CUADERNOS DE KABUL

El privilegio de morir de muerte natural

Segunda serie de los 'Cuadernos' del enviado especial de EL PAÍS en Afganistán.- El miedo a la gripe A se extiende también en Kabul

Kabul ya no teme a los coches bomba ni a los comandos suicidas de los talibán, o quienes sean los que se vuelan por los aires. Tampoco teme a la guerra que lleva 30 años carcomiendo sus vidas. Ni a la pobreza ni al desempleo. Ni a una tradición sofocante que condena a las mujeres y a las niñas en el nombre de un dios que nunca protesta. Este país medievalizado por la ignorancia, las armas y la corrupción se ha visto de repente atrapado en la globalización del miedo, que es una forma excelsa de modernidad. Las calles de Kabul se han poblado de hombres, niños y alguna mujer valiente sin burka protegidos por mascarillas. No es el polvo ni la contaminación, sino por miedo al contagio de la gripe A.

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Debe ser una gran liberación sentirse por unos días parte del mundo libre, de ese que llaman Primero y cuyos habitantes tienen derecho de morirse en la cama de una enfermedad común y no de metralla, bala o injusticia, que lo mismo mata.

Las televisiones emiten consejos cotidianos para evitar el contagio. Desaparecen poco a poco los besos en la mejilla (sólo entre hombres, una prueba de amistad), los saludos con las manos y los abrazos. El Ministerio de Educación anunció ayer la suspensión de las clases en las escuelas de primaria y secundaria y en las universidades durante tres semanas.

Ya no es la insurgencia de los talibán, los aviones extranjeros que bombardean desde demasiado alto como para distinguir los puntos buenos de los malos, ahora el enemigo es la muerte que no se ve y para aquellos que están acostumbrados a mirarla a la cara esta invisibilidad nueva produce terror.

Motivos de pánico hay en un país escaso en medicinas y en educación higiénica y con la red hospitalaria deficiente, derrotada por la guerra eterna. Aquí, una mera complicación es un factor de riesgo, una mortalidad segura.

Nasrin es una mujer llena de fuerza que se ha tomado la alerta muy en serio. Regenta un restaurante en Kabul y para evitar contagios ha comprado una decena de mascarillas y una ristra de botes de gel sanitario. Son para sus empleados, a los que enseña las normas básicas de higiene.

"Se habla mucho de prevenir la gripe A, pero no hay vacunas ni presupuesto para combatirla", dice. "Muchos no se ponen la mascarilla por creen que son caras o porque les queda mal. Ni siquiera los policías que protegen al ministro de Sanidad llevan mascarilla. Irán tomó medidas hace tres meses y nosotros ahora, se ha tenido que morir gente para que este Gobierno reaccionase".

En el restaurante de Nasrin los camareros tocados con su mascarilla ofrecen gel al visitante para que se lave las manos. Al fondo, una pizarra de las antiguas, de las que exigen tiza, sirve para que esta mujer generosa enseñe a sus empleados a leer y a escribir. "El analfabetismo es uno de los problemas más graves, la mayoría de la gente no sabe leer".

Contaban los psicólogos en Sarajevo durante el asedio de los radicales serbios de Radovan Karadzic que cuando mayor es el riesgo ambiental a morir más son las ansias de sobrevivir. En la guerra anidan las esperanzas, los planes; en la paz, llegan las decepciones. Los afganos ni siquiera han tenido la oportunidad de elegir sentimientos. Ni sueños ni pesadillas, que éstas ya vienen servidas.

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