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ENSAYOS DE PERSUASIÓN
Columna

El mundo después de la democracia

A partir de 2007 y en especial desde la pandemia, los gobiernos de la mayoría se han convertido en máquinas de malestar

Un trabajador quitando nieve frente a una de las sedes de la cumbre del mar del Norte, el pasado 26 de enero en Hamburgo. GREGOR FISCHER ( AFP / GETTY IMAGES )

Demos un paso más. Desde la Gran Recesión, la pandemia y su mayor consecuencia pública, el confinamiento, el mundo no ha parado de dar marchas atrás en el mejor sistema político inventado: la democracia. Menos países aparecen en la lista de los institutos especializados como democracias plenas, y más como democracias defectuosas, o directamente como autoritarios. Vivimos momentos posdemocráticos. Después de décadas de dominio de las democracias liberales, éstas van perdiendo influencia en las mentes de los ciudadanos.

Las amenazas principales no proceden, como en otras ocasiones, del exterior, de los regímenes chinos y ruso, sino de los políticos occidentales que opinan que “la época liberal ha llegado a su fin”. El peligro mayor llega del interior de esas democracias en las que las críticas al sistema expresan sus dudas sobre los fundamentos más elementales; lo responsabilizan de aumentar las desigualdades hasta límites que hacen imposible la convivencia. Abundan los analistas que hablan de “posdemocracia” o del mundo después de la democracia. Ahora toca decidir si la salida al tiempo democrático, si esta nueva época todavía sin nombre, se resuelve desde la derecha más extrema como parece en esta coyuntura, o desde la izquierda como se daba a entender hace una década, cuando la indignación no había mutado todavía en decepción.

Un ejemplo de estos analistas es el británico John Gray, que en su artículo en estas mismas páginas la pasada semana (La desintegración de un mundo que no volverá) profundizaba en sus reflexiones para después del liberalismo: el liberalismo y el socialismo se formularon en una época de supremacía occidental, un accidente histórico que está terminando. El orden presidido por EE UU ha sido una construcción neoliberal; se creyó inmortal dentro del Consenso de Washington. A su vez, el colapso de la URSS dio paso a la ideología de que a la humanidad ya solo le aguardaba un futuro racional, democrático y bien administrado, y que las tiranías y la sinrazón formaban parte del pasado. Sin embargo, desde entonces no han dejado de florecer las ideas más perniciosas y de sucederse los acontecimientos más terribles, los cuales hemos considerado meras aberraciones que acabarían por disolverse. No ha sido así.

En su reciente premio Paidós (Contra el descontento), la socióloga Cristina Monge se pregunta en qué momento las democracias, antaño máquinas de bienestar, se convirtieron en máquinas de malestar. La rabia ha cambiado de bando y la decepción erosiona la idea de representación, de adhesión a los valores democráticos y finalmente de convivencia. Los malestares han cristalizado a partir del año 2007, cuando arranca esa Gran Recesión que, en realidad, fue una gran estafa para la mayoría, en un ambiente de descontento que lleva a cuestionar los principios de la convivencia democrática. La crisis de desconfianza que atraviesan las democracias aniquila la idea de un futuro cierto. Esa es la posdemocracia. Ya sabemos que las democracias también deben legitimarse por sus resultados.

El investigador en el Morningside Institute de Nueva York Matthew Rose también se pregunta en su estudio sobre varios pensadores de la derecha radical (El mundo después de la democracia, Bauplan) qué viene después del liberalismo. Para él, esta pregunta toma la forma de una amenaza porque la dirección de la historia parece apuntar en un sentido diferente del que hemos considerado evidente durante mucho tiempo. El liberalismo político nos sacó de la autocomplacencia, inspirándonos para encontrar injusticias ocultas y víctimas aún no reconocidas: nos indicaba que el individuo, para ser ciudadano, debe ser libre de elegir su propio camino en la vida, y que el Estado ha de proteger el ejercicio de esa libertad. Quizá dimos por sentado el futuro y asumimos que la historia era lineal y consagraba la bondad de sus causas. La idea de que el futuro pudiera juzgar de modo crítico a la democracia era inconcebible.

Ese futuro ya ha llegado. La política está basada en la autoridad, la sociedad tiende a cerrarse y no a abrirse, y la historia parece cíclica, no progresiva.

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