Sanxenxo

¿Cuándo se vio que un rey legalmente inviolable diera explicaciones? Solo los pusilánimes y los contribuyentes dan explicaciones

El rey emérito Juan Carlos I, a su llegada a Sanxenxo, Pontevedra, el 19 de mayo de 2022.
El rey emérito Juan Carlos I, a su llegada a Sanxenxo, Pontevedra, el 19 de mayo de 2022.BRAIS LORENZO (AFP)

Está claro que el rey emérito esperó a ver el éxito en Eurovisión para decidir su regreso. Estamos todos jubilosos por el triunfo de Chanel y ahora Sanxenxo es como un nuevo Saint Tropez al que se llega en jet. Me gusta que el emérito escoja un mar frío, nuestro norte Atlántico, porque sumergirse en esas aguas, incluso en el julio más tórrido, es algo inolvidable y que garantiza buena salud por muchos años.

Casi todo son buenas noticias en torno a este regreso oficial del rey emérito, nuestro jet setter más ejemplar; se entiende que sea exprés y con agenda cargadísima. Jets, regatas, autopistas, policías, reuniones familiares, infantas que se plantan, igual que el padre, sin más explicaciones. ¿Cuándo se vio que un rey legalmente inviolable diera explicaciones? Solo los pusilánimes y los contribuyentes dan explicaciones.

Es inexplicable, incluso ñoño, el empeño de algunos ministros en no entender que los Borbones no se explican. Igual que los Reyes Magos o la fecundación de la virgen María, los crees o no les crees, te aguantas la inviolabilidad y listo. Y, sobre todo, te acostumbras a que ellos, como millonarios, nos hablen el lenguaje de los hechos consumados. Por ejemplo, llegar en jet privado para asistir a una regata. Y descender agónicamente las escaleras porque no se te ocurrió ensayar, al estilo Chanel, esa llegada. El exilio y la inviolabilidad te hacen perezoso. La infanta Elena, fiel a su papel de intermediaria, hizo una reverencia, luego ridiculizada por el campechano y espontáneo saludo de un operario del aeropuerto que saludó a don Juan Carlos como si fuera uno más. Sin explicaciones, el desorden reina, todo queda más ridículo. El propio emérito ha fastidiado su regreso y esa bajada de escaleras se suma a otras imágenes: dormido en el transcurso de un discurso, fotografiándose junto a un elefante muerto o con un amigo sátrapa. Él puede creer que le sirven para evadir explicaciones. Pueden, peligrosamente, convertirse en su legado.

Pero pensemos en lo bueno. Sanxenxo, un oasis fresco. Qué maravilla de inesperado protagonismo. Es como si el Gordo de la Lotería hubiera entero caído allí, en ese privilegiado entorno de pinos, aguas frías, marisco pleno de sabor. ¡Emérito, tenga cuidado, que el cuerpo no entiende de explicaciones ni excusas y después de casi dos años de abstinencia y alimentación fundamentalista no es recomendable pasarse con el jamón, el Albariño, las nécoras, percebes y lo demás! Mi mamá decía que en España no solo se come bien sino que se come bien todos los días. Con la euforia por el regreso, es casi seguro que pueda producirse un cierto exceso de adrenalina en Sanxenxo comparable a la sobredosis de harinas en la boda del hijo de Carmen Borrego, la hija menor de María Teresa Campos. ¿Por qué esa boda coincidió tanto con el triunfo de Chanel en Eurovisión como con el retorno del emérito? Recuerdo, como nunca, a Bárbara Rey cuando decía aquello de que “una mano negra torcía las cosas” en su contra. Esa mano negra consiguió eclipsar toda una boda española ejemplo de neocasticismo sincero, con frufrú de sedas, escotes, plumas, redondeces, zapatos con pulsera tobillera y cientos de panes de harina blanca convertidos en centros de mesa, símbolos perecederos de prosperidad.

Es todo un desorden de conductas desordenadas. Tanto privilegio no puede ser bueno. Mientras el rey emérito vuela a Vigo, en un jet privado con matrícula de Aruba, propiedad de una empresa de Angola, la reina emérita está en Miami para recibir al buque escuela Juan Sebastián Elcano, consciente de que su destino es regresar a España en un vuelo comercial para cambiarse y fotografiarse junto al emérito, al que no huele desde hace dos años. Sin más explicación que cumplir.

Por todo esto, desearía que el rey, aunque desentrenado, como confesó antes de viajar, ganase la regata. Sin más explicaciones, realmente por cojones.

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