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LA HORA DE LA GUERRA | Irak, en el día del ataque

Caen las bombas sobre Bagdad

La primera explosión sonó a las cinco y media. Las paredes retemblaron en toda la ciudad

Ni gritos de histeria ni carreras sin sentido. A las 05.35 de esta madrugada hora iraquí sonó la primera bomba. Hacía sólo 95 minutos que se había cumplido el ultimátum de George W. Bush. Comenzó en el barrio de Dora, donde se encuentra la central eléctrica del mismo nombre, la refinería de Doha y una planta potabilizadora. Es como si todo el mundo llevara muchas horas entrenándose para el momento y nadie cometiera un error. Las paredes temblaron pero no se rompieron los cristales. Los gallos llevaban dos horas cantando y siguieron cantando.

Cinco minutos después sonó la alarma antiaérea. Quien contaba con terraza en su edificio subió a ella. Y una vez allí, silencio. La gente, con las manos en los bolsillos se miraba sobre los tejados. A diez segundos de bombardeos y fuego antiaéreo le seguían minutos larguísimos de silencio. Después de cada bomba se alzaba hacia el cielo una columna de humo como un inmenso tumor.

En menos de un cuarto de hora le salieron cinco tumores a la ciudad. La luz eléctrica y el teléfono continuaban funcionando. Abajo, en la calle, los soldados encargados de proteger la embajada rusa permanecían de pie. A la una de la madrugada habían estado gastándose bromas entre ellos. A esa altura de la noche aún se oían risas entre las palmeras. Después, cuando sonó la primera bomba, y más tarde la segunda y enseguida la tercera, ninguna conversación duraba más de tres frases. ¿Qué objetivos habrán sido alcanzados? ¿Habrán muerto civiles?

Escribo esta crónica en la terraza del hotel y siguen cayendo bombas en el lado norte de la ciudad, donde supuestamente se encuentran varias centrales eléctricas. La llama de la chimenea de la refinería de Doha, que ha flameado en la ciudad de día y de noche durante años se ha apagado a las seis y cuarto de la mañana.

A esta hora, todas las mañanas el barrio olía a azahar. Ahora huele a humo. Por las calles se ven grupos de civiles y de soldados, parados, charlando entre ellos, mirando al cielo. Aquí, en la terraza, hay nueve brigadistas de los que llegaron para una semana con pancartas del "No a la guerra" y decidieron quedarse. Alguno toma apuntes en un cuaderno, otro deja sus impresiones en una grabadora. Y de repente, otro estruendo, esta vez más cercano. Se oyen sirenas. Algunos comerciantes contrataron vigilantes privados para proteger sus negocios del saqueo. De momento, no hay. "Pero es porque están ahí abajo los milicianos. En cuanto desaparezcan no sabemos si el barrio será tomado por pandillas", comenta alguien.

Los teléfonos siguen funcionando. El ordenador también. Si de verdad tienen los americanos una bomba capaz de inutilizar los aparatos eléctricos, no la habían empleado de madrugada. A las 08.30, hora iraquí, Sadam apareció en televisión con un discurso desafiante, aunque no estaba claro si se trataba de una grabación preparada mucho antes de la caída de los primeros misiles. Hasta entonces, el presidente iraquí ocupaba las pantallas con imágenes pregrabadas intercaladas con filmaciones de un cantante. En otro llamamiento, Udai, uno de los hijos de Sadam, pidió a los combatientes que "se preparen para el martirio".

A las seis y media amanece en Bagdad. Durante diez minutos que no se oyen explosiones. El fuego ha estado localizado en un flanco muy concreto de la ciudad. Suenan más bombas otra vez en el mismo flanco. La gente continúa en silencio. Ahora ha estallado la bomba más cercana en este barrio donde se alojaban los inspectores de la ONU. Hace daño en los oídos. Ahora se oye un inmenso estallido a cien metros. Se acabó esa especie de calma contenida. La gente se precipita a bajar de la terraza. Sin embargo, sólo queda esperar y mantener la calma. A las ocho vuelven a sonar las alarmas.