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Tribuna:

La generación perdida

¿Son los millones de 'ni-nis' la reserva de carne de cañón de la guerra de los carteles de la droga en México?

El 64,4% de los ejecutados en la guerra entre cárteles de la droga durante 2008 y 2009, fueron personas entre 16 y 35 años de edad, un segmento altamente productivo en la economía. Esto significa aproximadamente poco más de 7.000 mexicanos de los 11.000 caídos en esta guerra civil que, lejos de abatirse, la tendencia de enero pasado sugiere que la estadística irá rompiendo cotidianamente todos los registros. La pregunta que muchos se hacen es en dónde están las reservas de gatilleros de las bandas de criminales y de dónde consiguen a tantos jóvenes tan dispuestos a cambiar sus vidas por dinero, porque parece que nunca tiene fin su reclutamiento.

En busca de respuestas, cada vez más se empieza a apuntar hacia los ni-nis, concepto acuñado por sociólogos españoles para caracterizar a toda una generación entre 18 y 34 años. Los ni-nis son identificados como el grupo social que ni tiene acceso a la educación, ni tiene trabajo. Marginados, viven en la incertidumbre y la apatía. En el caso mexicano, no son necesariamente los más pobres en la escala productiva, sino que el fenómeno atraviesa transversalmente a la sociedad. Por lo mismo, tiene un efecto cancerígeno más demoledor, porque está carcomiendo la columna vertebral del México actual.

¿Son los ni-nis los ejércitos del mal que hacen que la guerra civil que se vive en México luzca interminable? No hay evidencias empíricas, menos aún científicas, de que eso sea así, pero el imaginario colectivo corre libremente ante la realidad objetiva de todos aquellos millones que ni tienen acceso a la educación, ni tampoco empleo. Una investigación realizada en la Universidad Nacional Autónoma de México reveló recientemente que siete millones de personas en edad productiva ni estudian, ni trabajan. La cifra parece sumamente elevada en el comparativo con otras estadísticas, que sin embargo, pese a ser éstas más bajas no dejan de ser altamente alarmantes.

La Secretaría de Educación Pública admite que 7,5 millones de jóvenes están fuera de las universidades, y que 2,4 millones no pudieron ingresar al bachillerato. Sólo en la Universidad Nacional se rechazaron en el último examen de admisión a 100 mil jóvenes, que se quedaron sin ingresar a la máxima casa de estudios mexicana o se enrolaron en universidades privadas con niveles inferiores de educación. En este caso se ubica el 85 por ciento de las instituciones de educación superior, de acuerdo con los indicadores de la Asociación Nacional de Instituciones y Universidades de Educación Superior, que ante la carencia de mayores instituciones de calidad comprobada, han proliferado de una manera asombrosa: 80% de incremento de planteles en los últimos cinco años y 45% de crecimiento en su matrícula.

Pero ni reduciendo los niveles de calidad educativa, y por tanto sus aspiraciones salariales, encuentran plazas en el mercado laboral. Según los datos de la Secretaría de Trabajo al tercer trimestre de 2009, sólo en la población que va de 18 a 24 años, 917.000 de ellos no pudieron encontrar trabajo. Más grave aún es que se calcula que al menos un 20% de quienes tienen niveles universitarios, necesitan de un segundo empleo para completar el ingreso para adquirir satisfactores básicos.

Sin embargo, la pregunta si la depresión los empuja automáticamente a la delincuencia organizada, sigue sin resolverse. La marginación constituye un caldo de cultivo importante para las bandas criminales. Si los jóvenes no tienen educación ni trabajo, si su vida es totalmente incierta, ¿resisten un cañonazo de miles de dólares al mes? Por ejemplo, los lugartenientes en los cárteles de Sinaloa y del Golfo reclutan en zonas proletarias del norte del país a sus sicarios. Quienes no tienen nada en el bolsillo pueden tener, con un simple trabajo de recolectar el dinero de una deuda en un pequeño comercio, 800 dólares al mes. Después de 90 días pueden aspirar a tener un salario fijo de 1.500 dólares. En Ciudad Juárez, donde se dio una matanza de 15 jóvenes por parte de una pandilla también de jóvenes, los cárteles tienen un sistema de seguridad callejero formado por halcones, que son personas apostadas en las esquinas de las calles que están informando de los movimientos de los policías y los militares. No tienen nada más que hacer salvo informar. No llevan armas ni tienen que participar en enfrentamientos. ¿Su salario? Casi 200 dólares al mes.

Priscila Vera, que dirige el Instituto Mexicano de la Juventud, sostiene que llega un punto en la vida de esos jóvenes a quienes "no les importa vivir cinco años más, mientras vivan bien, mientras disfruten la vida". No tienen ningún interés en formar una familia ni en tener un sentido de trascendencia. Para qué. Según el Centro Binacional de Derechos Humanos en Tijuana, la expectativa de vida de un joven que se enrola con los narcotraficantes es de tres años. Lo saben y no les importa. Siguen siendo material indispensable en los ciclos naturales de reclutamiento.

¿Estará en ese segmento de ni-nis el sostenimiento de los sicarios en el país? Aún no hay datos suficientes para probar la hipótesis. Pero circunstancialmente, hay señales ominosas. Entre más aguda es la crisis y menos personas tienen acceso a la educación y a un empleo, la violencia sube de manera galopante. En enero de 2006, hubo 188 ejecutados en el país; en 2009 ya ascendía a 508; en enero de 2010, la cifra alcanzó los 933. ¿De dónde salen tantos jóvenes que se mueren en las calles? Se puede señalar que, probablemente, de la fábrica de delincuentes que está generando un país que no les ofrece, a millones, un mañana.