Trabajar cansa
Columna
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Haciendo la pelota al emir de Qatar

Digo yo que habrá un término medio entre el pragmatismo político y ponerle a este señor más medallas que a la etiqueta de un vermú

El rey Felipe VI junto al emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani, el 17 de mayo en Madrid.
El rey Felipe VI junto al emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani, el 17 de mayo en Madrid.OSCAR DEL POZO (AFP)

El otro día nos enteramos de que Google mira a cada español una media de 426 veces al día a ver qué hacemos. Te mira más que tu madre, es un algoritmo helicóptero, como se llama en el argot de los columpios a los padres que sobrevuelan constantemente a sus hijos. De hecho, Google, Facebook y otras compañías que nos espían saben cómo nos portamos. Mal, supongo. Nos tratan como a adolescentes bajo control parental. Curioseando en tu móvil, te conocen más que tú mismo. Si miras tu historial de navegación en internet, siempre te sorprendes, piensas que alguien ajeno se haría una idea equivocada de ti, cuando eres tú el que suele estar equivocado respecto a ti mismo, porque te engañas mejor. Nos idealizamos, pero el algoritmo cotilla nos tiene calados. Sabe qué cocinas, dónde vas de vacaciones o tus gustos en porno. Un experto en datos me contó que en las rutinas de desplazamiento que delata el móvil de una persona suele haber una línea maestra, la que marca el trayecto entre casa y trabajo, pero si aparece un tercer punto y empieza a formarse un triángulo, la cosa está clara: te has echado amante. Entonces, imagino, te empezarán a llegar mensajes para recomendarte vitaminas, gimnasios y quizá un abogado. Yo disfruto intentando marear a los algoritmos, haciendo cosas raras, pero es como jugar al ajedrez con Deep Blue. Meto en Spotify canciones majaras, pero aun así el desgraciado a veces acierta justo con lo que te apetece oír. Me gusta, pero me fastidia que lo adivine.

Hay juegos mejores, más adultos, porque luego venden estos datos a empresas y hacen virguerías. Por ejemplo, vas a una manifestación y te fichan en un paquete de gente con la etiqueta “Tipo que protesta si un policía mata a un negro de una paliza”, como sucedió en Estados Unidos con las movilizaciones del Black Lives Matter. Esto en una democracia. En China están dando grandes pasos en este campo. La provincia de Xinjiang, donde se machaca a la minoría musulmana uigur y casi hay más campos de reeducación que guarderías, es un prodigio de persecución creativa. Millones de personas tienen una especie de Pegasus ya instalado de serie, distinguen a cualquiera en la multitud con las cámaras de reconocimiento facial y, si acumulas puntos por ver, leer u oír cosas sospechosas, la policía te puede parar en plan precrimen, porque imaginan que algo vas a hacer. Son estos portentos del capitalismo con sorpresa con los que nos relacionamos de forma tan entregada.

Viendo cómo le han hecho la pelota esta semana al emir de Qatar, nadie diría que es un país donde esclavizan a los inmigrantes, discriminan a las mujeres y te pueden caer siete años de cárcel por relaciones homosexuales, según Amnistía Internacional. Veías a los que más mandan de este país, tan nerviosos de esmoquin, y parecía que estaban en una entrevista de trabajo, daba un poco de cosa. Ya, también llegamos a creer que saldríamos mejores después de descubrir cómo es Putin de verdad y que lo ideal a partir de ahora sería no relacionarse con países donde uno no viviría ni loco. Digo yo que habrá un término medio entre el pragmatismo político y ponerle a este señor más medallas que a la etiqueta de un vermú. El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, llegó a decir que España y Qatar son “los argumentos definitivos contra los que creen que las monarquías son cosas del pasado”. La verdad es que con defensores de la Monarquía como estos, no le hacen falta enemigos.

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Sobre la firma

Íñigo Domínguez

Es periodista en EL PAÍS desde 2015. Antes fue corresponsal en Roma para El Correo y Vocento durante casi 15 años. Es autor de Crónicas de la Mafia; su segunda parte, Paletos Salvajes; y otros dos libros de viajes y reportajes.

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