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PUNTO DE OBSERVACIÓN
Columna

El PSOE se equivoca al normalizar el escenario PP-Vox

A Sánchez le interesa la polarización, pero los socialistas deberían haber aprovechado las elecciones autonómicas para recuperar el debate sobre los acuerdos con otros partidos

Nicolás Aznárez

Las elecciones generales, se celebren cuando se celebren, tienen y han tenido dos estrategias fundamentales en lo que a los dos partidos mayoritarios se refiere. Por parte del PSOE, la estrategia principal ha sido la polarización que incluía la alternativa yo o el partido de extrema derecha Vox, con la esperanza de que su electorado se movilizara y le permitiera volver a obtener una mayoría parlamentaria inestable pero suficiente. En el caso del Partido Popular, la estrategia consistía en una polarización basada en crear un estado de opinión en el que el PSOE se presenta como un partido traidor. Se supone que esa definición provocaría cambios notables en un plazo breve en la izquierda en su conjunto.

El PSOE debería haber dejado abierta mucho antes la posibilidad de llegar a acuerdos en las elecciones autonómicas (como Extremadura, Castilla y León y Aragón) con los populares o por lo menos que fuera posible una normalización de los acuerdos del PSOE con otras fuerzas políticas de derechas, incluyendo los nacionalismos.

Los socialistas podrían haber intentado la revitalización de la socialdemocracia antes de aceptar un cierre total de esa posibilidad. No es comprensible que el PSOE se negara a ello tan rápido y aceptara la normalización de lo que no debió normalizarse. Así ha ocurrido en otros países europeos en los que el debate fue mucho más profundo e interesante.

No se llegó a plantear siquiera que aceptar esa normalización suponía asumir también un rápido destrozo de los usos democráticos que iba a traer aparejada la normalización de acuerdos del PP con la extrema derecha.

Aceptar los cambios políticos a base de influir en los estados de opinión de manera que la izquierda socialista fuera presentada como inútil y traidora ha sido un cambio político peligroso.

El PSOE ha sido siempre un partido muy pendiente de su liderazgo y da la impresión de que Sánchez no ha dejado de pensar que puede volver a formar un Gobierno, dirigido por él mismo, convencido de que Trump puede tener un tropiezo en las elecciones de medio mandato.

En España la única posibilidad de cambio dentro del PP era el candidato popular andaluz, Juanma Moreno Bonilla. Pero en Andalucía existía un problema añadido, la candidatura de María Jesús Montero, también responsable de la financiación autonómica y atrapada en la permanente discusión en torno a las finanzas de Cataluña y de Andalucía. En Andalucía existe, además, un problema de igualdad acentuado por la provocación continua de personajes como Vito Quiles.

Algunos piensan que el PP pagará el coste de unirse a Vox precisamente en comunidades como Andalucía, donde se había logrado un cierto modelo más relacionado con la crispación que con la polarización. Apostar por la polarización implica mezclar la política con la claridad moral. A Sánchez, en principio, todo lo que sea polarización le interesa más que la crispación. Ha dejado que eso sucediera, es decir, que los temas fundamentales del debate fueran polarizadores, congelando los debates políticos importantes.

El PP creía poder controlar la situación cuando llegasen las elecciones generales porque lucha por conseguir el sorpasso, convencido de que su electorado regresará a él si la contraoferta es una estrategia inmoral de los socialistas. Pero esa utilización de la polarización basada en la fractura del electorado se ha demostrado absurda y aleja la posibilidad de que Sánchez pueda repetir la mayoría con la que ha gobernado. Ha apostado por una polarización donde lo más importante es el clima de opinión y ha abandonado la vía, mucho más segura, de debatir en el Parlamento conservando una cierta centralidad.

El PP puede pagar el coste de aceptar que Vox plantee temas como la violencia de género desde un punto de vista irónico. Algo similar puede ocurrir con las cuestiones de política climática o de inmigración. Y es un escándalo que los populares acepten que se condene a pena de muerte a los palestinos acusados de terrorismo mientras se bloquea la condena de los propios atentados judíos. Situaciones como esta beneficiarán al PSOE, pero esa contradicción en cosas tan sencillas hace que al Partido Popular le cueste desembarcar en el Congreso.

Los socialistas, por su parte, iniciaron la legislatura defendiendo el imperio de la ley, pero luego recurrieron sistemáticamente al decreto ley como forma de gobierno.

Es difícil que el PSOE pueda volver a ilusionar porque gobernar con una izquierda que consideras lejana exigiría grandes cambios en muy poco tiempo, algo que no parece al alcance de su mano. El debate ha quedado fuera del Congreso. Tampoco los partidos nacionalistas han querido devolverlo a la sede parlamentaria.

Los socialistas deberían haber aprovechado las elecciones autonómicas para recuperar el debate en foros como Extremadura y Aragón. Al permitir que el PP marque un único escenario, con Vox, ha normalizado una situación que nunca debió ser normalizada.

El presidente Pedro Sánchez no es un suicida y tiene, además, la vista puesta en lo que pueda pasar con Trump a mediados de su mandato. De momento, la convocatoria en Barcelona de una reunión con líderes mundiales de la izquierda puede ayudarle a contrarrestar esa sensación de que se ha abandonado la voluntad de que haya un auténtico debate político.

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