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FESTIVALES DE MÚSICA
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Mogwai y el elogio de la diferencia en Primavera Weekender

La banda escocesa, el ex Sonic Youth Thurston Moore y Maria Arnal i Marcel Bagés sobresalen en la manga benidormense del enorme festival barcelonés

Mogwai Primavera Weekender
El grupo Mogwai durante su actuación en el festival de Benidorm.Christian Bernard

Por increíble que parezca, hay algún festival que no repite ni el cinco por cien de su cartel cada año. Los hay que tampoco emiten una cuota inmoderada de estribillos épicos ni onomatopéyicos con los que perforar aún más la capa de ozono. Ni alientan competición por lucir el mejor selfie. Sus protagonistas debían ser, además, los raritos de la clase cuando eran críos, porque tampoco recuerdan particularmente a ningún otro músico. Son talentos no clónicos, esa especie en vías de extinción en nuestro ecosistema festivalero, más aún tras una pandemia que iba a hacernos mejores y nos ha hecho más desiguales. Y puede que algunos de ellos se limiten a girar sobre sí mismos como una peonza, añadiendo leves retoques cosméticos a su misma fórmula, pero también es cierto que lo hacen dejando en pañales a su legión de imitadores.

Uno de esos raros festivales es el Primavera Weekender, apéndice en modo ressort costero para mil personas del que se celebra en Barcelona para más de 60.000: de los últimos en celebrarse antes de que el mundo se detuviera (su primera edición fue hace justo dos años) y de los primeros en volver a esta (casi) total normalidad. Con la gente en pie, para entendernos. Y una de esas bandas es Mogwai, reyes indiscutibles del vendaval sónico que exprimió las posibilidades del rock de guitarras mediante su técnica del yoyó —del sosiego onírico al estallido decibélico— y alguien definió como post rock. Su actuación en el Robin Hood Park de Benidorm también fue de extremos: del paisajismo muy de banda sonora del primer tramo al sopapo de rock granítico del segundo. Sin sorpresas. Con eficacia. Suficiente como para no dejar insatisfecho a nadie y justificar su preeminencia en el cartel. Al igual que le ocurrió a Thurston Moore, alma de los extintos Sonic Youth, viejos capitostes del noise rock y más allá. De todos sus miembros, es el que menos se aleja de los códigos de la banda nodriza. Y aunque uno pueda echar de menos los chispazos de electricidad desbocada de sus mejores tiempos, propinó un set tan sobrio, elegante, intransferible, reconocible y bien enmadejado que obliga a asumir la mayor: si el rock de guitarras es el nuevo jazz, él bien puede ser su John Coltrane. Así que un (gran) respeto. El mismo que merece el fascinante show de Maria Arnal i Marcel Bagés, sobresaliente rodaje escénico el suyo tras un año de engrase, compendio de tradición y modernidad en el que lo humano y lo maquinal son la misma cosa.

¿Un festival donde descubrir cosas? ¿En el que la capacidad de sorpresa no esté liquidada? Si se quiere, se puede. Ayer en el recinto medieval (el toque kitsch del entorno también es ya marca) del Magic Robin Hood Camp pudimos ver a Danny L Harle, un treintañero londinense que es capaz de fundir el inmisericorde ritmo de un happy hardcore (en España, la rama más acelerada y apitufada del sonido mákina) propio de la resaca rave que él no vivió con los gomosos y joviales estribillos de la factoría PC Music, y lograr con ello poner a bailar a mil personas como si nunca fuera a amanecer. O a unos jovencísimos madrileños, La Paloma, que parecían otra banda más de garage rock hasta que empezaron a resolver diversos puntos de fuga de querencia pop que deberían madurar en directo. O a Wind Atlas, barceloneses que no se parecen a nadie porque recuerdan un imposible y oscuro cruce entre L’Ham de Foc, Dead Can Dance y Bauhaus. O a la inclasificable Marina Herlop, pianista clásica que somete con gusto sus composiciones a una deconstrucción digital. O al veteranísimo Capullo de Jerez marcándose una farra flamenca para regocijo de un público entre el que la cabeza de Erlend Øye (Kings of Convenience) sobresalía en primera fila. O hasta la inefable La Zowi, empeñada en contradecir la diversidad rítmica provista por su MC (trap, dancehall, cumbia digital) elevando la palabra puta a la categoría de monotema, principio y final lírico del noventa por ciento de su temario y de casi todas sus cosas. A todos nos quedó claro el concepto. Meridiano.

El festival, que nació en 2019 como una forma más de celebrar el 20 aniversario de Primavera Sound, acoge hoy su segunda y última jornada con Los Planetas, Kings of Convenience y Hinds como principales reclamos. Ojalá dure.

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