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En busca de quién pagó 40 euros por entrar en Arco

Después de una hora frente a 12 de las taquillas de la entrada Sur de Ifema, la más cercana al metro, no llegan a 20 las personas que se han acercado por algo referente a los tiques de la feria

Una mujer en las taquillas de la puerta Norte de Ifema, el pasado viernes, el primer día que Arco estaba abierto al público.
Una mujer en las taquillas de la puerta Norte de Ifema, el pasado viernes, el primer día que Arco estaba abierto al público.DAVID EXPÓSITO

¿Quieres una entrada para la feria? ¿La quieres? ¿Vas a entrar? ¿Tienes entrada?, pregunta insistente un hombre, alto, delgado y con la cara muy chupada. Lleva una mochila grande a la espalda y el pelo gris y fosco recogido en una coleta. Pocas cosas hay peores para las melenas rebeldes que la humedad y, por fin, el domingo por la tarde llovía en Madrid. Estaba aposentado en la entrada de la calle de Montalbán desde el paseo del Prado y abordaba a todo el que pasaba por allí con intención de visitar Art Madrid, una de las ferias de arte contemporáneo que hasta el pasado fin de semana se multiplicaban por la ciudad. Reventa de entradas en ferias, ni que fuera la de San Isidro.

No, no era una performance, que bien podría serlo para meter el dedo en una llaga: ¿quién compra la entrada de 40 euros para ir a Arco? Solo he faltado a una edición de esa feria desde 2002. Nunca he pagado. La gente de mis círculos también va religiosamente. No pagan. Invitaciones de patrocinadores, de galeristas, pases de prensa, el primo de una tía, “en mi trabajo reparten”, el ministerio de noséqué, soy artista de la pista… existen decenas de fórmulas para entrar gratis. Por supuesto, los que van a lo que hay que ir: comprar —es un mercado— son VIP invitadísimos. Pero alguien desembolsará esa cantidad. ¿No hay en Madrid gente pa’to?

Después de una hora frente a 12 de las taquillas de la entrada Sur de Ifema, la más cercana al metro, no llegan a 20 las personas que se han acercado por algo referente a los tiques de Arco. Más de la mitad de las ventanillas no están operativas. Las de la puerta Norte del recinto ferial están más solitarias aún. En ellas solo dos taquilleros —los otros seis puestos, vacíos— que aseguran que sí compra la entrada mucha gente. Son las cuatro y media de la tarde del viernes pasado, el primer día que Arco abría al público general y no solo a profesionales. Me dispongo a encontrar a algunos de esos “muchos” que dicen dentro de los pabellones. Misión: ir a una feria de arte contemporáneo a ver a la gente más que las obras. Vamos, como una gran parte.

Entrada del pabellón 7, una señora arregladísima despliega el mapa, lo observa un poco perdida. Su aspecto clásico lo confirman las galerías que busca, la suiza Hauser & Wirth y la madrileña Elvira González. Va sobre seguro. Se llama Teresa y tiene 75 años: “He venido muchas veces a Arco. Me invitan mis amigos, vengo a verles”. Cerca, Jorge, 30 años, cazadora vaquera con borreguito —último modelo en los ochenta y ahora—, y corte de pelo a tazón, lo que no cabe dentro de este, rapado. No ha pagado: “Vengo con la entrada de un amigo de mi amiga. Bueno, mi amiga tampoco le conoce. Estoy aquí por curiosidad, me da morbo. Nunca había venido”. Un trabajador vinculado con alguna galería, que pide no ser identificado, asegura que hay gente relacionada con estas que acredita a sus amigos. “Luego no pisan una galería”.

Unos visitantes, en Art Madrid el pasado domingo.
Unos visitantes, en Art Madrid el pasado domingo.DAVID EXPÓSITO

Las ferias son un lugar para ver y ser visto y, por supuesto, para fotografiarse. Una familia lo hace con una de las obras que más ha aparecido en los medios de comunicación, Selfie, de Michelangelo Pistoletto, en el estand de Giorgio Persano. Un autorretrato con una pieza en la que ya se están haciendo un selfi, el selfi infinito. Sin el temor inicial al coronavirus, la cola para hacerse la foto de turno en la galería turinesa era mayor que en las taquillas. Fácil. Quienes estaban allí no habían esperado fuera, por ejemplo, la familia (una pareja, un bebé de un mes y una de las abuelas de la pequeña) entraron gracias a que conocen a una persona que trabaja para uno de los patrocinadores.

En los pabellones es difícil encontrar a quien ha desembolsado algún euro por entrar. Habrá que abordarlos, como el hombre de la reventa, en las taquillas. Dos amigas perfectamente ataviadas con maxiabrigos de paño y una de ellas con vestido de lunares —el outfit propio del invierno, podría escribir “modelito” pero esto es Arco— llevan las entradas compradas por Internet, 20 euros porque son estudiantes, pero una de ellas se confundió y compró una visita guiada en vez del pase. Los taquilleros le recomiendan que lo reclame por mail. Acaba comprando otro tique de estudiante.

También se pueden encontrar pagadores de Arco en otras de las ferias. En Drawing Room, Elena Guardia, una profesora de Andorra que paga la entrada de las ferias a las que va.

Fue un fin de semana para venir a Madrid y empaparse de las nuevas tendencias, inspirarse, ver qué es lo que está ocurriendo en el arte actual, conectar con lo que se hace y se compra… Estos son los argumentos mayoritarios de los visitantes, iguales en el centro de Madrid en una feria que lleva cinco años dedicada al dibujo o en el centro del pabellón 9, lugar privilegiado de Arco, en el estand de Juana de Aizpuru.

O quien encuentra un resquicio por el que les merece la pena pagar: dos hermanas que compraron el pase joven de Amigos de Arco, 70 euros para entrar toda la feria cuatro personas y no siempre las mismas. Les mereció la pena.

Así que solo puedo concluir, según los datos facilitados por la organización que de las 93.000 vistas de Arco, 36.000 fueron profesionales. La recaudación y las entradas vendidas: un misterio por ahora. ¡Ay, las cifras en las ferias!… Más ausentes que la polémica y eso que ese año ha estado flojita, Franco ya no es lo que era. Menos mal.

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