GENTE PARA TODO

Cómo ve un ciego en tiempos de no tocar

Los establecimientos y los medios de transporte se están llenando de señales visuales que indican las medidas que han de tomarse en su interior para prevenir y protegerse del coronavirus

En el centro de la imagen, Alberto Daudén espera la fila de un estanco.
En el centro de la imagen, Alberto Daudén espera la fila de un estanco.David Expósito

¿Habrá alguien en España que si se cruzase con Fernando Simón no le reconociera? El jefe del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad lleva más de dos meses y medio metiéndose en nuestras casas a diario. Es probable que sea la persona a quien más veces he visto y escuchado desde mediados de marzo; se disputa ese primer puesto con Salvador Illa, el ministro de Sanidad.

Alberto Daudén no le reconocería. Tuvo que preguntar qué aspecto tenía ese hombre de peculiar voz, porque no ve ni sus característicos ojos claros ni sus canas, aparentemente rebeldes. Daudén es ciego total desde los 20 años, ahora tiene 57, y, claro, tampoco era consciente de que la mayoría sabemos qué forma tiene el coronavirus SARS-CoV-2. Porque preguntar cómo es una persona es habitual, ¿pero un virus? ¿Alguno podría describir el de la gripe con el que llevamos toda la vida conviviendo? Sin embargo, esas esferas con pinchitos que están cambiando el mundo son una imagen recurrente en este mundo que no cambia y donde “todo es visual”, asegura Daudén, que sabe —porque se lo cuentan— que todo se está llenando de indicaciones y de pegatinas con normas y maneras de actuar en la presente anormalidad (de normal esto tiene poco).

Muchos hemos deseado cerrar los ojos y volver a principios de año cuando no sabíamos lo que se nos venía encima y que veríamos cosas que no creeríamos. A esa sensación de incertidumbre generalizada, Daudén le añade el no ver y el sí tocar en estos tiempos en los que mantener las distancias y el que no haya contacto físico es la medicina preventiva más recomendada. Él mantiene que “el tacto son sus ojos, para nosotros tocar es ver las cosas”. Le queda agarrarse a otra de las indicaciones: lavarse las manos, porque con guantes pierde sensibilidad y le dificulta la lectura en braille. Salir a hacer los recados de una mañana cualquiera es “una aventura”. “Pero, ¿qué voy a hacer? no me voy a quedar en casa”.

Alberto Daudén lee una nota escrita en braille.
Alberto Daudén lee una nota escrita en braille.DAVID EXPÓSITO

A la carrera de obstáculos de la antigua normalidad hay que sumarle los de esta anormalidad. Provisto de mascarilla, gel desinfectante y su bastón, Daudén va al estanco, está a pocos metros de su casa y el camino lo tiene controladísimo. Saluda a Raquel, la kiosquera, apenas se la ve detrás del parapeto de revistas y periódicos, se levanta y responde al saludo. Ha pasado allí toda la cuarentena, abriendo a diario. “Si le veo le digo: ‘Hola’, para que sepa que estoy aquí”. Daudén continúa guiado por su bastón. “Recomiendan tener uno de interior y otro de exterior. No sé qué haré, todavía no he ido a ningún sitio cerrado solo. Una cosa que también ha cambiado es cómo oigo el sonido que hace el bastón, es por la mascarilla, escucho todo diferente. Por eso recomiendan ponérsela en casa, para habituarse”, cuenta. Llega al estanco, entra y llega hasta el mostrador en el que se apoya. Ha pasado por delante de varios carteles con las instrucciones para acceder al establecimiento: el nuevo horario, que solo puede haber una persona dentro, los demás esperan fuera. También ha pisado una banda pegada en el suelo en la que se indica la distancia para pedir y no pegarse al mostrador. Nada de esto existe para él, ciego total, ni para las personas con alguna discapacidad visual que les impida percatarse. “Yo no puedo controlar los dos metros de distancia. Dependemos de la gente”.

Daudén ha ido al estanco a informarse sobre el abono transporte que compró el 13 de marzo y no usó porque se decretó el estado de alarma al día siguiente. Aún no ha cogido el transporte público, que es su manera habitual de moverse. “Me tendrán que decir si el autobús va lleno o puedo entrar o si me siento en un puesto que no se puede. Si lo indica una pegatina, no la voy a ver”.

Está claro que los obstáculos se han multiplicado. A la caca de perro que evitó porque le avisé, se unen malas hierbas que salen de algún parterre que lleva casi tres meses sin desbrozar y que toman parte de la acera… Y un “cuidado ahí” no sirve porque no sabe si es por un toldo demasiado bajo o por un obstáculo en la acera. Llega a la panadería, también le conocen. Por casualidad, se para sobre una de las cintas pegadas en el suelo que señala la distancia entre clientes. Se ha percatado de que había alguien por la voz. Cuando Marifé, la panadera, acaba de atender, se dirige a Daudén, le conoce desde hace años, le da en la mano la bolsa con la baguetina y la minichapata que ha pedido. Con otro cliente no lo haría.

De vuelta a casa, Daurén aprovecha que va acompañado para que le lea los carteles que hay pegados en el portal, dice que a veces hay pero que él no lo sabe. Le leo el típico cartel que hay en muchas comunidades desde hace semanas sobre el uso de espacios comunes, nada importante que no sepa. Le interesaba, sobre todo, si decía algo sobre la piscina. Le preguntará más adelante a algún vecino. La presente anormalidad va a consistir en echar mano de la gente más que antes, no hay indicaciones sonoras. Pero encontrará a quien le ayude. En Madrid hay gente pa’to.

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