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ESTÁ TODO HABLADO
Columna
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Por tu culpa tengo miedo de perderte

Una forma muy entretenida de leer el mundo es a través del pulso instituciones debilitadas e individuos empoderados

Opresores y oprimidos en la obra 'They Times They Ain’t A-changing Fast Enough', del artista  Henry Taylor, cedido por Whitney Museum of American Art.
Opresores y oprimidos en la obra 'They Times They Ain’t A-changing Fast Enough', del artista Henry Taylor, cedido por Whitney Museum of American Art.HENRY TAYLOR

Anne Boyer dimitió a mediados de noviembre y Anne Boyer ya era una brillante poeta y ensayista pero nadie ha dimitido como dimitió del puesto de periodista de poesía de The New York Times (¿cuánto se gana como periodista de poesía de The New York Times?) una buena mañana de noviembre, con una carta en Substack de 238 palabras, acusando a su periódico de indiferencia homicida ante los excesos israelíes en Gaza. “No puedo escribir sobre poesía entre esos tonos racionales que emplean quienes buscan acostumbrarnos a este sufrimiento irracional”, le gruñía a sus jefes. “Ya está bien de eufemismos macabros. Ya está bien de infiernos desinfectados. Ya está bien de mentiras belicistas”.

Había entre dos párrafos de esa carta esta joya: “Nuestro statu quo es la expresión personal y, por tanto, a veces la forma de protesta más efectiva de un artistas es simplemente negarse”. El mundo en esa idea. El individuo emancipado, en busca de su propio destino; una institución de la que un día emanaba poder pero que es incapaz de detener a ese individuo; la expresión personal como arma entre lo uno y lo otro. Hace ya que Anne Boyer es leyenda, tiene un Pulitzer por el libro en el que describe su cáncer y la quimioterapia que la hundió y la salvó; ahora Anne Boyer, heroína en redes por un día por su acción, es un adalid de la era de la personalidad.

El trato con las instituciones era, en su día, directo, llano y típicamente sadomasoquista: te dejabas pasar por su rodillo, hacías tuyas sus normas y sus intereses, te esforzabas por resultarles útiles y ellas, a cambio, ofrecían protección y, en casos puntuales, compartían parte de de su poder. Decía Deleuze que el sádico, el dominante, el que controla el flujo de dolor, es quien tiene necesidad de institucionalizar las cosas; que el masoquista, el dominado, la tiene de contratos. “El sádico piensa en términos de posesión instituida y el masoquista, en términos de alianzas contraídas. La posesión es la locura propia del sadismo; el pacto, la del masoquismo”.

Pero las instituciones no son lo que eran desde que en 2008 vimos que la banca podía hundirse y que las demás tampoco eran mucho más fuertes. En una fiesta, el politólogo Pablo Simón me lo explicó así: “Perdimos la fe en los cuerpos intermedios que vertebraban nuestra manera de concebir el mundo –los partidos, las ideologías, las iglesias, los sindicatos, la prensa– y buscamos religiones sustitutorias, elementos que nos permitan darle un sentido”. (le he pedido que rehaga la frase para esta columna) (no voy por las fiestas anotando lo que me dice la gente) (en la fiesta hablábamos del auge del horóscopo: “¿Qué puede haber más individualizado que el horóscopo, ver qué te va a pasar y cómo te engarzas en el mundo?”).

La tensión entre las personalidades empoderadas y las instituciones debilitadas es una forma muy entretenida de leer el mundo. Tenemos por un lado al individuo desprotegido por los partidos, las ideologías, las iglesias, los sindicatos y la prensa; el individuo que, por tanto, prioriza sus intereses personales sin mucho poder para realizarlos. Lo vemos en redes, eterno refugio del desposeído: a quien no le gustan las portadas que hacen los editores de prensa, se hace su propia burbuja en Twitter; al que no le gusta Twitter, que vaya a BlueSky, a Mastodon, a Threads. Y lo vemos fuiera de las redes: los votantes de unas elecciones democráticamente ganadas, por ejemplo, pueden convertirse en cómplices de una dictadura, si estiramos hasta la parodia esta lógica de David contra Goliat. Todo lo que no vele por tus intereses es susceptible de ser una institución.

Y tenemos por otro lado algunas instituciones con cierto poder y ningún control sobre los individuos a los que necesita dominar, incapaces de resultar tan seductoras como la realización individual. Algunas capean el trauma como pueden, compensando el desnivel dirigiéndose a un individuo emancipado. Otras, mientras, hacen lo contrario y alimentan una estética muy de estos días, una de sádicos huérfanos de mecanismos de dominación, cretinos y tiranos debilitados y estupefactos que intentan retener credibilidad, votantes, contribuyentes y creyentes sin perder su condición de sádicos; esgrimiendo una idea tan estúpida y tan boba, tan haber confundido la lealtad con la posesión, como: es culpa tuya que ahora tenga miedo de perderte.

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Sobre la firma

Tom C. Avendaño
Subdirector de la revista ICON. Publica en EL PAÍS desde 2010, cuando escribió, además de en el diario, en EL PAÍS SEMANAL o El Viajero, antes de formar parte del equipo fundador de ICON. Trabajó tres años en la redacción de EL PAÍS Brasil y, al volver a España, se incorporó a la sección de Cultura como responsable del área de Televisión.
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