Entrevista

Rossy de Palma: “Mi nariz me ha dado complejidad. La gente se reía de ella y yo, mientras, analizaba por qué juzgaban”

Hace tiempo que lo de chica Almodóvar se le ha quedado pequeño. De Palma es un icono generacional que traspasa fronteras, va de la música a la moda y ahora desembarca en la televisión como presentadora de ‘LOL, si te ríes pierdes’

La actriz y modelo Rossy de Palma.
La actriz y modelo Rossy de Palma.Gorka Postigo / Gorka Postigo

En Kika (Pedro Almodóvar, 1993), la protagonista (Verónica Forqué) le dice a su asistenta, interpretada por Rossy de Palma: “Mírate, Juana, si fueras menos cardo, ahora que se llevan las caras raras, hasta podrías ser modelo”. Dentro de la película era un insulto ingenuo; fuera de ella, un guiño al fenómeno de la actriz: en aquella época no había cumplido ni 30 años y ya había trabajado con históricos de la moda como Jean Paul Gaultier y con fotógrafos imprescindibles como Herb Ritts. Hoy, acercándose a los 60, Rossy de Palma (Palma, 56 años) presenta LOL, si te ríes pierdes (el “no te rías que es peor” de Amazon Prime Vídeo) en el Four Seasons de Madrid. Ayer estuvo grabando una nueva campaña con Jean-Paul Gaultier y mañana se tiene que hacer una PCR para el rodaje de la nueva de Almodóvar, Madres paralelas. No le parece rara esta agenda. Su vida siempre ha sido así. “Mi padre siempre me decía, en asturiano, ‘fia, yés mundial”, recuerda. “Y yo me lo creí”.

El descubrimiento de Rossy de Palma es uno de los mitos más emblemáticos dentro de la muy mitificada Movida madrileña. Como su banda, Peor Impossible, no le daba para mantenerse, ella trabajaba en el King Creole: un bar rockabilly en la esquina de San Vicente Ferrer con la Corredera de San Pablo (el actual Freeway). Almodóvar la vio y la fichó para su siguiente película, La ley del deseo, en un pequeño papel de reportera. “No la toquéis”, indicó el director a su equipo de estilistas, “Dejad que se maquille, se peine y se vista como ella quiera”. Cuando Jean-Paul Gaultier vio la película, la llamó inmediatamente para pedirle que posase para él.

“Antes era más bonito, porque te dejaban mensajes en el contestador”, asegura. “Mira, ahora me estoy acordando del día que llegué a casa y escuché un mensaje que empezaba ‘I am Louis Malle, it’s not a joke. I am Louis Malle’ [Soy Louis Malle, no es una broma]. En aquella época había comprado los derechos del maravilloso libro sobre Marlene Dietrich escrito por su hija, Maria Riva. Lo quería hacer con Uma Thurman como Marlene y a mí quería darme el papel de Mercedes D’Acosta, que había estado con Greta Garbo y para fastidiarla se fue con Marlene. Luego se murió y no pudimos hacer la peli. Pero ese mensaje... se queda. Ese deseo que alguien ha sentido por ti se queda”.

Bibiana Fernández, Loles León y Rossy de Palma, tres chicas Almodóvar en 1992.
Bibiana Fernández, Loles León y Rossy de Palma, tres chicas Almodóvar en 1992.Gianni Ferrari / Getty

La actriz ha hecho personajes muy diversos que, sin embargo, el público tiende a percibir como distintas reformulaciones de Elena Rosa García Echave, es decir, Rossy de Palma. Por eso más que actriz versátil, se la considera estrella: en casi todas sus películas, el espectador ve a Rossy de Palma haciendo una performance. Ella a eso lo llama “enriquecer el guión”. “Yo no soy una actriz-actriz vocacional, soy una artista... poeta, performance, escribo, compongo, hago artes plásticas... soy artesana antes que artista. No tengo idealizado lo de ser actriz, si no ruedo no me siento infeliz. Lo que no me gustaba es que a veces me llamaban para utilizar mi físico peyorativamente. Pero no me lo tomaba como una ofensa personal, sino como un prejuicio en la mirada del otro”, asegura.

Definir la belleza de Rossy de Palma como picassiana o –como decía Almodóvar– cubista se acabó convirtiendo en un cliché durante los noventa. Ella suele bromear con que su nariz se empezó a independizar de su cara en el colegio. Cuando se pone seria, especula con que la asimetría “de señorita de Avignon” de su rostro se debe a alguna parálisis facial que debió de sufrir en el útero materno. De adolescente se tapaba en todas las fotos, pero cuando empezó a moverse por círculos artísticos en el Madrid de los ochenta descubrió su fotogenia. “La gente se reía de mi nariz y yo siempre he dicho que para mí ha sido un escudo maravilloso: mientras la gente se quedaba en la nariz, yo empezaba a analizar por qué te juzgan por un rasgo que no has elegido. La raza, la constitución... Me dio una complejidad psicológica muy interesante. Mira, ayer puse una foto en Instagram que es una de las más populares, soy yo de niña en el gallinero de mi madre. Y ya tenía una cosa agraciada al posar. Y eso que era una niña y no era consciente de mí misma”, recuerda.

La moda le fascina desde que de pequeña descubrió que una imagen en dos dimensiones podía transformarse en algo real. Ella lo describe como la entrada en su propio mundo de Oz: “No sabía qué me esperaba, pero sabía que había algo mejor”. En aquella época, desguazaba los juguetes y vaciaba las muñecas para ver qué había dentro. “Nunca encontré ningún tesoro, ninguna respuesta”, dice.

Ya en los ochenta, tras su primer contacto con las bambalinas, se hizo mayor de golpe: “Fuimos a tocar a Tocata y me puse a llorar cuando descubrí lo falsa que era la tele, me decepcionó muchísimo, la verdad. La gente solo aplaudía porque veía el cartel de ‘aplausos”, recuerda. Los aplausos pactados, eso sí, siempre serían mejor que las botellas arrojadas, que es como el público de las fiestas de San Isidro recibió a Peor Imposible en 1985.

De Palma considera Mujeres al borde de un ataque de nervios (Pedro Almodóvar, 1989) su primer gran personaje, de ahí su disgusto cuando se enteró de que iba a pasarse la película inconsciente por beber accidentalmente un gazpacho con orfidales. Le insistió tanto a Almodóvar que a este se le ocurrió una trama onírica: tendría un orgasmo en sueños y se despertaría habiendo perdido la virginidad. Cuando la película fue nominada al Oscar, el equipo viajó a Los Ángeles como una troupe de comediantes. A medio camino entre el sainete de pueblo y el glamur de la alfombra roja. Folclórico y chic, español y mundial.

“Me hice mi propio vestido. De encaje negro. Y luego un chico que trabajaba con silicona plateada me puso flores en el pelo con una trenza muy larga. Estuvimos muy decepcionados porque nos pusieron en el gallinero, pensábamos que nos íbamos a mezclar con todo el mundo pero estaba todo muy encorsetado”. Cuando Loles y Rossy aterrizaron en Los Ángeles rellenaron el formulario y se liaron con la casilla de “Motivo de su visita”. “Ahora sé que hay que poner holiday (vacaciones) siempre, pero nosotras pusimos business (negocios). En plan ‘venimos a que nos contraten’. Y claro, de repente nos preguntan: ‘A ver, ¿cuánto dinero traen ustedes?’. Nos retuvieron en la aduana un rato y nosotras gritando ‘¡Pero que venimos a los Oscar, ¡a los Oscar!’. Pero no nos entendían. ‘¡Ay, la pronunciación!”.

Mientras Almodóvar, Maura y Banderas tenían su propio alojamiento, De Palma compartía un apartamento “tipo Melrose Place” con Loles León, Julieta Serrano y Chus Lampreave. “Jane Fonda nos invitó a una comida en la que que estaba la hermana de Jackie Kennedy, estaba Cher... Loles le decía ‘pues mira Cher, yo tengo tantas operaciones como tú”, afirma.

Rossy de Palma en una imagen de la serie JeanPod, producida por Jean Paul Gaultier.
Rossy de Palma en una imagen de la serie JeanPod, producida por Jean Paul Gaultier.Foto: Gorka Postigo

Cuando Robert Altman la conoció, le agarró la mano y le dijo “Rossy, me voy a inventar un personaje en mi película solo para que lo hagas tú”. De ahí salió su papel en Prêt-à-porter (1994). Ha trabajado con Mike Figgis, con Lina Wërtmuller y con Terry Gilliam, quien le dio un rol tan pequeño en El hombre que mató a Don Quijote (2018) que la actriz le repetía “Terry, give me a fucking line!” (Terry, dame una puta frase). Sin embargo su proyección internacional no siempre ha sido por gusto.

“Me fui a Italia porque me cansé de esperar a que me llamasen aquí”, aclara, “Hice películas muy malas, pero aprendí italiano. Me iba al foro romano a comerme un panini y era la mujer más feliz del mundo. Yo no reniego de ninguna película italiana que he hecho, hubo un par buenas pero las otras muy malas y todo lo que viví gracias a ellas me ha hecho muy feliz. Los productores nos trataban fatal, decían ‘le attrici sono puttane’. En un momento dado nos enteramos de que si el rodaje se detenía porque no había dinero pero ya nos habían maquillado nos tenían que pagar un porcentaje del sueldo, así que llegábamos a las cinco de la mañana y antes de que llegase el maquillador ya nos maquillábamos nosotras como puertas”, recuerda.

Cuando se quedó embarazada, se mudó a París. De Palma ha admitido que la relación con el padre de sus hijos, cuya identidad jamás ha desvelado, fue tormentosa. Quiso evocarla en Preso, el interludio de El mal querer donde ella tiene un cameo: Rosalía le pidió que le mandase un audio de WhastApp contándole un episodio de amor traumático y ella improvisó esos versos.

El mundo del espectáculo empezó a volverse vulgar entonces. Ella colaboraba con Alexander McQueen, aparecía en un videoclip de George Michael o era imagen de Louis Vuitton, Gap o Louboutin y luego volvía a Madrid para toparse con un grupo de paparazzi esperándola con la intención de sonsacarle detalles de su vida privada, cabrearla o las dos cosas. “Es que antes no eran tan invasivos en tu privacidad ni tan maleducados. Antes, si los reporteros te pillaban en un brete o en una situación complicada, no te molestaban. Y si reaccionabas mal pues no lo sacaban por la tele, pero de repente se puso de moda sacarlo y de hecho venían un poco a chuchillo. Y además yo estaba embarazada. Me ponían los flashes en la cara, no me ayudaban ni con el carrito. Es que no les importaba si te rompías la crisma. Tuvimos una gorda con Bibi [Bibiana Fernández] en el aeropuerto, que vino a buscarnos Asdrúbal, y entonces yo dije ‘hijos de...’. Luego en las tertulias de Maria Teresa Campos decían que había insultado a las madres de los periodistas. Yo creo que esto lo introdujo Pepe Navarro a mediados de los noventa. Y luego mira, el cazador cazado porque le ha pasado factura a él en su vida personal también”, señala.

Rossy de Palma en Cannes presentando 'Julieta' (2016).
Rossy de Palma en Cannes presentando 'Julieta' (2016).JEAN-PAUL PELISSIER / REUTERS

En Francia, ha criado a sus dos hijos, recibido la medalla de la Orden de las Artes y de las Letras y participado en Bailando con las estrellas (en 2011, repitiendo la experiencia en su versión española de TVE en 2018). Se ve como una “obrera obediente”, a la que si le ofrecen un trabajo no puede decir que no (sí ha rechazado ir a programas como Supervivientes). Con Madres paralelas, se convierte en la actriz que más años lleva trabajando con Pedro Almodóvar (solo superada por Banderas) y la única que ha aparecido en todas las etapas de la filmografía del cineasta. “De Palma es una de las actrices que aparecen una y otra vez en el cine de Almodóvar. Ver envejecer a estas mujeres través de sus películas añade profundidad al retrato femenino”, escribió Julie Bloom en The New York Times con motivo del estreno de Julieta en 2016.

“Ahora quiero ser más sibarita y selectiva con el cine, creo que se lo debo”, dice hoy. Cuando mira atrás se resiste a mitificar la Movida (“el sida, la heroína, en las carreteras de España los músicos morían como chinches”, afirma recordando a Tino Casal) pero sí celebra que en aquella época el concepto de éxito no estuviese tan arraigado en la cultura popular como ahora. “No había Instagram, ni esta necesidad de triunfar, no se buscaba el éxito ni el dinero. Era pura expresión espontánea, un poco salvaje. Una creatividad que no podíamos contener. Por fin podíamos ser lo que quisiéramos. Era todo muy de verdad, muy lúdico pero muy auténtico. No había una pretensión, simplemente hacíamos cosas. A mí no me gusta la pretensión. En LOL había cómicos que cuanta más pretensión tenían menos me hacían reír, pero con los que jugaban a lo impredecible y al absurdo como Mario Vaquerizo, Edu Soto o la tremenda Yolanda Ramos me ponía a temblar”.

En los últimos años ha desfilado para Palomo Spain o David Delfin, ha diseñado una línea de maquillaje para MAC ha creado su propio espectáculo, Resilienza d’Amore, para el teatro Piccolo de Milan. Acaba de estrenar la serie de Starz Little Birds, que adapta relatos de Anaïs Nin. Y su último rodaje ha sido en Australia con Carmen, el debut como director del bailarín francés Benjamin Millepied (marido de Natalie Portman) y donde ha tenido a Elsa Pataky como anfitriona. En realidad aquel presagio de su padre, “fía, yes mundial”, se ha acabado quedando corto.

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