LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

La última voluntad de Ángel: “Que mi muerte ayude a los demás”

La familia de un óptico contagiado de coronavirus cumplió su deseo de donar su cadáver a la ciencia cuando apenas se habían practicado autopsias en España por el riesgo que suponían

Ángel Lozano, de 48 años, víctima del coronavirus, en la sierra de Madrid, en una imagen cedida por su familia.
Ángel Lozano, de 48 años, víctima del coronavirus, en la sierra de Madrid, en una imagen cedida por su familia.

Ángel Lozano era óptico. Se pasaba el día encerrado en una cabina de graduación, un espacio cerrado y sin ventilación, tratando de enfocar la vista de sus pacientes. Con esa misma nitidez observaba el momento de su muerte, un hecho biológico que no ocultaba detrás de ningún velo. Cuando llegue mi hora, le decía a menudo a Patricia Ramiro, su esposa, a la que conoció en un foro de aficionados del Camino de Santiago, dona mi cuerpo a la ciencia. Lo decía muy serio, así como se ponía él. No te gastes ni un duro en el funeral, insistía terco, porque no me gustan los cementerios ni las iglesias.

—Con ese dinero os vais de cañas y brindáis por mí.

Ese momento que entonces parecía lejano, en realidad, se escondía a la vuelta de la esquina. Ángel Lozano, de 48 años, comenzó a presentar síntomas de contagio de coronavirus a finales del mes de marzo. Afectado de los pulmones, permaneció ingresado 24 días en la unidad de cuidados intensivos de la Fundación Jiménez Díaz. El 30 de abril, cuando su muerte era inminente, ella insistió en que quería verlo con vida una última vez:

—Pues ven lo antes posible, corre.

Patricia avisó a la madre y al hermano de Ángel. En un abrir y cerrar de ojos estaban los tres plantados en la puerta del hospital. El problema es que Ángel se fue en ese abrir y cerrar de ojos. Aun así, los tres se enfundaron un traje especial y subieron a contemplar su cadáver postrado en una cama. El personal médico lo tapó con una sábana hasta el cuello para que las heridas de los tratamientos no quedaran a la vista. Patricia recuerda que tuvo la sensación de que Ángel, así tumbado, con el rostro sereno, parecía dormido.

Aturdida, todavía conmocionada, una doctora le preguntó si le importaba que tomaran una biopsia del pulmón para analizarlo. Su caso era un misterio. Un hombre joven, sano, que poco a poco comenzó a respirar mal, que el día que llegó al hospital parecía enfermo, sí, pero que en ningún momento se pensó que se trataba de un caso irreversible. Evolucionó bien durante los primeros diez días en la UCI, se le llegó a extubar porque la mejoría era evidente, pero al que de repente, de una forma violenta e inexplicable para los médicos, el virus volvió a atacar.

Entonces Patricia recordó aquellas conversaciones con su marido, a cuenta de nada, que parecían referirse a un futuro remoto, pero que ahora cobraban todo el sentido. Dijo que sí, por supuesto, tomen lo que hagan falta. Es más, ese era su último deseo. “Que mi muerte ayude a los demás”, le recuerda decir. Así, el cadáver de Ángel fue al primero que se le hizo una autopsia en ese hospital y, sin duda, uno de los primeros en toda España, un país todavía aturdido por la pandemia. En esa etapa de colapso sanitario todavía se debatía si era seguro para los forenses examinar cuerpos infectados por el virus. En casos como el ébola es tan grande el riesgo de contagio que directamente no se practican.

“En el momento en el que se le hizo la autopsia al cadáver de este chico había poca información sobre la enfermedad. Saber lo que pasó en ese cuerpo te permite generar hipótesis que se puedan usar en un futuro tratamiento”, explica por teléfono el doctor Quique Bassat, investigador Icrea del Instituto de Salud Global de Barcelona. En esas fechas se debatía entre los patólogos cómo evitar los problemas de coagulación derivados de la enfermedad, como la ruptura de los vasos sanguíneos, que aceleraban la muerte. “Cuando haces una autopsia puedes entender qué está pasando y ayudar al siguiente paciente. El gesto de esta familia fue de una gran generosidad”. Por esas fechas, según la Sociedad Española de Anatomía Patológica (SEAP), solo se habían publicado los resultados de 15 autopsias en todo el mundo. La primera en España se llevó a cabo en el hospital Ramón y Cajal de Madrid, una semana antes que la de Ángel.

Antes de la pandemia que puso el mundo en suspenso, él vivía la mejor época de su vida. Por fin se había asentado en un trabajo estable, después de estudiar Sociología, trabajar en el registro de la propiedad y regentar el negocio de su familia, una óptica de barrio, mientras estudiaba Optometría los fines de semana. Tuvo que bajar la persiana de la tienda tras una mala racha. Ahora, por fin, asentado en un empleo por cuenta ajena, planeaba viajar a Estados Unidos con Patricia y su hija de siete años. La niña, al enterarse de que su padre había muerto, escondió sus fotos en un cajón y aseguró que las volvería a ver cuando fuera mayor y pudiera entender mejor lo que había pasado. Ángel, poco antes, se había comprado una de las mejores bicicletas plegables del mercado, la Brompton, y tenía en mente hacerse con una moto. Era consciente que cumplía el tópico de la crisis de la mediana edad.

El día que ingresó en urgencias, el 6 de abril, tenía 39º de fiebre. Se había despedido de Patricia en el ascensor de casa, sin tocarse, con un beso en el aire, y después se subió a un taxi rumbo al hospital. Según el informe médico, estaba consciente y orientado, sufría tos y presentaba una saturación de oxígeno del 81%. Le pusieron una bombona de oxígeno y mejoró mucho. “Paciente estable. Se mantendrá en observación toda la noche. Si su saturación baja del 92% avisar a UCI”, se lee en el papel.

Bajó, por lo que al día siguiente lo ingresaron en la UCI. Por error, en un formulario escribió su propio número de teléfono en el lugar donde debía poner el de algún familiar de contacto. Así que su familia no tuvo noticias de él durante sus primeros cuatro días intubado e inconsciente. Después de llamar decenas de veces a la fundación, lograron recibir el parte diario de su situación. Al décimo día todo eran buenas noticias: en 24 horas le desintubarían después de una mejora evidente. Su familia lo celebró, era la señal que estaban esperando.

Sin embargo, al poco de desconectarlo de las máquinas, volvió a empeorar. En ese tiempo que estuvo consciente los médicos dicen que estuvo poco comunicativo, como enfadado y triste. A Patricia le atormenta no haber estado a su lado en esos momentos, sus últimos de lucidez. Lo conectaron a un Ecmo, un soporte artificial que sustituye la función que el pulmón no puede hacer. Los hospitales, desbordados por el número de pacientes, trataban de salvar a enfermos jóvenes y sin patologías como él. En este caso no lo lograron.

Después de la autopsia a su cadáver, su familia sugirió que quizá se le podía enterrar en el nicho de sus abuelos. Patricia dijo que sí, casi de forma automática, pero al cabo de las horas cayó en la cuenta de que decía, con esa claridad de óptico, que no quería permanecer la eternidad sepultado. Su cuerpo fue incinerado en el cementerio sur de Madrid en una ceremonia muy discreta a la que asistieron las tres mismas personas que no llegaron a verle morir por un cuarto de hora. Su esposa, su madre y su hermano.

Su hermano César, tres años mayor, está empeñado en hacerse con el resultado de la autopsia. Llama a menudo a la fundación por si ya ha salido, pero allí le piden que tenga paciencia. Se publicará seguramente a finales de julio. Lo que quiere César, y Patricia, y todos los que le quisieron, es que si su caso aparece en algún estudio clínico no se le mencione como un enfermo anónimo, sino que se le cite con todas las letras. Ese fue su último gesto antes de dejar el mundo.

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