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¡VAYA, VAYA!
Columna

Sacar la lengua en procesión

La Semana Santa no solo toma las calles, también nuestra forma de hablar

Profesionales en la conservación del patrimonio colocaba parte de un altar de Semana Santa donde pone INRI. Esta pieza del siglo XVIII del monasterio de la Encarnación (Madrid) fue diseñada por Ventura Rodríguez y se puede ver en la Galería de las Colecciones Reales.Andrea Comas

Hay dos fiestas que toman las calles de media España, cada una a su manera, claro: las Navidades y la Semana Santa. Dos celebraciones católicas que afectan al habitual transcurso de la vida de muchas localidades de este país aconfesional según la Constitución.

En Madrid, unas 75 calles se verán afectadas hasta el Domingo de Resurrección, es decir, el próximo, para quien no conozca el calendario litúrgico. El viernes (Santo) por la tarde, como en Nochevieja, se cerrarán las bocas de metro de Sol, para esto da igual que muera Jesús de Nazaret o que muera el año. Ninguna otra religión ocupa tanto espacio público. Estamos en plena Semana Santa, es Jueves Santo, ya saben, uno de los días del año que brilla más que el Sol. Según el dicho popular: “Hay tres jueves que relucen más que el Sol: Jueves Santo, Corpus Christi y la Ascensión”. Aunque, si las referencias de Los Simpson ya se están quedando obsoletas, me temo que estos dichos populares han pasado a la categoría de impopulares, cambio climático aparte, claro.

Si Cristos, Vírgenes, cofrades, nazarenos, saetas, hermandades, pasos y cirios inundan las calles de Pascuas a Ramos, o sea, una vez al año; mucho más plagan nuestro lenguaje, lleno de referencias a esta Semana de Pasión ―la que va de Ramos a la Pascua―, se crea en que Jesús murió y resucitó al tercer día o en que Cupido es el hijo de Venus y Marte.

Lloramos como Magdalenas o pedimos que nos aparten de ese cáliz ante los calvarios que sufrimos o vemos a diario

“¡Por Tutatis!”, dice Astérix. “¡Por Dios!”, exclamamos nosotros, en inglés hasta usamos siglas: “OMG!” (“Oh my God!”). “¡Por los clavos de Cristo!“, si la sorpresa o el asombro es mayor, y en este mundo que vivimos, con la cantidad de cruces que cargamos, la perplejidad va in crescendo. No así los clavos con los que sujetaron a Jesús en la cruz, que son tres o cuatro, uno para cada mano y uno para los dos pies o cada uno el suyo, según escuelas.

Lloramos como Magdalenas o pedimos que nos aparten de ese cáliz ante los calvarios que sufrimos o vemos a diario y, también, por los Judas que nos encontramos. Hay quien se vende por cuatro perras (la influencia de la numismática en el lenguaje es otro cantar) y los medios de comunicación están llenos de quien lo hace por varios miles o millones de euros y luego, para más inri, intentan lavarse las manos.

Hace mucho que tenemos superado el escepticismo de santo Tomás, uno de los apóstoles, que, según el evangelio de san Juan, hasta que no vio y tocó las heridas de Cristo resucitado no creyó que su maestro había vencido a la muerte. Vamos de barrabasada en barrabasada. Lo más inverosímil puede ser verdad. Hay demasiadas personas y entidades queriendo transustanciar la mentira en realidad y viceversa, como si de la sangre y el cuerpo de Cristo se tratara. Por tanto, figuras como la de santo Tomás ―verificadores de hechos― son totalmente necesarias. Ver para creer y, a veces, ni viendo puedes fiarte. Hay bulos que se extienden antes de que cante el gallo.

Y para quien quiera zafarse de penitentes, tambores, procesiones, dolorosas, oficios y santos entierros, aunque los tengamos incrustados en el lenguaje, y celebre los días de descanso de otra forma: ¡Cuidado con cogerse una torrija y acabar hecho un cristo!

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