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Las leyendas urbanas del barrio

Cada lugar construye su propio bulo, aunque hay algunos que triunfan más y adquieren un carácter casi universal

Niños intercambiando cromos de la temporada 1995/96 en el Rastro de Madrid.
Niños intercambiando cromos de la temporada 1995/96 en el Rastro de Madrid.Cristóbal Manuel

Las leyendas urbanas son aquellas historias que se construyen partiendo de elementos reales, y reconocibles a los que se salpimenta con ingredientes ficticios. Pueden dar miedo o no; la de “Sorpresa Sorpresa”, el perro y Ricky Martin, por ejemplo, no provocaba exactamente terror, pero sí cierto estupor.

Cada lugar construye su propio bulo, aunque hay algunos que triunfan más y adquieren un carácter casi universal, pese a que después se adapten al lugar en el que se cuentan.

Los cromos con droga son un clásico, un sinsentido que se llevó muchísimo en los 80 y los 90. La trama era surrealista y del todo inverosímil. Sin embargo, quizá, por no romper la ilusión, decidíamos creérnoslo. Se desarrollaba en una época en la que se repartían cromos de forma gratuita en las puertas de los colegios, de manera que se aprovechó esa costumbre para echarle imaginación e inventarse que se impregnaba cada cartoncito con LSD. ¿Cuál era la finalidad de esta bizarrada? que el alumnado se enganchara y se convirtiera en consumidor habitual, algo del todo improbable, puesto que entre los seis y los catorce años (quizá los mayores, tenían más posibilidades), con la paga de cien pesetas que nos daban los domingos, solo nos llegaba para chucherías.

También tuvo bastante acogida la de la furgoneta blanca, un vehículo que, al igual que los Reyes Magos , podía estar en varios sitios ultra distantes al mismo tiempo, ya que mucha gente aseguraba haberla visto. Pura magia. Me suena que hacía fotos a los menores o algo así, el caso es que cada vez que nos cruzábamos con alguna, salíamos huyendo, por si acaso.

A mí lo que me llegó es que si ibas al baño, podías encontrarte a una mujer muy mayor que se acercaba para pedirte ayuda, entrabas con ella al aseo y no volvías a aparecer

La de la chica de la curva en mi zona no fraguó y menos mal porque si lo pienso, aún hoy, me entra canguelo. Y con esta leyenda concluiría las que son compartidas. Ahora, le toca el turno a las propias, las de mi municipio, Alcorcón.

Comenzaré por la de la anciana del ya extinto cine Valderas. No sé si la recuerdo bien debido a que me pilló pequeña y a que la gracia de estas trolas es que, al transmitirse oralmente, son un teléfono escacharrado infinito. A mí lo que me llegó es que si ibas al baño, podías encontrarte a una mujer muy mayor que se acercaba para pedirte ayuda, entrabas con ella al aseo y no volvías a aparecer. Eso se ha traducido en que generaciones y generaciones de alcorconeros nos tragáramos películas enteras sin movernos del asiento, daba igual que nuestra vejiga estuviera a punto de reventar o que fuera Titanic, con sus tres horas y pico. Aguantábamos.

Luego también teníamos la de los castillos, edificaciones que muchos vecinos coetáneos vimos y vivimos medio en ruinas, cosa que los convertía en apasionantes (y peligrosos) para explorarlos. Se rumoreaba que las almas de sus antiguos moradores vagaban por ahí, de modo que los más valientes y avezados iban a hacer sesiones de espiritismo, con güija incluida que tenía letras escritas a boli sobre la hoja de cuadritos arrancada del cuaderno de sociales. La precariedad era eso y la vida nos estaba avisando.

Nos las creyéramos o no, las leyendas urbanas formaban parte del folclore contemporáneo y son un elemento más del acervo común de los barrios. Nuestro acervo.

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