Marilyn 2022

Puede que Kim Kardashian pretenda recibir algo del aura de Marilyn Monroe. Si es así, aplaudo que un traje siga siendo relevante. Más aún, que lo sea en esta era de copiar y espiar

Marilyn Monroe canta 'Cumpleaños Feliz' para el presidente John F. Kennedy en el Madison Square Garden de Nueva York en mayo de 1962.
Marilyn Monroe canta 'Cumpleaños Feliz' para el presidente John F. Kennedy en el Madison Square Garden de Nueva York en mayo de 1962.Bettmann (Bettmann Archive)

A pocos meses de celebrarse los sesenta años de su muerte, Marilyn Monroe vuelve. No solo para ser noticia, sino también para revisitar su mito, su vigencia y su vestuario. Algo a lo que ha contribuido la reaparición de su celebérrimo vestido de lentejuelas, cosido sobre su cuerpo y diseñado por Jean Louis, célebre vestuarista de la MGM, con el que llegó la actriz muy, muy retrasada para cantar cumpleaños feliz al presidente Kennedy en el Madison Square Garden. Es una secuencia que está entre lo mejor del siglo americano y que Kim Kardashian decidió reutilizar en la gran fiesta de la moda del siglo XXI que es la gala del Met.

Marilyn es un legado que cada 20 años reactiva su mito para que nuevas generaciones puedan incorporarse a su culto. 60 años después, ese traje de lentejuelas es casi una bandera de la pugna de las mujeres por hacerse un lugar en la historia, demostrando su diversidad y capacidad de liderazgo. Cuando ella decidió aparecer con ese vestido no solo estaba en la cima de su éxito, la mujer más famosa del mundo, también era una figura poderosa y decisiva para la industria cinematográfica. Una líder inestable pero indiscutible que aprovechó ese momento para confirmar que su relación con el presidente Kennedy no era solo un rumor. Era una relación entre dos potencias, Washington y Hollywood. Al hacerlo acuñó una actitud valiente, decidida, que pudo precipitar su muerte, pero que cimentó su inmortalidad. Marilyn se enfrentó a casi todo, a sí misma, a su belleza, a los hombres, a Hollywood y al olvido. Gracias Kim por vestir el traje e inocularle a una nueva generación la importancia de Marilyn Monroe.

Es lo que me ha seducido del documental de Netflix sobre ella: a través de cientos de imágenes constatamos su aporte a la cultura de la celebridad, el poder y la debilidad que acompañan a la fama. Marilyn no lo inventó todo. Pero lo mejoró siempre, defendiendo su perenne actitud de ingenuidad, de falsa rubia tonta, muñeca sexual que atonta a los hombres y desnuda su inferioridad. Algo que le ha permitido ser un símbolo femenino. Estuve en La Resistencia intentando exponer todo esto a los veinteañeros y me asombró ver como reaccionaban a la historia de que su famosa melena rubia platino, esculpida como si fuera un yelmo, era algo deliberado. Iba prácticamente desnuda, el vestido era una segunda piel con lentejuelas, pero el pelo era un casco que además rendía homenaje a la carrera espacial que caracterizaría la presidencia de Kennedy, casi tanto como el noviazgo con ella y su posterior magnicidio.

Coincido con la afirmación del señor Bolaños, ministro de la Presidencia, de que estamos en la fase de aclarar los hechos. Pues sí, para mí todo esto está cosido a ese semitransparente vestido de Jean Louis. Puede que en su travestismo, aunque haya una cierta nostalgia, Kim pretenda recibir algo del aura de Marilyn. Si es así, aplaudo que un traje siga siendo relevante. Más aún, que lo sea en esta era de copiar y espiar. De malware peligroso como Pegasus. Si hubieran existido teléfonos inteligentes y espionaje organizado por españoles y marroquíes en la era de Marilyn y Kennedy, hoy no disfrutaríamos de su mito.

Aunque el hábito no hace al monje, ni a la monja, si los vestidos no fueran importantes no comentaríamos el que una catedrática en Extremadura use el mismo modelo bicolor que la reina Letizia para coincidir en una entrega de premios y que ambas puedan comprarlo por el mismo precio, 49,99 euros. Se trata, sin duda, de un signo minimalista del anclaje popular de la Corona. Que además se viste con precios ajustados que no hacen mella en la discreta y semitransparente fortuna que declara Felipe VI.

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