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ella es demoledora

St Vincent: “Antes estaba muy interesada en ser un personaje. Ahora me importa un carajo”

Annie Clark solía caracterizarse para cada uno de sus trabajos. Pero en su nuevo disco ‘All Born Screaming’ ha decidido que es el momento se mirar para dentro y ser ella

Annie Clark, conocida como St. Vincent en una foto promocional de su nuevo álbum, 'All Born Screaming'
Annie Clark, conocida como St. Vincent en una foto promocional de su nuevo álbum, 'All Born Screaming'Alex Da Corte

Es el día más lluvioso que Londres ha visto en todo el año. El metro estaba hasta los topes. Resulta chocante entrar en un estudio empapado y hecho un desastre y toparme con Annie Clark (Tulsa, 41 años), más conocida como St. Vincent, vestida con un elegante traje negro azabache. Camisa levemente desabrochada. John Silva, su excéntrico manager, se ofrece a abrirle una botella de agua, a lo que Clark responde: “Puedo abrir una botella, John”, seguido de una sonrisa. Me ofrece algo de picar y su cálida bienvenida es un alivio.

Más allá de sus discos hay un enigma cautivador: el de una persona que oscila entre la vulnerabilidad y el desafío, el misterio y la revelación. A través de su música, que desafía fronteras entre géneros mezclando elementos del pop, el rock y la vanguardia, se atreve a explorar las complejidades del ser humano, el amor y la angustia existencial. “Obsérvalo todo y después cuéntalo a través de tu propia lente”, explica esta música estadounidense cuya agenda como cantante y productora es un quién es quién de lo mejor del pop de las últimas décadas, de Taylor Swift a David Byrne, pasando por Sufjan Stevens o Jack Antonoff.

El título de su nuevo álbum, All Born Screaming (todos nacemos gritando), prepara al oyente para un disco emocionalmente intenso: “Gritar es lo primero que haces cuando naces. Es aterrador, pero alegre porque significa que estás vivo. Definir la violencia que sufrimos nosotros, el mundo o nuestros allegados es lo único que importa”, dice mientras se ríe porque se oye su música de fondo y se distrae. “No puedo evitar fijarme en lo que suena. La música ambiente no funciona conmigo”.

Esta es la primera vez que produce al completo uno de sus discos, doble papel que puede ser problemático: “Me vi encajonada entre el ego del guitarrista y el rol del productor, que sabe cuándo un instrumento no es el correcto”, reconoce. También recuerda cuando sufrió un fuerte resfriado durante la grabación de una de las canciones, Broken Man. “Cuando canto inhalo con mucha fuerza y en aquel momento me costaba incluso pronunciar”. El resultado es una vocalización que casi es un tartamudeo y que terminó incluyendo en el disco. “Eso le da mucha crudeza, que funciona en la canción. Captura las imperfecciones del proceso creativo”.

Ha decidido abrirse y eso no solo alude a aspectos, digamos, técnicos. “Trabajando en el disco bebí incontables cafés y tomé microdosis de psilocibina. Algo que, sinceramente, me salvó la vida”. Clark se ha volcado en prácticas de exploración interior, síntoma de su voluntad de aventurarse en nuevos territorios. “Antes estaba muy interesada en la idea de ser un personaje y deconstruirlo. En investigar qué significa ser una artista pop famosa en la era moderna. Ahora todo eso me importa un carajo”, explica. Y ella sabe un rato de eso: tanto a través de su música como de sus relaciones con estrellas como Kristen Stewart o Cara Delevingne, Clark ha conocido los aspectos más abrasivos de la fama. “La vida es corta, solo quiero hacer música que signifique algo. En mi cabeza, el sonido es crudo, la vida es bailar con fuego y todo lo que tenemos es la gente que amamos. El público se ha convertido en una especie de avatar digital. No me interesa”.

Su capacidad para cambiar la narrativa y ser optimista ante los problemas es una habilidad poco común que ha sido relevante a lo largo de su carrera. A ella no le gusta hablar de su vida personal con la prensa, pero sus intimidades han estado siempre en los medios. Su padre, Richard Clark, fue condenado por un cargo de conspiración, siete de fraude electrónico, cinco de fraude de valores y uno de lavado de dinero. Durante su encarcelamiento, Clark lanzó tres álbumes: Strange Mercy (2011), St. Vincent (2014) y Masseduction (2017) y cada uno de ellos recibió mejores críticas que el anterior.

En este álbum, las colaboraciones también han desempeñado un papel importante. Por un lado, la galesa Cate Le Bon, que la sacó de una crisis creativa: “Es una de mis mejores amigas, vio que estaba en un momento difícil y supo reavivar mi fuego”, dice. Y por otro, a la batería, “el único hombre en el mundo que debería tocar ese instrumento: Dave Grohl”, ríe. Clark reclutó al ex Nirvana y líder de Foo Fighters para participar en dos temas. Ya se conocían. Cuando Nirvana entró en 2014 a formar parte del Rock and Roll Hall of Fame, los dos supervivientes de Nirvana tocaron con St. Vincent cantando en el lugar del fallecido Kurt Cobain. “Vino, compartimos historias de guerra y se fumó sus parliaments. Es el mejor colgado del mundo. Ojalá pudiera guardar su cenicero lleno de colillas como recuerdo. Conocía cada paso y cada vuelta de la canción. Llegó y la grabó. ¡Un puro trueno!”.

Clark ofrece en sus letras ideas conmovedoras sobre la condición humana, equilibrando lo personal con lo social. Reconoce el papel de la artista como “espejo psíquico”, pero sostiene que su música no es política. Ahora, prepara su gira e imagina shows que desafían al público. “Quiero que me golpeen y me pateen las espinillas. Quiero que me desafíen, luego me consuelen y, finalmente, dejar mi carga en algún lugar del espacio sonoro. También debería hacerlo mi audiencia. El objetivo de ser artista es tener tu propia voz y tener algo que decir. Escuchar una nota y saber quién es”. En su caso, no podría ser más cierto.

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