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Droga, celebridad y confesión: el caso Bosé reabre el debate de cómo hablar abiertamente de la adicción

Miguel Bosé ha sido el protagonista de la semana tras confesar sus problemas de adicción a Jordi Évole, un caso que se añade a la longeva relación entre famosos y sustancias. El ejemplo de los personajes públicos a menudo funciona para el público como necesaria advertencia, pero también propicia la frivolización

Miguel Bosé, en el centro del collage, rodeado de algunas célebres figuras de la música que también han sido relacionadas con la adicción a sustancias o han hablado públicamente de ello: Janis Joplin, Kurt Cobain, Jimi Hendrix, Amy Winehouse, Rafael Amargo o Jim Morrison,
Miguel Bosé, en el centro del collage, rodeado de algunas célebres figuras de la música que también han sido relacionadas con la adicción a sustancias o han hablado públicamente de ello: Janis Joplin, Kurt Cobain, Jimi Hendrix, Amy Winehouse, Rafael Amargo o Jim Morrison,Collage: Blanca López / Getty Images

No es raro que los biopics de artistas y celebridades tengan una estructura de auge y caída, de muerte y resurrección. Una persona tiene éxito, adquiere fama, y en los momentos más dulces de su carrera (también los más exigentes, inseguros y estresantes), cae en graves problemas de adicción a las drogas. El final de la historia puede variar entre la superación y, en el peor de los casos, la autodestrucción. Es un relato contado en tantas ocasiones que tiene el aire familiar de los arquetipos mitológicos, de los géneros de ficción, de los cuentos que hemos oído muchas veces.

El último caso es el del cantante Miguel Bosé, que confesó al periodista Jordi Évole un consumo excesivo de drogas durante unos 25 años: hasta dos gramos de cocaína al día, además de éxtasis y marihuana. “Años salvajes” que abandonó alrededor de 2015. Numerosos expertos en adicciones han criticado ampliamente la ligereza en el relato de la adicción –por ejemplo, en esta tribuna de Marina Prats en el HuffPost– y, sobre todo, de su fin, como si uno dejase las drogas igual que deja de comer magdalenas: solo con un poco de voluntad. “La fuerza está en la mente”, explicó el artista.

“Un artista que confiesa que ha tenido una relación intensa con las drogas, el alcohol o similar, como Bosé, normalmente cumple un mismo patrón: son gente que ya viene de vuelta”, opina el publicista Rafa Pontes. “Bosé ya tiene una edad, su carrera es indiscutible y nada de lo que haga o diga a estas alturas va a suponer un perjuicio insalvable porque, al fin y al cabo, es consciente que lo más importante que tenía que hacer en su vida ya está hecho. En el punto de Bosé no diría que le da igual todo, pero evidentemente le resultará más indiferente que cuando tenía 30 años y todo por construir”.

El tiempo ha contribuido a mitificar la relación entre arte y sustancias. Las confesiones del comedor de opio de Thomas de Quincey, el láudano y la absenta de los poetas simbolistas, las drogas en la Generación Beat, el alcoholismo de Poe, Hemingway, Scott Fitzgerald, Faulkner, Bukowski o Jason Pollock, el desfase vital de las estrellas del rock... ¿Hay una relación entre la creatividad y la adicción?

Jordi Évole y Miguel Bosé en la primera entrega de la entrevista al cantante en el programa 'Lo de Évole'.
Jordi Évole y Miguel Bosé en la primera entrega de la entrevista al cantante en el programa 'Lo de Évole'.ATRESMEDIA

“Es erróneo asociar creatividad y adicción: el que es creativo lo es consumiendo o sin consumir. Más previsiblemente lo será sobrio, aunque también es cierto, y esto puede dar lugar a confusión, que las sustancias producen una desinhibición que puede ayudar a crear”, explica Jose Antonio Molina, doctor en Psicologia, profesor de la Complutense y autor de SOS, tengo una adicción (Piramide). Es notorio que, por lo general, los escritores alcohólicos producen lo más celebrado de su obra antes de que su salud esté afectada por la adicción.

El caso de Amy Winehouse es especialmente desolador: pasó de joven talento prometedor a estrella mundial, de ahí a consumidora habitual de las drogas más duras, como el crack y la heroína, y finalmente a morir tras un atracón de alcohol. Lo relata de forma brutal el documental Amy (Asif Kapadia, 2015), donde también se recoge la crueldad con la que los medios de comunicación sensacionalistas (los temibles tabloides británicos, especialmente), los cómicos televisivos y la opinión pública en general se mofó de su historia de irrefrenable adicción. Cuando falleció, Winehouse pasó a formar parte del llamado “club de los 27”: el grupo de músicos que murieron a esa edad, como Kurt Cobain, Jimi Hendrix, Janis Joplin o Jim Morrison, tras una breve existencia de éxito y excesos.

“El mito de sexo, drogas y rock n’ roll contribuyó en la percepción social de las drogas: se vio menos riesgo y se asociaron a la rebeldía, a la liberación personal, a ir contra el sistema”, explica el psicólogo social Guillermo Fouce, presidente de la Fundación Psicología Sin Fronteras. Ahora la droga no está tanto en el rock sino en los nuevos ritmos urbanos triunfantes: el género del trap toma su nombre de las trap houses, donde se trapichea con sustancias ilegales. Fouce realizó una investigación sobre la presencia de tópicos sobre drogas encontrados en diferentes estilos de música. Concluye que en las canciones “se habla de droga en muchas ocasiones y cuando se hace, se trata, en general, de un modo frívolo. Las drogas son algo divertido, que nos ayuda a pasarlo bien, a ligar, a salir con los amigos y a olvidarnos de los problemas”.

¿Por qué nos atrae la figura del artista maldito, títere de sus adicciones, pero dueño de su arte? “Es como si quisiéramos creer en un universo en el que las vidas que parecen oscuras tienen sentido. Si decimos que en esa oscuridad está la raíz de un arte magnífico o que vamos a esos lugares oscuros para traer algo maravilloso de vuelta, resulta más fácil vivir en un mundo lleno de oscuridad”, explicó la escritora Leslie Jamison a la periodista Andrea Aguilar en este periódico durante una entrevista a cuenta de su libro La huella de los días, donde relata su propio alcoholismo y estudia el de algunas figuras como Raymond Carver, Billie Holiday o John Cheever. Como señala la autora, detrás del aura romántico del sufrimiento, la bohemia y la creatividad, hay un sufrimiento del normal y corriente, de ese que preferimos evitar y no idealizar.

Amy Winehouse durante su actuación en el festival Rock in Rio en Madrid en 2008.
Amy Winehouse durante su actuación en el festival Rock in Rio en Madrid en 2008.Cordon Press

Los hábitos de consumo de los famosos y los artistas se convierten en comidilla, rumores, cotilleo, casi cachondeo para cierto sector de los espectadores. Otro ejemplo reciente es el caso del bailaor Rafael Amargo tras el escándalo generado al hallar la policía, tras una larga operación antidroga, un nutrido alijo en su domicilio. Se habla de quien “se mete”, de quien “se pone”, de quien entra en tratamientos de desintoxicación; los paparazzi buscan las fotos de las celebrities en estado de ebriedad o saliendo cabizbajas de sus tratamientos, con la capucha puesta y las gafas de sol.

“Conocemos demasiadas historias de gente que entra y sale de clínicas [de desintoxicación] y nos referimos a estas como si fuesen parques de atracciones o un Primark. Desintoxicarse se ha convertido en una aventura pop”, escribe el cineasta Javi Giner en su recién publicado libro Yo, adicto (Paidós), donde cuenta con honestidad brutal su lucha contra las adicciones. Se refiere a casos como los de Lindsay Lohan, Amy Winehouse, Philip Seymour Hoffman o Carrie Fisher, en los que muchas veces los procesos de rehabilitación se convierten en motivo de “choteo social”. La toxicomanía, al igual que la enfermedad mental, “está llena de lugares comunes, prejuicios y estereotipos, y la gente habla de ella sin tener la menor idea de lo que dice, cuando no convirtiéndola en un arma arrojadiza sensacionalista”, escribe Giner. Por lo general, los casos de adicción entre las personas célebres se juzgan desde la superioridad moral o se toman a broma. No siempre se tratan como el problema que suponen. Y así, no es raro que se culpe a la víctima de esa adicción.

En el otro lado, muchos famosos han hablado de sustancias y adicción, aunque no siempre en el mismo tono: en ocasiones hasta se romantiza el consumo. “Es importante que, si se habla de estos temas, también se hable de sus consecuencias negativas”, explica Molina. Deportistas de élite, influencers y cantantes a menudo tocan estos asuntos: no solo la adicción a sustancias, sino también en forma de publicidad de casas de apuestas o de dietas agresivas para adelgazar. “Algunas celebridades son muy seguidas por la población joven: esto va a hacer que se transmitan actitudes positivas hacia esas prácticas, dado que son modelos. Los jóvenes joven tiende a copiarlo”, añade el psicólogo. ¿Ha sido, entonces, positiva la confesión de Bosé? Tiene una complicada respuesta. Probablemente, la única correcta es que cada espectador tendrá la suya. En un relato tan espinoso como este, como ante cualquier otro, saque usted sus propias conclusiones.

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