LA HORA DE LA GUERRA | Irak, en el día del ataque

Una gran bola de fuego y humo

Las sirenas de las alarmas antiaéreas sonaron tímidas esta mañana a las 5.35, hora de Irak (3.35, hora peninsular española). No hacía falta más. Bagdad permanecía en estado de alerta desde la noche anterior. Las primeras explosiones sonaron lejos, a las afueras de la capital. Estaba amaneciendo. Luego entraron en acción las baterías antiaéreas y en cuestión de segundos el cielo se llenó de las estelas dejadas por las balas trazadoras que buscaban alcanzar sus objetivos. Y una gran bola de fuego y humo en el cielo de Bagdad.

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Poco después, otra explosión más fuerte pudo verse en Karg, en la orilla occidental del río Tigris, en dirección sur. Desde numerosos puntos de la ciudad se pudo divisar un gran incendio en la zona donde se había registrado la explosión, en la que está situada una importante refinería. El presidente Sadam Husein prometió poco después en televisión que derrotará a los "malvados enemigos de Irak".

El Gobierno iraquí aseguró que hay un civil muerto y varios heridos y que hoy llevará a los periodistas a los hospitales. Los bombardeos han alcanzado la televisión y la radio iraquíes, edificios de viviendas y barrios de civiles, aseguró un portavoz iraquí.

Supe que había empezado el bombardeo cuando vi llorar a Alí. Afuera habían sonado tímidamente las sirenas de alarma antiaérea y enseguida empezaron a oírse algunas explosiones lejanas. Pero en esta era de efectos especiales y fuegos de artificio, sólo los sentimientos humanos resultan creíbles. Alí no es un niño asustado por el estruendo de los misiles, sino un hombre hecho y derecho al que emociona la posibilidad de que el bombardeo marque el fin de una era de represión y falta de libertades. Ni siquiera escuchó el discurso de Sadam Husein llamando a la resistencia. No le interesaba lo que dijera. Sólo salir de ésta para poder disfrutar de una brizna de libertad.

"No tengo que deciros lo que tenéis que hacer. Os defenderéis, lucharéis y ganaréis", aseguró Sadam a los iraquíes en un mensaje radiotelevisado. Apenas tres horas después de que se iniciara el ataque, el presidente iraquí se dirigía al país con el mismo tono de firmeza y desafío que ha caracterizado todas intervenciones desde que llegara al poder en 1979. Con el uniforme de comandante supremo de las Fuerzas Armadas y unas gruesas gafas, leyó un texto que él mismo había escrito a mano en una libreta de espirales.

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El decorado, una cortina de terciopelo azul y una bandera iraquí, no daba ninguna pista sobre el lugar donde se encontraba, pero su aparición en la pantalla probaba que el primer ataque había fallado el objetivo. Sadam, que envolvió sus palabras con suras del Corán e incluso poemas, envió también un mensaje "a los amigos de Irak y los que están contra la guerra". Bush, les dijo, "no ha respetado vuestros deseos y manifestaciones, pero os prometemos que vamos a ganar".

Eran las cinco y media de la mañana (dos horas menos en la España peninsular) cuando sonaron las primeras sirenas en Bagdad. Empezaba a amanecer. El cielo aún claroscuro de la capital iraquí se iluminó con los destellos de las balas trazadoras. Un gran bola de fuego se apoderó de Bagdad, mientras el ruido de las bombas que caían a lo lejos quedaba apagado por la respuesta de las baterías antiaéreas. Una explosión sonó más fuerte que las demás y una columna de humo se elevó desde el suroeste de la ciudad, más allá de Dora, una zona industrial en el camino de Kerbala y Basora.

Husam jugaba a la guerra en el ordenador cuando oyó la alarma antiaérea. A sus 20 años, este universitario es un apasionado de los videojuegos, en los que se refugia de la vida real. "Papá, papá, ha empezado la guerra", despertó a su padre. Y se fue a dormir, convencido tal vez de que no sería tan apasionante como en la pantalla del ordenador. Pero Ali ya no podía dormir. Éste era el momento que él y muchos otros iraquíes han estado esperando no durante meses, sino durante años. "Que alguien dé un empujón a un sistema del que nosotros no podemos librarnos por nosotros mismos".

A las siete de la mañana, Udai Sadam Husein, el hijo mayor del presidente, instaba a los iraquíes a "luchar contra esos bastardos e hijos de puta". Su comunicado, leído en el canal de televisión de su propiedad, Al Shabab, volvía a utilizar los insultos como desde que EE UU lanzara el ultimátum contra el régimen iraquí vienen haciendo todos sus altos funcionarios a excepción de su líder máximo, que mantuvo un lenguaje contenido. A partir de ese momento, las cadenas de radio y televisión iraquíes (todas bajo control estatal) alternaron la música militar con las canciones patrióticas. Se interrumpió la transmisión por cable que permitía recibir, previo abono, 14 canales árabes.

En la calle, los miembros del Partido Baaz intentaban con su presencia mantener los cimientos. Desplegados desde el día anterior, estos milicianos que recuerdan a los falangistas controlaban cruces, plazas y accesos a edificios oficiales. Con su uniforme verde oliva o vestidos de civil, pero siempre con el Kaláshnikoven la mano, eran casi los únicos viandantes visibles en Bagdad. La población había desertado algunas horas antes y como mucho se aventuraba a las puertas de sus casas. Escuelas, comercios y restaurantes permanecían cerrados.

De nada sirvió que el ministro del Interior hubiera anunciado que el Gobierno no impondrá el toque de queda". El ministro animó a los iraquíes a "seguir con su vida normal y acudir al trabajo para mostrar su oposición al agresor". Algunos, sin embargo, interpretaron una velada advertencia en sus palabras. "Tenemos planes para protegeros", dijo el ministro antes de recomendar que se recurriera a los cuadros del partido ante cualquier problema porque ellos "siempre estarán cerca".

Fueron tres rondas de bombardeos con intervalos de una media hora. Aún no habían dado las ocho de la mañana cuando sonó la señal de que había pasado el peligro. Los periodistas fueron convocados al Centro de Prensa. Tras los momentos iniciales del ataque, cuando oficiales del Baaz prohibieron su salida del hotel, ahora el ministro de Información, Mohamed Said Sahaf, les anunciaba que eran libres. "No es cierto que queramos retenerles en el centro de prensa", declaró, sabedor de los intensos rumores de que el edificio es un objetivo estadounidense. Muchos informadores prefirieron quedarse fuera por si acaso.

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