Hace medio siglo ya de aquello
Hemos pasado de la revolución a la democracia y a la desafección. EL PAÍS sigue siendo necesario


Esa sesentena larga de trabajadores, la mayoría periodistas, que se reunieron para celebrar el primer medio siglo de EL PAÍS, casi todos jubilados, muchos ya sin pelo o blanco el que les queda, fueron los que iniciaron aquella incierta aventura y los que proporcionaron “alma” al periódico, un alma que tantos han querido seguir. Entonces, la Redacción estaba a la izquierda ideológica de la dirección y de la propiedad. Bastantes de esos redactores no eran demócratas a no ser que al concepto de democracia se le añadiera algún apellido, por ejemplo el de popular (“democracia popular”). Y coqueteaban con el titular de aquel librito de Daniel Cohn-Bendit, uno de los héroes de Mayo del 68, “la revolución y nosotros, que la quisimos tanto”. Luego llovió mucho, cayeron el muro de Berlín y las Torres Gemelas de Nueva York, y casi todos sustituyeron la revolución por otra noción aparentemente más modesta: “La democracia y nosotros, que la quisimos tanto”.
Ha coincidido la celebración de esa efeméride con el declive de la democracia en todo el mundo. Un informe recién aparecido, Horizontes. Retos y preocupaciones que impulsarán la agenda pública en España, de la consultora H/Advisors, elaborado por 40dB, hace una radiografía muy inquietante de nuestro país, en sí mismo y en relación con los demás: el 65% de su población afirma que la democracia no le representa. No se trata solo de rechazo a actores concretos, sino de algo más profundo: una crisis de vínculo con los mecanismos de representación. La desafección es mayor entre quienes tienen dificultades para llegar a fin de mes (y entre los votantes de derechas). Esta percepción se refuerza en la comparación internacional: según un estudio de Pew Research Center, España se sitúa en primera posición, entre los 24 países analizados, en la percepción de que los representantes políticos no tienen en cuenta a la gente común (85%); asimismo, ocupa la segunda posición en la idea de que ningún partido representa a los ciudadanos (60%), solo por detrás de Argentina (62%). Este doble dato apuntala un diagnóstico claro: una fuerte desconexión entre ciudadanía y representantes, acompañada de una débil identificación con la oferta política existente. Es una crisis social persistente que ni las dificultades del bipartidismo ni la irrupción de nuevos partidos han logrado resolver, y cuya principal consecuencia es una creciente desafección democrática.
Todo ello hace que los ciudadanos se metan dentro de sí mismos y que recelen de los demás, como si alguien hubiera gritado: “¡Sálvese quien pueda!”. O como chilló la pasada semana la joven que estaba en la tribuna en el pleno del Congreso sobre la prórroga del decreto sobre los alquileres de la vivienda: “¡Haced algo ya, coño!”.
Dos tendencias más del informe citado: una, los jóvenes opinan que prosperar depende más de las rentas y del esfuerzo que del trabajo, y que cada vez es más difícil ser de clase media; y dos, que a pesar del crecimiento y de la mejora del empleo, ciertos ambos, predomina la tesis de que España ha empeorado, que es un país más inseguro, menos próspero y más desigual que hace una década.
Poco a poco ha regresado, como hace un siglo, la dialéctica entre democracia y economía, entre democracia y mercado. Para que las cosas funcionen, ya lo sabemos, ambos términos deben mantenerse en cierto equilibrio. Y, sin embargo, hay una descompensación notable. La democracia avanza a sorbos (o retrocede) y pierde su calidad y participación pública, mientras el capitalismo es el único sistema realmente existente y va acompañado de ausencia de frenos, abusos, escándalos y complicidades. Un cuerpo deforme que tiene su brazo derecho, el económico, mucho más vigoroso que el izquierdo, el político.
Belén Barreiro, responsable de 40dB, concluye con un mensaje un tanto nihilista, pero sustentado en los datos que se proporcionan: “Sin control sobre el entorno, sin control sobre la propia vida y sin un horizonte compartido, los ciudadanos quedan liberados a su suerte, cada individuo reducido a su propio destino”.
EL PAÍS sigue siendo imprescindible.


























































