Cómo actuar ante la ola antifeminista
La internacional del odio contra las mujeres necesita de una respuesta. ¿Cuáles son las ideas más eficaces? Este es uno de los debates que recorre el feminismo. Diez pensadoras nos ayudan a iluminar el camino

Visualicemos una cómoda llena de cajones. Muchos están desordenados, descuidados; algunos guardan suciedad, otros, asuntos oscuros, incluso perversos. La vida es un poco como esa cómoda. Y ningún otro movimiento ha abierto tantos de estos cajones como el feminismo. “Es la gran revolución del siglo XXI”, resume la periodista Luciana Peker, que huyó de Argentina y del libertarismo de Milei y vive hoy en España.
Las personas que han salido elegidas en Ideas como las pensadoras contemporáneas más influyentes en igualdad han reflexionado sobre una amplia variedad de temas y han abierto debates profundos. En muchos países, como España, el feminismo se ha dividido entre quienes cuentan con las mujeres trans y no binarias y las que quieren seguir siendo el frente que defiende a las mujeres biológicas. Pero su gran problema hoy trasciende al de su división interna: son los ataques que le llegan de todos los frentes impulsados por el totalitarismo. Esta reacción es la norma desde que el movimiento empezó a andar, pero una de las primeras mujeres que ya en 1991 avisó de la reacción antifeminista, la estadounidense Susan Faludi, dice que el actual es “un ataque sin precedentes”.
Mientras la web radicaliza la misoginia, el feminismo pierde empuje entre los jóvenes varones españoles de entre 15 y 29 años. Hoy, un 38,4% de ellos se declaran partidarios de la igualdad, frente al 49,9% de 2021 (Fad Juventud, 2025). Y, mientras, la estrategia ultra continúa instrumentalizando el feminismo para promover políticas xenófobas, como señaló la socióloga italiana Sara R. Farris. “Es lo que hace Vox cuando apunta a las mujeres por llevar el niqab o el burka, en lugar de hacerlo contra quienes las obligan a llevarlo”, dice Máriam Martínez-Bascuñán.
En un escenario de regresión indiscutible, hemos preguntado a una decena de feministas sobre cuáles consideran que son ahora los asuntos que urge abordar.
¿Cómo debe responder el movimiento al antifeminismo?
Hace cerca de dos años, Judith Butler, la figura del pensamiento que lidera la lista de Ideas, publicaba ¿Quién teme al género? (Paidós, 2024). La intelectual señalaba, antes del segundo mandato de Trump, la caza de brujas que continúa en EE UU con la defensa del papel tradicional de la mujer y el acoso al movimiento feminista, caricaturizándolo en su defensa de las personas trans. La arqueóloga española Almudena Hernando, autora de Mujeres, hombres, poder: subjetividades en conflicto (2015, Traficantes de Sueños), señala que lo que es destacable esta vez es el desprecio hacia las mujeres. “No solo eso”, dice por teléfono. “Se alimenta de las tareas que ellas hacen, pero sin reconocerlas”. Para ella hemos empezado una nueva etapa histórica. Y lo hacemos con un grave problema estructural: las redes sociales han sustituido a las humanas. “Urge reactivarlas”.
Luciana Peker, autora de Odiocracia. Al fondo a la derecha (2026, Libros del K.O.), habla de un “turboneoliberalismo feudal y misógino” que está sustituyendo al sistema en el que se asentó el mundo después del horror del Holocausto. Ella también aboga por volver a la unión en persona. Ante esta internacional del odio, indica, “los feminismos populares del sur global ofrecen reparación, ayudan a imaginar un mundo que no sea un charco de violencia, sino un lugar de encuentro”. La filósofa argentina Tamara Tenenbaum, autora de Un millón de cuartos propios (Paidós, 2025), aporta que las mujeres tenemos que seguir incluyendo a nuevas personas en la conversación: hombres, personas machistas… “Será angustiante y desafiante, pero hay que seguir proponiendo ideas donde no somos bienvenidas”.
¿Y cómo debe hablar el feminismo? ¿En qué tono? Para Alicia Puleo, ecofeminista y catedrática de Filosofía Moral, lo adecuado sería encontrar una forma de hacerlo que no aumente más la crispación. “Conceptualizar, pasar de la anécdota a la categoría, es politizar. Y tenemos que conceptualizar con calma, como señaló Celia Amorós [elegida aquí séptima feminista más influyente]”. Sin embargo, como subraya Judit Carrera, directora del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, no debemos olvidar que la voz pública global sigue en manos de los hombres “en todos los ámbitos”, dice al teléfono. Por tanto, aunque sin crispar, las mujeres deben alzar su voz.
Susan Faludi tenía 32 años cuando indicó en Backlash. La guerra no declarada contra la mujer moderna (reeditado en 2025 por Península) la reacción tras las frágiles conquistas por la igualdad en los años setenta. Hoy, considera que el feminismo debe dejar de lado los debates teóricos sobre género e identidad, y centrarse en los derechos de las mujeres, que están siendo borrados, explica por correo electrónico. La galardonada con el Premio Pulitzer anima a una movilización en torno a los derechos reproductivos, la discriminación sexual y la violencia sexual, áreas altamente erosionadas. Es imperativo que las organizaciones se centren en objetivos específicos, ya sea abordar la pobreza de las mujeres o salvaguardar el acceso al aborto, afirma. “No nos distraigamos por el afán de ser “buena chica” y serlo todo para todos”. Señala acciones concretas que considera urge extender: la campaña estadounidense que promulga leyes escudo, como las que permiten a los médicos proporcionar píldoras abortivas en Estados donde su práctica está prohibida; o la unión de las trabajadoras para solicitar derechos, como lograron las empleadas domésticas con bajos ingresos. Faludi manifiesta admiración por la “marea verde” latinoamericana de 2018. Dice que es un ejemplo de movilización pragmática y local en torno a la equidad sanitaria y económica para lograr avances concretos. Su resumen es que se debe volver a los fundamentos, elaborar estrategias prácticas y organizarse desde la base para recuperar derechos.
¿Se puede frenar la violencia machista?
La violencia física y sexual contra las mujeres es el sonido de fondo de nuestra cotidianidad. En lo que va de 2026, en España ya han sido asesinadas 10 mujeres, un niño de 10 años y una niña de 12, por violencia machista y vicaria. Seis niñas menores de 13 son agredidas sexualmente cada día; se cometen, contra mujeres de cualquier edad, 14 violaciones cada 24 horas, según datos del Ministerio del Interior de 2025. Los chicos de entre 14 y 17 años cometen una de cada 10 agresiones con penetración. Muchas pensadoras han intentado ahondar en esta terrible herida colectiva, que es global y que no cesa.

En 2013, la antropóloga argentina Rita Segato —elegida aquí como la quinta pensadora más influyente— se acercó a un lugar emblemático del sufrimiento de las mujeres: Ciudad Juárez (México), donde el lema “cuerpo de mujer: peligro de muerte” se vuelve real. Durante la elaboración de La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez (2014) y La guerra contra las mujeres (2016), a Segato le quedaron claras varias cosas: el terror constante que vivió estando en aquel lugar, la censura que sufrió (mientras concedía una entrevista hubo una caída de señal de televisión que afectó a toda la ciudad) y la sensación de que todo sucedía en una maquinaria rodeada de silencio y perfectamente engrasada de tortura, violación, a veces “tumultuosa”, y asesinato de mujeres. Segato alcanzó una conclusión: “La violación no es un acto sexual, es un acto de poder, de dominación, es un acto político”.
Ahora vayamos a 2024. Una mujer francesa de 72 años, Gisèle Pelicot, da entonces sentido al concepto acuñado por Segato. Pelicot fue violada durante 10 años por al menos 51 hombres mientras yacía sedada en sesiones dirigidas por su marido, que se sirvió de internet para organizarlas. Esta mujer hace algo revolucionario. Se sitúa ante el tribunal y le dice que rechaza el anonimato que ofrece la ley a las víctimas como ella. “La vergüenza tiene que cambiar de bando”.
Manon Garcia, filósofa francesa y autora de No nacemos sumisas, devenimos (Siglo XXI, 2021), asiste al juicio. Quiere sumergirse en un caso que considera paradigmático. Se percata de la relación que existe entre los violadores, como de amigotes, escribe en Vivir con los hombres (Akal, 2025). El caso, dice, es la punta de lanza de una pregunta “acuciante y terrible: ¿se puede vivir con los hombres?”. Al inicio del libro recoge una frase de Marguerite Duras: “Hay que amar mucho a los hombres. Amarlos mucho por amarlos. Sin esto, no es posible, no podemos aguantarlos”. Pero, al acabar el juicio, esboza otra conclusión: “Empiezo a pensar que lo necesario sería que ellos quisieran un poco a las mujeres. Solo un poco. Que nos quieran para que podamos seguir queriéndolos”.
Garcia cree que, para cambiar la mirada que cosifica a las mujeres, hay que enseñar a los niños sobre autonomía corporal y consentimiento. Debemos “erotizar la igualdad en lugar de la dominación”, señala por correo electrónico. “Podemos pensar con alegría en el placer y en el deseo y darnos cuenta de cuán sexy y placentero es consentir”. Para lograr este cambio de percepción hace falta un esfuerzo público generalizado y decidido en educación sexual y en relaciones. Laura Bates, activista británica especializada en sexismo, víctima ella misma de constantes amenazas y de deepfakes sexuales por su activismo, ha dicho infinidad de veces que hay una urgencia de educación sexual de calidad, debidamente financiada y capacitada desde la escuela primaria. Si tenemos presente que en 2020 Save the Children concluía que en España más de la mitad de los menores solo habían recibido entre una y cuatro horas de formación, tenemos la medida de la magnitud y la emergencia en esta esfera.
¿Debe el feminismo acoger a todos los movimientos contra la desigualdad?
Hoy otro debate se abre paso en el feminismo español. Una parte de las voces llegadas desde Latinoamérica reclaman dos cosas. Por un lado, piden que el movimiento se abra a las personas de otras latitudes, a las personas racializadas, a las mujeres de clases bajas y, en general, a todas las personas marcadas por varias intersecciones. Fue en 1989 cuando la abogada estadounidense y negra Kimberlé Crenshaw señaló que existen desigualdades múltiples que crean desigualdades concretas y que todos estamos cruzados por muchas de estas desigualdades. Una mujer negra sufre discriminación por ser mujer y también por ser racializada. Sin embargo, la idea no ha permeado el feminismo en casi ningún lugar, sostienen.

Por otro lado, le piden algo nuevo al movimiento, algo que supondría una revolución: que, además de acoger a las personas no binarias, sea impulso para el resto de las desigualdades. Que defienda también a los inmigrantes sin papeles, a los activistas climáticos o a los movimientos pacifistas. “El feminismo es la raíz de muchos otros movimientos”, afirma Luciana Peker. Desde el estallido en Argentina de #NiUnaMenos, en 2015, y luego, en 2018, La Marea Verde por el aborto legal, el feminismo es un movimiento que “impulsa”. No es solo una lucha por la propia agenda, afirma, sino que hace despertar y andar a otros movimientos sociales. “Es un movimiento que genera olas, que cree en un mundo mejor. Es algo más ambicioso que la agenda de las mujeres. Es un movimiento social interseccional que contempla todas las desigualdades”.
Sin embargo, en España, Europa y también en Latinoamérica sigue preponderando el feminismo hegemónico —la corriente centrada en las experiencias de mujeres blancas, occidentales, profesionales y urbanas—, afirma la activista antirracista chilena Paula Cáceres. Se necesita más feminismo con perspectiva decolonial, dice. “Es lo que marca la diferencia”. “Al feminismo le falta hacer una reflexión, incorporar los feminismos raciales e indígenas. Las feministas racializadas tenemos que estar en la pelea. En España nos hacen ciertas concesiones, pero solo para que dejemos de dar lata”, añade. Una feminista que se ha visto toda su vida como un sujeto oprimido tiene que abrirse a verse como un sujeto opresor, señala Cáceres. Es algo que tenemos que hacer: abrirnos a entender los privilegios que todos tenemos. “Yo, ellos, todos. Y tú también”.
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