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Museos, ¡presentes!

La ciudad está plagada de museos más o menos conocidos que ya han abierto sus puertas y se han adaptado a la normativa necesarias para una visita segura en tiempo de covid-19

Una visitante observa la Dama de Elche, el martes por la mañana.
Una visitante observa la Dama de Elche, el martes por la mañana.David Expósito

¿A qué huelen los museos? ¿Y a qué suenan? De esto no se habla, pero como seres vivos que son: huelen y suenan. Eso no traspasa las pantallas que han sido las vitrinas a través de las que nos han mostrado sus fondos durante las semanas de confinamiento. Por fin han abierto, y no, no me refiero al Prado, al Reina y al Thyssen, de la apertura de este triunvirato ya se dio buena cuenta. Me refiero los otros muchos museos, fundaciones y salas de exposiciones que hay en Madrid. Uno de los últimos en comenzar a recibir visitantes ha sido el museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, con una colección tan espléndida como desconocida. Por ejemplo, conserva La primavera, el único ‘arcimboldo’ que se puede contemplar en una colección pública española. No va a ser solo único el gauguin de la baronesa, al que se le ha dado hueco hasta en Sálvame.

Hace exactamente un mes de un peculiar Día Internacional de los Museos. Peculiar porque los museos sin público no son museos y aunque todos abrieron sus ventanas/pantallas para celebrarlo, la visita virtual no es la real.

En la real, la Casa Museo Lope de Vega suena a violín. No estoy recurriendo a la metáfora, una llega al jardín (“Que mi jardín, más breve que cometa,/ tiene solo dos árboles, diez flores,/ dos parras, un naranjo, una mosqueta…”, Lope de Vega) y en cualquier momento comienza a sonar un violín. Cualquiera que haya estado allí varias veces sabe que eso es habitual. En el Ministerio del Tiempo sería el vecino violinista de Lope. La mención a la serie viene porque me sentí dentro de un capítulo cuando, recorriendo el huerto, veo en el suelo, junto a la puerta del fondo, dos espadadas con apariencia de llevar ahí un tiempo. Difícil sentir ese viaje ―y extrañeza― temporal si no es de manera presencial. Por mucho barrio de las Letras, por mucha capa y espada, por mucho Siglo de Oro que esté allí concentrado, una no deja de ser hija de su tiempo y le parece más normal que haya un dispensador de gel desinfectante a la entrada, un trabajador limpiando los bancos y dejando olor a lejía en el patio, que unas espadas junto al gallinero. Pregunto al personal del museo qué hacen esas armas ahí. Se sorprenden y al verlas, las recogen. “Son de los actores que han estado ensayando esta mañana, se las habrán dejado olvidadas”. ¡Vaya chasco! Una explicación propia del siglo XXI. Aunque en el museo se han suspendido todas las actividades, solo se puede hacer la visita guiada, guardando las distancias de seguridad y con un aforo reducido ―cinco personas por grupo, antes podían ser 15―, los actores han pedido permiso para seguir ensayando por eso de conectar el pasado con el futuro.

El presente son dos jóvenes de 20 y 24 años que acaban de visitar la casa de Lope por primera vez. Aunque él ve desde su ventana el jardín, no había entrado nunca. Sí, es el vecino violinista de Lope. La que ameniza esa mañana el patio (en realidad, ensaya) es su hermana, pero Diego, que pisó por primera vez hace unos días las estancias del literato, es el que lleva casi 20 años poniendo música al museo, son los que lleva estudiando. Final redondo a este capítulo inesperado del Ministerio del Tiempo en el que me vi metida. A por el siguiente…

Igual que Diego y Estela, los dos visitantes anteriores, que pretenden recorrer más lugares de Madrid que no conocen en los próximos días ―el Museo de Ciencias Naturales es uno de sus futuros objetivos o la colección de Stradivarius del Palacio Real que ella no ha visto―, pongo camino a mi próximo destino. Nada lejos de allí está el Museo ICO, en el que ahora se puede ver una interesantísima exposición sobre el arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oíza. Planos, alzados, plantas, maquetas, fotografías, publicaciones sobre sus proyectos como vehículo para viajar por España sin salir del centro de la ciudad ni saltarse ninguna norma de la desescalada. Desde la plaza de San Francisco en Palma de Mallorca, hasta el Centro Atlántico de Arte Moderno en Las Palmas de Gran Canaria, pasando por la Universidad Pública de Navarra o por el Palacio de Festivales de Santander. Es una enciclopédica muestra en la que perderse y en la que volverse a encontrar en la capital metida en Torres Blancas o en El Ruedo, esos edificios madrileños que tanto vemos pero tan poco se conocen. Lástima que no me crucé con nadie en todo el recorrido. Cuando piensas acerca del privilegio de estar sola en una sala de exposiciones y sabes lo que eso conlleva, el balance no es tan positivo. Más vigilantes que vigilados. Los aforos ―16 personas en la planta baja; 25, en la entreplanta y 9, en la primera― eran un recordatorio de que estamos en plena pandemia. Otra señal coronavírica fue que la obligada visita al baño al acabar de ver la muestra se complicaba un poco, al estar los recorridos marcados para que los visitantes no se crucen, no podía hacer el camino más corto, tenía que volver a empezar desde el principio. Esa es la norma, me la salté en connivencia con personal. Ningún visitante, de los 248 que recibieron la semana pasada, me vio, en ese momento no había.

Y si el Museo ICO sonaba al documental que invadía las salas ya que ningún otro ruido interrumpía la visita, el Museo Arqueológico Nacional sonaba a walkie-talkie de los vigilantes ataviados con pantallas faciales protectoras y mascarillas. “Voy a bajar un momento”, decía una voz metalizada. En las salas que narran la Prehistoria, una docena de visitantes no impiden escuchar esos comentarios internos. La señal que indica el aforo de 237 sorprende, ¿alguna vez se habrá llegado a esa cantidad ahí? Muchos me parecen hasta para la vida precovid-19, esa en la que no pensabas cuando llegabas a la taquilla y te daban la entrada. No la de ahora, en la que como acto reflejo coges el tique (sí, físico) y una vez que lo tocas piensas: “¡Ay, madre!, a desinfectarse”.

Los visitantes a museos son los mismos que están deseando ir al cine o al teatro, incluso los pequeños: a Inés, de 5 años, y con su mascarillita ―”para que se vaya acostumbrando”, explica su padre― se le ilumina la cara cuando dice que quiere ver Trolls 2, no menos que cuando habla de los pasadizos de las pirámides o de todo lo que metían en las tumbas los egipcios porque “pensaban que había otra vida”. Los ha estado estudiando en el colegio. Ahora las salas dedicadas a Egipto, entre otras, están cerradas, así que otros dos visitantes, David y Ana, se quedaron sin verlas e iban expresamente a ello. Si bien, está indicado en la web y ellos no lo habían visto, podría estar mejor señalado y que fuera una información más relevante.

A Carmen Pérez, que está a punto de entrar a ver la exposición Rodin-Giacometti en la Fundación Mapfre también se le ilumina cuando dice que está deseando ir a conciertos. Ha vuelto a la ciudad esa modalidad de pasar por una exposición para hacer tiempo mientras se sale de trabajar y se ha quedado para cenar. Es lo que hacen Carmen y sus compañeras, la motivación de Paloma es más fuerte, parada en uno de los carriles que marcan el sentido de la visita, ambos separados por una raya continua para no invadir el otro camino (nuevas normas para la nueva normalidad de los museos, ya se habló de “New Normal” tras la crisis de 2008 en la vida cultural neoyorquina), dice: “Me he quedado como viuda todo este tiempo, sin poder ver nada. Me gusta mucho el arte”. Ya se sabe: hay gente pa’to.

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