Musulmanes amenazan con volver a Tahrir si hay fraude electoral

El Constitucional orderna disolver el Parlamento tras la anulación de un tercio de los escaños

El tribunal también sentencia la validez de la candidatura del ex primer ministro de Mubarak

Protestas a las puertas del Tribunal Supremo el jueves. Ver fotogalería
Protestas a las puertas del Tribunal Supremo el jueves. Getty

Tras ciertos titubeos iniciales, los Hermanos Musulmanes han unificado su respuesta a la noticia bomba que impactó en Egipto en forma de sendos veredictos y que el campo revolucionario considera un golpe de Estado blando: Acatan las decisiones judiciales que de facto merman su poder político obtenido en las urnas y refuerzan al Ejército. Pero con una condición. Si pierden las elecciones presidenciales de este fin de semana y estiman que el candidato del Ejército triunfa de forma fraudulenta, amenazan con tomar las calles.

Mientras tanto, los colegios electorales han abierto hoy a las 08.00 hora local (06.00 GMT) para dar comienzo a la segunda vuelta de las históricas elecciones presidenciales. Más de 50 millones de egipcios están convocados a las urnas para elegir al primer presidente en democracia de Egipto, en unos comicios en los que deberán elegir entre el islamista Mohamed Mursi y el general retirado Ahmed Shafiq, último primer ministro de Hosni Mubarak.

Los Hermanos Musulmanes siguen firmes en su posición. “Consideramos que la disolución del Parlamento es una decisión política, no jurídica. Aún así la aceptamos. Pero si hay fraude, saldremos a Tahrir y continuaremos nuestra revolución”, advierte Ahmed Rabia, portavoz de los Hermanos Musulmanes en su elegante sede en el centro de El Cairo.

Tras conocer la noticia el jueves por la tarde –“nos enteramos por la prensa”, reconoce el portavoz- las reacciones exaltadas de algunos miembros de la Hermandad hicieron pensar que podrían incluso retirarse de la carrera presidencial. Tras reunirse, optaron sin embargo por la vía más pragmática. Tratarán por todos los medios de ganar las primeras elecciones presidenciales libres de la historia del país con su candidato, Mohamed Morsi. Si no lo logran y vence Ahmed Shafiq, el que fuera primer ministro del dictador Hosni Mubarak, temen volver a los años de plomo y ser incapaces de revalidar la mayoría parlamentaria que el Tribunal Constitucional acaba de declarar ilegal. Entonces, ya sin nada que perder, tratarán nuevamente de apropiarse del alicaído espíritu revolucionario a golpe de protestas.

“Hasta el más ignorante es capaz de darse cuenta de que todo estaba cocinado de antemano"

Mohamed Ahmed, dueño de un ultramarinos

Explica Rabia, que hacía dos meses que el primer ministro Kamal Ganzuri les había dicho que tenía el papel de la sentencia que declara inválida la constitución del Parlamento dominado por los islamistas. “¿Por qué lo han sacado ahora, a dos días de las elecciones?”, se pregunta de forma retórica el hermano musulmán; uno de los muchos que pasó por la cárcel en tiempos de Mubarak.

En la sede de la Hermandad no paran de hacer cuentas. Calculan que si al cerca del cuarto de votos que obtuvo Morsi en la primera vuelta le suman los del candidato islamista independiente, los de los salafistas y los de Hamdin Shabahi, el nacionalista de izquierdas que quedó en cuarto lugar, podrían hasta derrotar a Shafiq.

No hay sondeos de última hora, pero lo cierto es que en la calle, sobran los que dicen apoyar a Shafiq, un hombre al que consideran competente y que creen que puede traer la estabilidad y el crecimiento económico. La revolución, piensan, puede esperar. Tampoco se llevan las manos a la cabeza porque la justicia haya ordenado la disolución del Parlamento, haya revalidado la candidatura de un miembro del antiguo régimen y se haya emitido un decreto que resucita de facto la ley de emergencia. Creen que está bien que los islamistas no sean dueños y señores del Parlamento, y que si el Ejército tiene ahora potestad para detener a la gente en la calle, pues casi mejor, porque la inseguridad va en aumento y es hora de que alguien tome medidas. Muchos otros egipcios, en un país crecientemente polarizado, sostienen lo contrario. Dicen que no piensan tragarse el sapo de votar a un fulul, un remanente del antiguo régimen y que por eso apoyarán a Morsi.

Poco antes de la una de la tarde, los fieles abandonan en masa la mezquita de Al Azhar, institución de referencia en el islam suní. Muchos llevan barba. Algunos piensan apoyar al candidato de los Hermanos Musulmanes; otros no. Algunos tienen miedo a hablar. Otros opinan, pero no quieren dar su nombre y miran a derecha e izquierda antes de abrir la boca. “Me da miedo que gane Shafiq y venga a por nosotros”, reconoce uno. La policía, vestida de paisano, vigila la escena.

“Los militares han sido los que han organizado las sentencias judiciales”, estima Mohamed Ahmed, dueño de un pequeño ultramarinos pegado a Al Azhar. “Hasta el más ignorante es capaz de darse cuenta de que todo estaba cocinado de antemano”.

Ali Abdul Wahed es estudiante de sharía, la ley islámica, en la Universidad de El Cairo. Se declara salafista y el sábado piensa votar a Morsi. “Votar a Shafiq sería como votar a Mubarak. Los militares se resisten a dejar el poder”, interpreta este joven de 27 años a las puertas de Al Azhar. “Si gana Shafiq”, anuncia, “saldré corriendo a Tahrir”.