BARRIONALISMOSColumna
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Siempre hay historias detrás

El hombre a las puertas del supermercado por el que paso habitualmente es uno de tantos afectados por la burbuja inmobiliaria

Una persona pide limosna en la Puerta del Sol de Madrid, el año pasado.
Una persona pide limosna en la Puerta del Sol de Madrid, el año pasado.Jaime Villanueva

He dicho en infinidad de artículos que apuesto por el pequeño comercio y es verdad, pero también he comprado en supermercados. Recuerdo el “Comprebién” de mi infancia, que luego pasó a llamarse “For sale” y también que ahí pusieron una de las primeras panaderías de la zona en las que había baguettes de esas que calientan en el momento y salen ardiendo. Se formaban unas colas inmensas porque era algo novedoso. Tras unos meses, empezamos a ver a un hombre en la puerta que saludaba a todo el que entraba.

Se quedaba con nuestras caras y cuando salíamos, ponía las manos en forma de cuenco por si le dábamos algo del cambio que las cajeras acababan de devolvernos. En caso de que fuera necesario, si íbamos muy cargadas, hasta nos ayudaba cargando las bolsas un buen trecho. Muchas personas le entregaban alguna moneda y había quien, directamente, le compraba un paquete de arroz o latas de comida. Él siempre lo agradecía gritando muy alto “gracias”, tanto que cuando ya habíamos cruzado la carretera y estábamos metiendo la llave en el portal, todavía le escuchábamos. Desconozco qué habrá sido de aquel hombre, ni siquiera sé cómo se llamaba. Estaba en el barrio, le veía mínimo dos veces por semana; sin embargo, nunca me paré a preguntar y un día desapareció.

Ahora paso cada mañana por delante de otro supermercado para ir a trabajar y, como la inequidad y la pobreza son males endémicos en demasiados rincones del planeta, años después de dejar de ver al “señor del For Sale”, me encuentro idéntico escenario con otro actor. Pero yo ya no soy igual y no quiero que no me sorprenda lo que veo, no me gusta que la injusticia forme parte del paisaje ni, desde luego, ignorarla. Hace poco me paré y hablé con el hombre que cada mañana, llueva o truene, sostiene un ejemplar de la publicación “La Farola” plastificada, para que no se dañe por las inclemencias del tiempo o por el contacto. Da los buenos días y dedica una sonrisa a todas las personas que establecen contacto visual con él y casi todas le corresponden. Varias le dan dinero. A veces, yo también y me consta que no son más que parches, que de ninguna manera acaban con las desigualdades, ni siquiera las zurcen, solo las tapan. Era consciente de ello incluso antes de preguntarle por qué estaba ahí y después, más.

Jack (nombre ficticio) llegó a España cuando el trabajo parecía sobrar. La burbuja inmobiliaria repartió y repartió, aunque hubo quien se quedara con la mejor parte, hasta que explotó haciendo pedazos no solo los ladrillos sino un montón de vidas. Aún quedan familias enteras convalecientes de esa época de oro envenenada. A él, albañil, le tocó en el bolsillo primero y más tarde en los papeles. Al estar desempleado, no pudo renovar su permiso de residencia y ahora no tiene ni una cosa ni la otra. Por eso vende ese periódico que casi nadie lee y pocos se llevan, aunque lo paguen.

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