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Mudos y ágrafos

En el Parlamento hace tiempo que no hay debates de índole política, transformados en simples rifirrafes

El 13 de agosto de 2007, el entonces presidente de EE UU, George W. Bush, abraza a Karl Rove durante la conferencia de prensa en la que el segundo anunció su dimisión, en Washington.
El 13 de agosto de 2007, el entonces presidente de EE UU, George W. Bush, abraza a Karl Rove durante la conferencia de prensa en la que el segundo anunció su dimisión, en Washington.CHUCK KENNEDY / Tribune News Service via Getty I

Karl Rove, el consultor político que dirigió las campañas de George W. Bush y del que se dijo que era el único cerebro en la Casa Blanca, escribió un libro titulado Por qué importa la elección de 1896, los comicios que dieron la inesperada victoria en Estados Unidos al republicano William McKinney, gracias a una movilización publicitaria sin precedentes. McKinney, que dispuso de muchísimo dinero, produjo 250 millones de panfletos y logró que muchos votantes recibieran uno a la semana. La campaña entusiasmó a Rove, uno de los expertos en comunicación política más influyentes del siglo XX y el primero en lograr expandir la idea de que no existe una realidad verificable, sino que la realidad es la que los expertos como él dicen que es.

La influencia de Rove posiblemente sea también un elemento importante para saber qué ha pasado con los partidos políticos en buena parte de Occidente. Y desde luego, en España, donde, pese a tener un papel tan relevante (figuran nada menos que en el artículo 6 de la Constitución), han pasado a ser casi estructuras vacías y silenciosas. Algo difícil de comprender porque nunca como ahora ha habido más pluralismo organizado en partidos, es decir, más instrumentos de participación en el debate político.

Se podría pensar que ese debate ha saltado de los partidos a los grupos parlamentarios, pero la evidencia del funcionamiento del Congreso español demuestra que eso no ha sido así. En el Parlamento hace tiempo que no se registran debates ni discursos de índole política, transformados en simples rifirrafes e intercambios de acusaciones que no tienen nada que ver con la expresión del pluralismo político, es decir, con la explicación y defensa del cómo lo haremos de los grupos en el Gobierno y del cómo lo haríamos de la oposición.

La explicación, dicen algunos expertos, es el hiperliderazgo de los actuales dirigentes de los partidos. Pero ese argumento no parece muy sólido. Fuerte liderazgo tuvo indiscutiblemente, por ejemplo, José María Aznar en el Partido Popular y sin embargo la mayoría de los ciudadanos eran capaces de identificar otras voces dentro del PP especializadas en determinados temas y con perfil propio. El fuerte liderazgo de Felipe González dejó mucho espacio al PSOE como partido. Seguramente la falta de voces políticas en el PP actual o en el PSOE no puede atribuirse al hiperliderazgo de Pablo Casado o de Pedro Sánchez, sino que tiene otras raíces, más próximas a las teorías de Rove. Incluso en un partido tan nuevo como Unidas Podemos, el fuerte liderazgo de Pablo Iglesias no puede ser la única razón de que en UP no exista el menor atisbo de intercambio de ideas.

¿Qué puede haber sucedido? Los partidos siempre han funcionado, se diga lo que se diga, con un cierto grado de propaganda, necesaria para su implantación social. Pero la publicidad ocupaba un espacio acotado, que no invadía el área de saberes, que también se fomentaba. Los partidos tenían, por regla general, voces reconocidas públicamente en el mundo de la economía, las relaciones exteriores, la educación o la cultura, al margen del Gobierno. Es eso, probablemente, lo que ha sido sacrificado para dejar prácticamente todo el espacio a la propaganda, y el único saber que se fomenta es el relacionado con la comunicación y la capacidad de imponer realidades ficticias.

Si eso es así, no importa tener voces que ayuden a hacer un diagnóstico de la situación ni propuestas de solución. No importa tanto el debate político, lo que se dice, cómo estar presente, bajo el foco de la comunicación. Y ese espacio, lógicamente, solo admite al líder del partido. Sobra todo lo demás, los saberes de las otras voces. No es extraño que haya tantos políticos mudos. Y ágrafos, porque desgraciadamente no sustituyen la voz por la escritura, como un ciego dicen que compensa la visión con un buen oído. Tampoco. La ausencia de políticos que hablen o escriban realmente impresiona.

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