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Cuadernos de Kabul

A los talibanes no les gusta la música

En la calle llamada Chicken hay una tienda minúscula que vende música y películas pirateadas

Al oído le cuesta a veces acostumbrarse a las músicas extranjeras, que la cultura universal no existe, es la nuestra que se vende en todos los mercados. Cuando el conductor pone en el radiocasete del coche canciones afganas o tayikas, que viene a ser casi lo mismo, uno tiene, aunque sea por un instante, una conexión íntima con los talibán, una corriente de simpatía, un comprender por qué una de sus primeras medidas cuando tomaron el poder en 1996 fue prohibir la música, la buena y la mala, que para el fanatismo no hay notas, sabores ni texturas.

En la calle llamada Chicken, aunque en ella los únicos pollos desnortados visibles son los extranjeros de compras, hay una tienda minúscula a la que se accede por una puerta estrechísima que casi obliga a entrar de lado. Vende cedés y deuvedés de música, series televisivas y películas sin importar si son de Hollywood o Bollywood, o de un estudio de andar por casa. Lo que les une no es la calidad ni la procedencia, sino que son más piratas que el top manta de la Puerta del Sol, Las Ramblas o Sierpes, que un país como Afganistán no hay espacio para florituras ni preocupaciones con el asunto del copyright.

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Mohamed Salim atiende a los clientes que piden el último grito en música nacional, la serie House o filmes adecuados al presente afgano, Alien versus Predator, o sobre el pasado, Alexander, dedicada a Alejandro Magno, el único conquistador extranjero que sometió a las tribus de este complejo y bello país. El precio fue alto: un genocidio y unas tropas hartas de tanto matar. Un diplomático con muchos años de estancia en la zona añade una nota de humor a tanta tragedia: "Alejandro es la prueba de lo difícil que es Afganistán: entró como homosexual y salió casado".

Salim rebusca en sus estantes de novedades y selecciona a Atef Aslam, un cantante que hace furor entre los jóvenes urbanos y que, por el atuendo y el peinado indescriptible, debe estar muy arriba en la lista de los futuros objetivos talibán.

No es bueno decirlo, pero la música más agradable que suena en la tienda es de origen indio. "Los cedés se venden a 40 afganis [casi un dólar] y los deuvedés a 60. Cada día vendo entre 150 y 200 copias. Abro a las ocho de la mañana y cierro a las nueve de la noche. No tengo días libres porque no me puedo permitir el riesgo de que mis clientes se vayan a la competencia". Como la mayoría de los negocios familiares que pueblan Kabul, Salim no cobra dinero. Es la tienda de su hermano, quien a cambio de destajo le garantiza alimentación, cama y el calor del hogar.

Cuando se le pregunta dónde se copian los cedés, mira más allá de Chicken Street, incluso más allá de Afganistán, no por miedo a que sea delito la multiplicación de los panes y los peces, sino por que aquí sólo hay medios para las grandes corrupciones, los robos al por mayor y el tráfico de heroína. "Todos los cedés y deuvedés vienen de India, Malaisia, China y Pakistán", dice. En realidad casi todo viene del vecino Pakistán, desde los tomates que saben a gloria, las pasminas, las bombas y la música robada.

Salim escoge a sus tres favoritos: Sita Qasimi, Mozda y Qhazal. Es el tipo de música que suena en todos restaurantes populares. Los hombres que abarrotan esos lugares en los que no hay sitio para mujeres, excepto para pedir limosna, devoran con la mano la comida, el excelso arroz kabulí, pasas y cordero, con la mirada clavada en los contorneos de las cantantes tayikas o de los coros indios, ombligo al aire.

En esos comedores donde el bullicio es constante, la música que odian los talibanes resulta menos chocante. Los comensales más que saberse las letras, memorizan cada centímetro cuadrado de los cuerpos prohibidos. Hombres que babean; hombres que obligan a sus esposas a esconderse en un burka y no salir de casa sin permiso. Con tanto movimiento de caderas y tanta cara varonil desencajada, no es de extrañar que los talibán arremetieran contra la música, no ya por extranjera o estridente, sino por ser obra del mismo diablo.