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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

A quienes fueron tanto siendo nada

Este Primero de mayo volvemos a aquel cementerio junto a los familiares de las víctimas, y mis palabras serán también las de toda una generación que no renuncia a la memoria, la dignidad y la justicia.

Jordi Sarrión-Carbonell
Comunidad Valenciana censo de víctimas franquismo
Una de las fosas comunes de represaliados del franquismo en el cementerio de Paterna (Valencia). En la imagen, familiares de los fusilados ante la sepultura.Mònica Torres

Algunos dicen que los jóvenes somos unos desmemoriados. Y, en estas líneas, me he propuesto demostrarles que se equivocan. Para ello, permítanme primero una pregunta: ¿Vale la pena desenterrar a nuestros muertos? Si total, desde el inicio de la Guerra Civil Española han pasado ya 84 años; desde la famosa locución de Radio Nacional de España que rezaba aquello de “caído y desarmado el Ejército Rojo…” con la que acababa la guerra, 81; y, para más inri, desde la muerte del General superlativo han pasado ya casi 48 años. Por cierto, el doble de años de los que tiene quien escribe estas líneas.

Para responderles a la pregunta, permítanme primero que les cuente cómo me vinculé con esto de la memoria. Ya que sé que una parte importante de ustedes piensa que se trata de una tontería, que hay problemas más importantes y que es mejor dejar-las-cosas-como-están. Nací en el año 1998 en la villa de Enguera, un pueblo de La Canal de Navarrés con aire puro, pinos y una sierra desde la que, a veces, cuando está despejado, se ve incluso el mar. En mi pueblo, como en todo pueblo de este país que se precie, hasta los nombres de las calles han sido objeto de polémica. La plaza de la Fuente, sin ir más lejos, ahora se llama plaza de la Comunidad Valenciana, durante la dictadura fue del Caudillo y, durante la Transición, del País Valenciano.

En mi casa hablamos de memoria y democracia con naturalidad. Mi tío Alfredo era marxista, y fue concejal durante la Transición. Sí, de esos que recibía llamadas con amenazas a diario. Lo cierto es que fue parte del primer gobierno democrático tras la dictadura junto a Enrique Sanchiz, un obrero del textil que se convirtió en alcalde durante 20 años. Recuerdo que, una vez, orgullosa, mi madre me contó que en nuestro pueblo no había prácticamente nombres de calles de representantes de la dictadura, ya que “cuando tu tío estaba en el Ayuntamiento, decidieron quitarlos”. También recuerdo a nuestro profesor de Historia de España, Vicente, que nos enseñó que, como diría Borges, somos nuestra memoria, y que patrocinó nuestros primeros debates en el patio.

En 2015, con apenas 16 años, me invitaron a dar un discurso en un bonito homenaje que hace cada 1 de Mayo la Asociación Progresista de Enguera a las víctimas del Franquismo en nuestro pueblo. Nunca olvidaré mis nervios aquel día, las rosas que dejamos en la tumba de mi tío Alfredo y las lágrimas de mi madre cuando fui a darle un abrazo después de leer. Tampoco puedo olvidar la conversación que tuve aquellos días con Alfredo Barberán, uno de aquellos imprescindibles de los que hablaba Bertolt Brecht, que, durante años, ha movido cielo y tierra para dignificar la memoria de las víctimas en mi pueblo.

Hoy lloro mientras escribo, porque esta es una historia con final feliz. Alfredo me escribía hace poco para comunicarme que habían encontrado los restos de nueve republicanos fusilados por el franquismo en Enguera. Con signos de violencia, enterrados en una fosa común debajo del mausoleo del Dr. Albiñana: golpista y precursor del fascismo en España. Como dice el protagonista de Un lugar en el mundo, “hay cosas de las que uno no puede olvidarse, aunque duelan”. Este 1 de mayo volvemos a aquel cementerio junto a los familiares de las víctimas, y mis palabras serán también las palabras de toda una generación que no renuncia a la memoria, la dignidad y la justicia.

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