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Reportaje:

La mafia nuclear campa a sus anchas en Georgia

El augue de los separatismos y la porosidad de sus fronteras hacen de esta ex república soviética el territorio ideal para el tráfico de material nuclear procedente de Rusia

A comienzos de enero de 2006, un hombre de nacionalidad rusa con mejillas hundidas y un fino bigote cruzó la frontera de Georgia en coche y, atravesando los macizos montañosos de la región del Cáucaso, alcanzó Tbilisi, la capital de esta ex república soviética. Consigo llevaba dos bolsas de plástico escondidas en una chaqueta de cuero. En su interior guardaba 100 gramos de uranio, el mineral necesario para fabricar una bomba atómica, según han informado las autoridades georgianas y publica hoy The New York Times.

El arrestado, Oleg Khinsagov, confesó que su viaje relámpago tenía como misión cerrar un trato con alguien que le había prometido el pago de un millón de dólares a cambio del peligroso material, que más tarde sería entregado a un “hombre musulmán” de una “organización muy importante”, según el relato que ofreció el detenido a las autoridades de Georgia.

De acuerdo con este individuo, los 100 gramos de uranio eran tan sólo una muestra y, si todo iba sobre ruedas, después de este primer contacto, le vendería el resto de uranio -entre dos y tres kilos- que almacenaba en su apartamento de la localidad rusa de Vladikavkaz, una cantidad suficiente para, en manos expertas, transformarla en el combustible necesario para una pequeña bomba nuclear.

Gracias a la colaboración de espías de Osetia del Sur, una de las regiones georgianas que proclaman su independencia desde hace años, se pudo dar con el comprador de la peligrosa mercancía, que resultó ser un agente georgiano. Tras un juicio declarado secreto, el ladrón fue sentenciado a ocho años y medio de prisión.

Hasta ahora todos los detalles de este episodio se han mantenido en secreto. Pero el análisis a fondo de este suceso, y de otro similar acaecido en 2003, concluye que la inestabilidad de la región y la brutal corrupción que afecta a todos los estamentos políticos en los territorios ex soviéticos son el caldo de cultivo perfecto para el comercio ilegal de material atómico. Además, este último suceso ha puesto en alarma a las autoridades rusas que pensaban que habían logrado controlar, hasta prácticamente extinguirlo, el mercado negro de material nuclear que emergió coincidiendo con el colapso de la Unión Soviética en la última década del siglo XX.

Paraísos de la mafia

Tras varias entrevistas con autoridades georgianas y estadounidenses, junto a un análisis detallado de documentos gubernamentales confidenciales, el diario estadounidense ha logrado poner al descubierto la punta del iceberg de un mundo tomado por el hampa, en el que cientos de delincuentes en busca del mejor postor transitan por las porosas fronteras de las antigüas repúblicas soviéticas cargados con material atómico. Este mercado ilegal ha echado raíces sobre todo en Georgia, compuesta por pequeñas regiones que ambicionan su independencia y que en la práctica se han separado del poder central, convirtiéndose en paraísos para todo tipo de actividades delictivas.

El embajador estadounidense en Georgia, John F. Tefft, ha advertido de que el incremento de este tráfico ilegal evidencia la fragilidad de las fronteras de la república, consecuencia de las tensiones separatistas a las que se ve sometida a diario. Pero el problema, lejos de ser local, afecta de una manera grave a toda la comunidad internacional, embarcada, con mayores o menores reticencias, en la lucha contra el terrorismo liderada por Estados Unidos en respuesta a los brutales atentados del 11-S.

Por otro lado, expertos nucleares han puesto el acento en el peligro que conlleva el auge de este mercado paralelo. El uranio que sale con cuentagotas de territorio ruso podría, si no lo ha hecho ya, terminar en manos de terroristas en zonas calientes del Planeta -desde Oriente Próximo hasta Afganistán- que ya sólo estarían a un paso de elevar su amenaza con la obtención de una bomba nuclear.

El mineral recuperado en estos dos episodios había sido enriquecido hasta lograr el 90% de Uranio 235, de acuerdo con análisis gubernamentales de EE UU y Rusia a los que ha tenido acceso The New York Times. Pese a que las cantidades incautadas no eran como para hacer una bomba, el nivel de pureza sí que era el ideal para lograr esa meta. Y en ambos casos se llegó a la misma conclusion: que el material radiactivo que tiene salida en el mercado negro desde la caída del comunismo es de origen ruso, como prueba el hecho de que los detenidos en las dos ocasiones declararon que habían obtenido el uranio a través de una compleja y enmarañada red de contactos de rusos y de otros países vecinos de la ex superpotencia.

Georgia y Rusia no son amigos

Las autoridades de Georgia, enfrentadas en los últimos meses a las rusas por el control del gas, acusan a Moscú de relajar los controles en sus fronteras y de no hacer nada para aplacar los separatismos. Archil Pavlenishvili, jefe de asuntos nucleares de Georgia, ha lamentado que si bien Rusia sí cooperó con ellos en la investigación del robo de material nuclear en 2003, ahora apenas ha ofrecido ayuda, más allá de tomar una pequeña muestra de uranio para su análisis. También ha dicho que informaron a la Embajada rusa en Tbilisi de la detención de Khinsagov para que sus diplomáticos pudieran interrogarle. Pero los rusos, según este responsable, nunca respondieron.

The New York Times ha intentado sin éxito obtener la versión de los hechos del Ministerio del Interior y de los servicios de inteligencia rusos. Quien sí ha querido hablar ha sido Murat Dzhoyev, ministro de Exteriores de Osetia del Sur, que ha rechazado de plano el contrabando radiactivo en su territorio: "Es gracioso que se diga que material nuclear atraviesa Osetia del Sur; espero que ninguna persona en el mundo con dos dedos de frente se tome estas denuncias en serio".

Mañana está previsto que la Agencia Internacional de la Energía Atómica, dependiente de Naciones Unidas, ofrezca más detalles del robo frustrado de uranio de hace ahora un año.