CAÑADA REAL

Nochevieja en la Cañada Real: “sin luz pierdes las ganas de todo porque el frío paraliza”

La última noche del 2020 en el sector seis, sin electricidad desde hace tres meses. El ruido de los grupos electrógenos solo se rompe con los petardos tras las campanadas

Para calentarse durante la noche antes de que den las 12 y salga la gente a la calle con petardos y fuegos artificiales, los chavales se calientan con pequeñas hogueras en la calle.
Para calentarse durante la noche antes de que den las 12 y salga la gente a la calle con petardos y fuegos artificiales, los chavales se calientan con pequeñas hogueras en la calle.David Expósito

Un rumor recorre la Cañada Real. Circula en boca de niños y mayores, gitanos y marroquíes. Cobra fuerza en las calles embarradas y se filtra por el interior de cada casa. Salpica a Naturgy, la empresa concesionaria del suministro eléctrico, e incluso a la presidenta regional Isabel Díaz Ayuso. El runrún dice que la luz vuelve el primero de enero al mayor asentamiento irregular en Europa. Lo dicta el sentido común: nadie cree que 1.800 menores puedan pasar así más de tres meses. Se diría que los acontecimientos, sin embargo, sugieren lo contrario.

—No pararán hasta que muramos congelados.

Yusef tiene 20 años, trabaja en la incineradora de basura de Valdemingomez y vive con sus padres y hermanos. Es el último día del año y el joven—desgarbado y miope— espera apoyado en un poste al compañero que le llevará al trabajo en coche. En la Cañada pocas familias celebran la Navidad, señala. Primero, porque muchas de ellas son musulmanas y usan el almanaque islámico que comienza el 16 de julio del 622 d. C en el calendario gregoriano. Segundo, por el desplome de los ánimos: “Sin luz pierdes las ganas de todo porque el frío paraliza”. Excepto por los fuegos artificiales, en la Cañada no se celebra la Nochevieja.

Muchas familias españolas se marchan a otros barrios y pueblos donde festejar estas fechas con las comodidades que se le presuponen. No así las de origen magrebí. La casa familiar de Yusef, levantada hace dos décadas, se halla junto a la mezquita del sector seis, el más afectado por unos cortes que comenzaron en octubre. Las autoridades vinculan lo sucedido a los picos de tensión eléctrica que ocasionan las plantaciones interiores de marihuana. En el primero de los seis kilómetros de esta zona, perteneciente al distrito de Villa de Vallecas de la capital, se alarga un poblado de la droga que proyecta su sombra sobre toda la Cañada. El asentamiento brota por entre los desechos y a partir de la autovía A-3.

No resulta extraño encontrar a toxicómanos deambular, como aturdidos, por los alrededores. A partir de la mezquita las chabolas desaparecen. Las casas encaladas y rematadas con hojalata se esparcen en línea recta a cada lado del camino. “Lo que más me gusta del trabajo es ducharme con agua caliente”, gesticula Yusef. Los empleados tienen baños a su disposición porque gestionan residuos tóxicos. Él exprime esos minutos de disfrute porque desconfía de los rumores. “La gente necesita esperanzas para vivir. Por eso surgen mitos sobre que la luz vuelve el día uno de enero. Pero yo no soy tonto”, relata con suficiencia. El coche de su amigo se detiene unos instantes, Yusef se sube y ambos ponen rumbo hacia la niebla espesa.

Al contrario que Yusef, los chavales disfrutan estos días de vacaciones escolares. Por unas semanas han desaparecido los autobuses que tanto colegios como institutos fletan para recoger al alumnado de la Cañada. Quien no trabaja, estudia. “Nuestra cultura dicta que debemos esforzarnos”, sentencia Omaima, de 19 años y al frente de una tienda de comestibles que regenta su padre. El blanco y el azul confieren al local un aspecto rifeño. Lo que más se vende antes de Nochevieja son los petardos. Por la carretera repleta de baches los más pequeños van y vienen con sus bicicletas. Algún adolescente hacer rugir su quad al cruzarse con conocidos:

— ¡Esta noche los fuegos artificiales de la Cañada se van a ver desde la luna!

— ¡A las doce nos vemos abajo!

Con el atardecer emerge un zumbido de los generadores y motores de gasolina que, conectados a un transformador, permiten la conexión a Internet y conceden algunas horas de luz antes de irse a la cama. Pedro Marcos, de 47 años, acaba de encender el suyo para darse una ducha y acicalarse de cara a esta noche. También ha colocado una estufa de leña en la sala de estar. Para instalar la chimenea hubo de abrir un boquete en el muro exterior. Este constructor jubilado cenará hoy con una de sus hijas en Vallecas. Podrá seguir la retransmisión de las doce campanadas y celebrar el nuevo año con carne asada: “Llevo empadronado aquí más de 30 años. Solo quiero un contador y pagar la luz”.

La Cañada se originó a finales de los setenta gracias a cables y estacas con los que se delimitaron las parcelas, como sucedió en otros muchos barrios de la capital. La urbanización se quedó al margen del intento de regularización que efectuó el gobierno del socialista Joaquín Leguina en 1985. Se da la paradoja de que las viviendas carecen de cédula de habitabilidad, pero durante una década sus moradores pagaron el Impuesto sobre Bienes e Inmuebles (IBI), “hasta que un día se negaron a seguir cobrándolo”, asegura Pedro. La luz y el agua de su vivienda están pinchadas al suministro general.

Él mismo realizó la instalación, como levantó cada piedra de este lustroso chalé que se ha convertido en una cárcel. Todas las fuerzas políticas de la región firmaron un pacto en 2017 por el que, en algún momento aún indeterminado, se realojará a los 2.900 vecinos del sector seis. Pedro está dispuesto a irse: “Si no me he muerto antes”. El acuerdo también hablaba de “garantizar a los ciudadanos de Cañada Real un adecuado suministro de energía eléctrica”, a través de un plan de rehabilitación de la red que nunca ha terminado de implantarse. María, esposa de Pedro y abuela de cuatro criaturas, acerca sus manos al acero incandescente de la estufa:

—Yo no puedo vivir así. Si los rumores son infundados y seguimos sin luz, este mes me veré obligada a ocupar un piso.

Una caravana de vehículos enfila la salida de la Cañada. Entre ellos está el de Pedro y María. La oscuridad se los traga y aparecen en la autovía tan solo unos minutos después. Los faros de los coches se reflejan en cada charco e insinúan sombras y las siluetas de los edificios. Los vecinos se reconocen unos a otros solo cuando sus frentes están ya a punto de chocarse. En el interior de una casa, los hermanos Walid y Mouad, de 19 y 15 años, apuran la sopa y no le quitan ojo a un canal de televisión marroquí. Sin suministro eléctrico el recetario se reduce. Comen verduras a la plancha y caldos. Nada de horneados ni guisos que requieran mucha cocción.

El mayor de los hermanos estudia un grado medio de electricidad, mientras que el menor termina la secundaria en un instituto de Rivas. Suelen hacer los deberes con velas hasta que llega su padre y enciende el motor un par de horas. “Algunas mañanas les da vergüenza ir a clase sin ducharse”, asegura la madre, sentada en el sofá y envuelta en dos mantas de felpa. Junto a ella se encuentra su hermana, tía de los chavales, quien carece de un coche, motor o estufa de butano con los que calentarse sola. La falta de electricidad ha transformado hasta las costumbres más mundanas.

Pirotecnia a medianoche

La familia vivió hasta el 2001 en el barrio de Lavapiés. Entonces el céntrico piso se quedó pequeño para criar a un segundo hijo. Compraron y arreglaron su actual hogar por unos 30.000 euros, porque otros familiares les recomendaron la Cañada. Repasando el presente, se arrepienten de aquella decisión. La madre señala la ropa del tendedero —que lleva colgada tres días, pero sigue húmeda— y se lamenta: “Solo espero que mañana tengamos luz. Voy a volverme loca si sigo escuchando el ruido de los motores. Me estoy medicando para poder dormir. Quiero que busquemos un piso en pueblos baratos como Tielmes o Villaconejos”.

En la calle los jóvenes explotan los primeros petardos y tracas. A las azoteas se asoman las madres con sus batas. Jalean y aplauden los torbellinos, volcanes, meteoros, intermitentes, farfallas y silbatos que chisporrotean por toda la Cañada. El primer signo festivo del día llega casi a las 12 de la noche. El estallido de la pólvora abre un agujero de color en medio de la oscuridad. Walid y Mouad pegan un gran salto cuando un artefacto cae bajo sus pies. Los chavales corren unos detrás de otros con bengalas y otros artefactos explosivos. Aquellos de mayor envergadura asoman por encima del poblado de la droga. Ha llegado el nuevo año, pero nadie parece reparar en la hora. Pasada la medianoche, la Cañada permanece a oscuras.

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