LCD Soundsystem: auge, desaparición y regreso de los rockeros intelectuales que se hicieron adultos en España

La banda liderada por James Murphy cumple dos décadas y celebra una trayectoria llena de baches, genialidades y casualidad con una gira que los traerá este verano al BBK Live de Bilbao

James Murphy, de LCD Soundsystem. en el escenario durante el festival Bonnaroo en 2010.
James Murphy, de LCD Soundsystem. en el escenario durante el festival Bonnaroo en 2010.Jason Merritt (FilmMagic)

Esta historia comienza con una pastilla. La “Mitsubishi” que le ofrecieron a James Murphy en el club Vanity de Nueva York mientras pinchaba David Holmes, alrededor de 2001. “¡El éxtasis resultó ser lo mejor del mundo! Comencé a bailar y era feliz y tuve una revelación: este es mi verdadero yo. Era yo al cien por cien. Después de aquel instante, me dediqué a bailar al ritmo de la música que me importaba. Había cambiado”. Así lo contaba el líder de LCD Soundsystem a la periodista Lizzy Goodman en el libro Nos vemos en el baño. Renacimiento y rock and roll en Nueva York, 2002-2011. “Vi cómo su vida se transformaba por completo en ese instante, y fue precioso”, afirmaba David Holmes en la misma historia oral.

En aquel momento, James Murphy tenía 31 años. Diez antes, le habían ofrecido un trabajo como guionista de la teleserie Seinfeld, pero él lo rechazó porque prefería centrarse en su carrera musical y porque no pensaba que aquella producción fuese a tener ningún tipo de repercusión. Desde finales de los años ochenta, había tocado en grupos de indie rock de nulo éxito y, paralelamente, pinchaba y trabajaba como ingeniero de sonido. Era un hombre perfeccionista y ansioso cuya relación más duradera había sido con su psicólogo, a quien veía tres veces por semana desde que tenía 6 años. El hombre que le dio la pirula era Tim Goldsworthy, un británico que había formado parte del reputado grupo de música electrónica Unkle y que se acababa de mudar a la Gran Manzana. Ambos iban a trabajar en el próximo álbum de Holmes y pronto revolucionarían Nueva York como dúo de productores y cabecillas del sello discográfico más distinguido de la ciudad: DFA. Su nombre era, en realidad, la abreviatura de Death From Above (algo así como “muerte desde las alturas”), pero mantenerlo literalmente era demasiado provocador en un lugar todavía devastado física y anímicamente tras los atentados del 11S.

Musicalmente, la ciudad se estaba convirtiendo en el epicentro del nuevo fashion rock tras la aparición de The Strokes, pero DFA le dio una vuelta de tuerca al conseguir lo mismo que veinte años antes habían hecho The Stone Roses y Happy Mondays en Mánchester: poner a bailar a indies y rockeros. La movida neoyorquina estaba a punto de desplazarse de la isla de Manhattan a Brooklyn y Williamsburg, eran los tiempos en que empezaba a brotar la cultura hípster del siglo XXI, y ellos supieron ponerle banda sonora. Desde el sello lo hicieron descubriendo a futuras estrellas como The Rapture, Hot Chip y Hercules & Love Affair, o remezclando a Le Tigre, Radio 4 y Fischerspooner.

Un joven James Murphy posa en Londres en 2005.
Un joven James Murphy posa en Londres en 2005.Tom Oldham (Universal Images Group via Getty)

“Si lo que quieres escuchar no existe, está en nuestra naturaleza reunir a nuestros amigos y hacerlo nosotros mismos. Íbamos a difundir el evangelio de la música dance”, declaró Goldsworthy. “Buscábamos crear la Nueva York que queríamos en lugar de quejarnos de lo aburrida que era. La ciudad tiene muchos espectadores que están esperando que ocurra algo. Si lo que haces es interesante, la gente le prestará atención”, sostenía Murphy. En aquel nuevo sonido de la nueva Nueva York, hubo un instrumento que se convirtió en definitorio: el cencerro.

De DFA a LCD

Esta historia comienza con una caja de ritmos, la que le regaló Adam Horovitz, de Beastie Boys, a James Murphy. El productor comenzó a trastear con ella, creó una base repetitiva y machacona y se puso a recitar un largo texto por encima. Cosas del tipo: “He oído que te vas a comprar un sintetizador y tirar tu ordenador por la ventana porque quieres hacer algo real / He oído que tú y tu banda vais a vender vuestras guitarras para comprar unos platos / He oído que tú y tu banda vais a vender vuestros platos para comprar unas guitarras”. Lo completó nombrando todas sus influencias musicales para ironizar consigo mismo y con los chicos jóvenes que le iban pisando los talones en una época en que se volvía a poner salvajemente de moda el sonido post punk de finales de los años setenta y principio de los ochenta. Había nacido la primera canción de LCD Soundsystem, Losing My Edge.

El sencillo llamó la atención de quienes lo escucharon durante el verano de 2002. “Losing My Edge es el himno decisivo para definir y liderar el sonido retroactual del siglo XXI. Sostenía que no se puede inventar siempre y que hay que echar la vista hacia atrás y dotar de magnitud a las cosas que hemos oído, y que son las generan otras cosas posibles. Él aceptó su papel de fan de la música para convertirse en educador, transmitir las cosas que a él le habían emocionado”, sostiene Santi Carrillo, director de la revista Rockdelux, que jaleó a LCD Soundsystem desde el principio. Ese tema, de hecho, encabeza su lista sobre las mejores canciones sobre música de todos los tiempos. “Era como un barrido plagado de referencias cultas pero que él supo transformar en algo que no era pedante ni demasiado complejo, sino que lo hizo muy pop, una experiencia viva, estimulante y, al mismo tiempo, muy vigente”, añade el periodista. “Losing My Edge es una canción que se desangra”, declaraba en el libro de Lizzy Goodman el escritor Andy Greenwald. “Husmea en todas esas cosas que se supone que has de ignorar: envidia, resentimiento, sarcasmo, edad. Pero no es ofensiva como lo es la mayor parte de la música ‘divertida’. La clave está en que se burla de ti mientras te acosa con preguntas. La canción te llega aunque el vocalista sea un cascarrabias. Todavía no sé cómo lo hizo”.

“LCD eran muy graciosos, James tiene mucho talento. Para mí lo más interesante era el uso que hacían de la música, como si fuera periodismo. Canciones como Losing My Edge parecen describir cosas que han ocurrido”, decía el músico Moby en el mismo libro. “Era un himno para la última generación que había crecido en un mundo musical delimitado por compartimentos estancos, y la síntesis perfecta entre dos mundos, el que quedaba atrás y el que estaba por venir”, escribía el periodista Javier Blánquez en su libro Loops 2. Una historia de la música electrónica en el siglo XXI.

Gran parte de la crítica internacional adoptó a James Murphy como un héroe. Cayó en gracia por estos factores y otros igualmente importantes. Como se decía maliciosamente en su momento de Elvis Costello, el grueso de los críticos musicales vieron en el neoyorquino a alguien como ellos: un hombre blanco y hetero de mediana edad, con una vasta cultura musical, un discurso elaborado y locuaz, que venía del indie y a quien una experiencia extática había cambiado su cosmovisión.

La conexión Malasaña y el debut en España

Esta historia comienza en el madrileño barrio de Malasaña, calle San Vicente Ferrer, también en el verano de 2002. Pablo Soler, uno de los socios de la sala Nasti, entra en una tienda de discos y el dueño le dice que le ha llegado algo que le va a encantar. Es el 12″ de Losing My Edge. “Vaya si me gustó. Acertó de pleno. Me la puse medio millón de veces”, recuerda Soler, también codirector del Primavera Sound, un festival que, por aquel entonces, acababa de arrancar. Soler se fue durante un mes a Nueva York y allí estableció contacto con James Murphy. “Fui a verle pinchar en un club. Al final de la sesión me acerqué y estuvimos hablando unos minutos. Unos días después coincidí con 2 Many DJ’s, a los que conocía porque habían pinchado en el Nasti alguna vez, y con ellos estaba James, con el que tenían ya una buena amistad. Nos volvimos a ver varios días más en diferentes fiestas”. Soler lo recuerda como un hombre “divertido, sociable y creativo, y un buen contador de historias. También se tomaba muy en serio el proyecto. Era exigente y un perfeccionista”.

James Murphy, de LCD Soundsystem, en el escenario del segundo día del festival Primavera Sound celebrado en Barcelona en 2016.
James Murphy, de LCD Soundsystem, en el escenario del segundo día del festival Primavera Sound celebrado en Barcelona en 2016.Xavi Torrent (WireImage)

Al principio, LCD Soundsystem era el proyecto en solitario de Murphy, pero el impacto de Losing My Edge hizo que comenzasen a llegar las ofertas para tocar en directo. Lo que hizo fue ensamblar una banda orgánica, con amigos músicos, que hizo crecer su sonido hacia una nueva dimensión, más vibrante, completa y apabullante. Su primer concierto fue en un club llamado Trash, en Londres, el 25 de noviembre. Tocaron sus dos temas conocidos y cuatro más (futuros singles) que aún eran inéditos. En diciembre, hicieron lo propio en el festival Transmusicales de Rennes (Francia) y en el Bowery Ballroom de Nueva York. Esos tres conciertos y su único single era el único bagaje que tenía el grupo cuando Soler propuso a sus socios en el Primavera Sound que lo contrataran para la edición de 2003. Tocaron el 23 de mayo. El cuarto concierto de su trayectoria. “Lo percibíamos como algo especial, pero era una banda pequeña entonces y lo programamos en el escenario Nasti, que era la Sala Discotheque, en el Poble Espanyol, con una capacidad para unas 500 personas. Prácticamente no habían tocado, así que contábamos con el riesgo de que el directo no fuese bueno”.

El híper perfeccionista Murphy tenía las mismas dudas, y decidió hacer una meticulosa prueba de sonido que retrasó el concierto hora y media. Eran las 5 de la madrugada del último día del festival, había caído un intenso aguacero y muchos desistieron de esperar, pero los escasos testigos del concierto lo recuerdan –lo recordamos, este cronista también estuvo allí– como un momento casi epifánico. “Fueron 25 minutos intensos, sin descanso, sin distracciones, con un grupo muy compenetrado”, rememora Soler. El mito LCD Soundsystem ya solo podía crecer.

El resto de la historia ya es bastante conocida. Tras Losing My Edge llegaron un puñado de singles que devolvieron prestigio a aquel formato en los últimos años en que lo físico aún tenía relevancia, un primer álbum en 2005 que no estuvo a las expectativas de sus adelantos y un segundo, Sound Of Silver en 2007, que encabezó muchas de las listas de lo mejor de aquel año. Murphy y Goldsworthy se enfrentaron hasta terminar su relación como el rosario de la Aurora, el británico se fue de EE UU y de DFA dando un portazo y hablando fatal de su excompañero, y este contraatacó con una demanda judicial por apropiación indebida de dinero. Luego llegó un tercer álbum, This Is Happening, que afianzó su posición pero, en 2011, se produjo un inesperado movimiento. La banda, en el momento álgido de su carrera, anunció que el del 2 de abril de ese año, en el Madison Square Garden, sería su último concierto.

El show, de casi cuatro horas y con invitados como Arcade Fire, fue documentado para la posteridad en un documental (Shut Up And Play The Hits) y una caja de cinco vinilos, presentada como The Last Goodbye. Podríamos estar hablando fácilmente de uno de los mejores últimos conciertos de la historia si no fuera porque no fue el último.

En 2016 anunciaron que tocarían en el festival de Coachella y, un año más tarde, entregaban su cuarto álbum. American Dream los llevó, por primera vez, a lo más alto de las listas de ventas estadounidenses, su caché se disparó y se volvieron cabeza de cartel indiscutible en los festivales más grandes del mundo. Nunca quedó demasiado claro por qué anunciaron que se iban ni por qué volvían, pero la leyenda más bonita sobre su regreso es que se lo pidió David Bowie, fan de la banda, cuando Murphy estuvo presente en las sesiones de grabación de su álbum final, Blackstar.

LCD Soundsystem no volvió a dar señales de vida hasta después de la pandemia, pero su tercera vuelta ha sido igualmente espectacular. Comenzó con una residencia de 20 conciertos a final del año pasado en la sala neoyorquina Brooklyn Steel –aunque los tres últimos los cancelaron ante la subida de la variante Omicron–, siguió con un delirante especial navideño para el canal de Twitch de Amazon en forma de sitcom al estilo de 1990. Se tituló All My Friends –como una de sus más populares canciones–, y en él, los miembros de la banda eran interpretados por actores (Eric Wareheim hacía del líder, y Macaulay Culkin era el batería), en un guiño a la oportunidad perdida que Murphy tuvo con Seinfeld.

También aparecieron en Saturday Night Live donde, en lugar de hacer lo habitual de promocionar nuevas canciones, decidieron tocar temas de sus inicios. Ha declarado Murphy que está preparando un nuevo disco, con fecha indefinida y, mientras tanto, ya está celebrando este 20 aniversario con una gira en la que repasa lo mejor de su repertorio anterior. Tendrá una parada en España, el 7 de julio en el festival BBK Live de Bilbao.

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